Sentimental Value (MONFIC 2025): maldito (y necesario) afecto
Dirección: Joachim Trier.
Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt.
Elenco: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning.
País: Noruega.
Palomómetro:![]()
Más información de la película: https://www.imdb.com//title/tt27714581/
“Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos.”
Trátame Suavemente de Soda Stereo (1984)

Anton Chekhov, el famoso dramaturgo ruso, escribía sus obras desde un realismo hilarante. Desde la cotidianeidad de la sociedad eslava de principios del siglo XX, construyó personajes tan atractivos como llenos de matices: la Nina de La gaviota; Olga, Masha e Irina de Las tres hermanas; el tío Vania de la pieza homónima, y muchos otros. Décadas después, cualquier individuo puede tomar cualquiera de estos y, en cierta forma, sentirse identificado por sus pesadumbres y reír con sus ocurrencias. Es que, salvando las distancias, los avatares del vivir humano son universales. Una vez más, Joachim Trier capta este mensaje, pone a Renate Reinsve en el protagónico y da rienda suelta a su terrenal y, aun así, vivaz, originalidad.
Sentimental Value sigue a las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quienes, tras la muerte de su madre, se reconectan con su esquivo progenitor, Gustav (Stellan Skarsgård), un célebre director de cine. Agnes, desde una óptica más afectuosa, intenta pasar página, pero Nora continúa luchando con los demonios que le dejaron un padre ausente y las marcas que han forjado su yo adulta. Mientras que Agnes ha formado una familia, Nora se refugia en su profesión de actriz y en su vida diaria ha creado un refugio en su soledad. Sus desbordes, pocos, pero potentes, se materializan en el teatro, cual pieza Chejoviana, en el momento preciso en que se da cuenta de que está, verdaderamente, sola con ella misma.
El nudo se endurece cuando Gustav, en un intento desesperado por “curar” la enemistad que tiene con su hija mayor, le ofrece a Nora ser la actriz protagonista de su próximo filme. Ante la imposibilidad de poner un vendaje en una profunda cicatriz, termina abriendo una suerte de heridas que, probablemente, no sanen jamás. Emerge aquí un torbellino de emociones que dejan al espectador montado en cólera, queriendo traspasar la pantalla para abofetear el egoísmo de un individuo que es incapaz de pedir perdón. Errar es humano, bien lo sabemos, perdonar es divino, dicen, pero aceptar la falla es el acto más digno que puede hacer un hombre.
¿Qué busca Gustav? ¿El cariño que negó todos estos años? Sentimental Value no pretende juzgar las omisiones de un mal padre. Las enumera, si, cual niño aprendiendo las tablas de multiplicar, pero jamás las reprocha. Más bien busca explicar el porqué del accionar de este hombre simplemente para ver de qué manera se puede seguir adelante. Y cuando él intenta continuar, aliándose con la famosa actriz Rachel Kemp (Elle Faning), la vida le demuestra que llega un punto en el que hay que enfrentarse a lo inevitable. ¡Maravilloso y horrendo devenir humano!
El guion goza de una estructura maravillosa. No es perfecto, pero ahí reside su riqueza. Trier y Vogt enseñan que, incluso en sus momentos más estáticos, todo tiene razón de ser. En la vida real ninguna acción se da de manera sincrónica o esperada. Aunque el final es algo cliché, la resolución del conflicto se gesta de manera metafórica.
Ningún individuo se vuelve frío o distante porque sí, hay una razón para cada marca o cruz con la que cargamos. A veces estamos tan enceguecidos con una posición, que somos incapaces de ver las rajaduras que tiene el otro. Personajes como el de Rachel y el de Agnes están puestos allí para conectar puntos, los cuales también les permiten (auto)conocerse. Al final del filme uno se da cuenta de que la historia no es de Gustav ni de Nora, es del conjunto de humanos, es casi una invitación a abrazar las heridas, como quien tatúa una flor sobre una cicatriz. La marca prevalecerá, pero depende de cada uno si se encariña o reprocha de ella.
Que Renate Reinsve está espectacular, no es novedad. La consagración de la noruega es real. Si alguien pensaba que lo de The Worst Person in the World (Joachim Trier, 2021) había sido un golpe de suerte, se equivoca. Su momento llegó justo cuando el cine en su conjunto la necesitaba. Su Nora oscila entre una Olga de Las tres hermanas de Chejov y una Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, una lucha eterna entre unir piezas desmontadas y “…depender de la bondad de los extraños.” Dueña de una sensibilidad especial, Reinsve demuestra que la frialdad de los nórdicos es, en efecto, un absurdo estereotipo. La cámara la ama, tanto así que basta posar el lente frente a sus ojos y dejarse llevar por lo mucho que tiene para expresar sin siquiera fruncir el ceño. Es un magnetismo total.
Fuera de los eternos debates entre principales y secundarios, Trier construye un verdadero elenco estelar. Skarsgård brilla sin opacar en un rol por momentos odioso y por otros doloroso. Un tipo que, a su longeva edad, busca afecto en aquellas a quienes él se lo negó. Ya de viejo descubre su manera de amar, distinta, pero tardía. Espectacular desarrollo de personaje. Completan el elenco una correcta Elle Faning, puesta en el medio de tantos titanes y buscando encajar más allá de su acento estadounidense. Entre las sombras, los laureles se los lleva Inga Ibsdotter Lilleaas como la hermana empática que emerge para conectar a los afectos. La dirección de actores del filme es un verdadero acierto.
Sentimental Value es un filme diseñado para tocar sensibilidades. Quienes no busquen emocionarse, mejor abstenerse. Hay una necesidad por remover todo aquello que tenemos guardado en lo más profundo de nuestro ser, aunque nos duela o incomode. Al cine se va a buscar respuestas a interrogantes del quehacer cotidiano, pero también a plantearse nuevas dudas. Esta es la clase de filme que deja a todos con pocas certezas. Más que bonito que llega a sonar eso, ¿no?
¡Qué año para Noruega! Entre Sentimental Value y Drommer (Dag Johan Haugerud), los nórdicos están a cabeza con Brasil en términos de excelencia artística. A modo de corolario, es esperanzador ver que, en un mundo donde la automatización pretende ganarle a lo humano, aún persisten aquellos artistas que, sin grandes alabancias, aman la originalidad tanto como para dejarla ir. A no descuidar la (poca) humanidad que nos queda.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.
