Obsesión: la violencia de una fantasía
Dirección: Curry Baker.
Guion: Curry Baker.
Elenco: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson.
Países: Estados Unidos.
Palomómetro:![]()
Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt37287335/

Llevábamos demasiado tiempo esperando una película de terror capaz de encontrar un nuevo miedo, pero las que realmente redefinen el género hacen lo contrario: revelan uno que siempre estuvo ahí. Convertida en uno de los fenómenos inesperados del cine independiente tras un extraordinario desempeño en taquilla impulsado por el boca a boca y las redes sociales, Obsesión, el debut de Curry Barker, encuentra el suyo en la facilidad con la que somos capaces de llamar amor a una obsesión.
La historia sigue a Bear (Quinn Jackson), cuya incapacidad para confesarle sus sentimientos a Nikki (Maddie Phillips) lo lleva a recurrir a un misterioso amuleto capaz de conceder un deseo único. Bear pide que ella lo ame más que a nadie en el mundo. Lo que parece el inicio de una historia romántica pronto deriva en una pesadilla. Sin embargo, Barker nunca convierte el elemento sobrenatural en el verdadero centro de su propuesta; más bien,. la maldición existe para desvelar el horror humano, llevando hasta sus últimas consecuencias una obsesión incapaz de reconocer la autonomía del otro.
Hay una diferencia fundamental entre amar a alguien y necesitarlo. El amor comienza cuando reconocemos a la otra persona como un individuo con deseos, límites y una voluntad propia. La obsesión, en cambio, hace lo contrario, convierte a la otra persona en el recipiente de nuestras fantasías y necesidades. No importa quién es, sino lo que representa para nosotros. Ahí Obsesión encuentra su verdadero horror. No en la aparición de una maldición sobrenatural, sino en el momento en que una obsesión comienza a confundirse con el amor.
Bear no está enamorado de Nikki. Está enamorado de lo que ella significa para él: la vida que imagina a su lado y el vacío que cree poder llenar con ella. No la ve como una persona a quien amar, sino como la pieza que falta para completar una fantasía que lleva demasiado tiempo construyendo en su cabeza. Poco a poco, Nikki deja de existir como persona. Su voluntad, sus deseos y hasta su propia identidad dejan de importar. Lo único que permanece es el lugar que ocupa dentro de la fantasía de Bear.
La película es extraordinariamente cruel al momento de demostrarlo. Cuando Bear comprende las verdaderas consecuencias de su deseo, su primera reacción no es el miedo ni la culpa. Tampoco la preocupación por Nikki. Lo primero que hace es aferrarse a la posibilidad de que la fantasía que llevaba tanto tiempo imaginando finalmente se haya vuelto real. Ahí la película encuentra su momento más perturbador. El deseo deja de necesitar reciprocidad. Ya no existe una relación entre dos personas, sino una fantasía apropiándose de la voluntad de otra.
Aun así, Barker no se detiene ahí. A medida que las consecuencias del deseo empiezan a consumir a Nikki, la historia deja de hablar únicamente de una obsesión romántica para convertirse en una alegoría de la codependencia afectiva: esa pérdida progresiva de la identidad que aparece cuando el sentido de uno mismo comienza a depender por completo de otra persona. La maldición deja de ser una amenaza externa para convertirse en la representación física de un vínculo incapaz de sobrevivir sin destruir a quienes lo sostienen.
Esa misma idea atraviesa toda la puesta en escena. Barker encierra constantemente a sus personajes en encuadres estrechos donde el espacio personal prácticamente desaparece. Nikki y Bear aparecen comprimidos dentro del mismo cuadro, pegados a los bordes, compartiendo una intimidad que nunca se siente natural, sino impuesta. La película rara vez les concede distancia o aire. Es una decisión formal inteligente porque convierte el propio encuadre en una extensión del conflicto. Los personajes no solo ven vulnerados sus límites emocionales; también los espaciales.
Ese control también se extiende al tono. Barker alterna con una naturalidad desconcertante la comedia negra, la vergüenza ajena y el horror más puro. Muchas de sus escenas más graciosas son también las más incómodas porque el humor nunca funciona como alivio, sino como una forma de bajar la guardia antes de volver a hacer daño. La secuencia de la fiesta y la botella resume perfectamente esa habilidad: comienza rozando el absurdo y termina convertida en una de las escenas más devastadoras de la película.
Los pequeños tropiezos aparecen cuando la película intenta explicar demasiado. El deseo funciona mejor como una fuerza irracional, una maldición cuya existencia aceptamos sin necesidad de comprender sus reglas. Por eso, algunos intentos por racionalizar su funcionamiento o la presencia de conflictos secundarios, como la insistencia del amigo por recuperar su dinero, terminan debilitando parte del misterio. No añaden una nueva dimensión al conflicto; simplemente vuelven demasiado literal aquello que hasta entonces operaba desde lo simbólico.
Obsesión establece a Barker como una de las voces más prometedoras del terror contemporáneo porque entiende que los monstruos más inquietantes nunca llegan desde fuera. Ya viven dentro de nosotros. La película les concede la oportunidad de manifestarse. El verdadero horror nunca consiste en la existencia de una maldición; más bien, consiste en descubrir lo fácil que resulta convivir con ella mientras el precio siempre lo paga alguien más.

Nicaragüense. Ingeniero por vocación, cinéfilo por devoción y, en ocasiones, poeta por puro accidente. Amo el cine que nos refleja crudos como humanos y destapa lo que la sociedad suele obligarnos a callar. Mi pasión es destilar la esencia de esas historias que van detrás del latido humano, siempre con la empatía como faro.
