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Zero Day: el horror de una tragedia evitable

Escrito el 14 mayo, 2026 @CesarAndreZzZ
Zero Day. Dir. Ben Coccio. 2022.

El pasado 20 de abril se cumplieron 27 años de la masacre en la secundaria Columbine. Desde entonces, los tiroteos escolares en Estados Unidos han sido tan frecuentes que resulta difícil rastrearlos todos; no obstante, la K-12 School Shooting Database registra cerca de 2,500 incidentes desde 1999, con un saldo de 796 fallecidos y más de 1,700 heridos.

Aunque Columbine no fue ni el primer ni el último evento de su tipo, cambió la manera en la que Estados Unidos percibe su seguridad interna, despertando un acalorado e intenso debate sobre el control y regulación de armas que no se ha resuelto hasta hoy. Hay muchas aristas a tomar en cuenta –desde la polarización política, la defensa de la Segunda Enmienda y los problemas de salud mental de la población joven del país– que han llevado la situación a una encrucijada sofocante en la que parece no haber solución.

Si bien el cine no está hecho para resolver problemas sociales, es un medio artístico que puede presentar perspectivas que nos hacen más empáticos y conscientes. En este caso, el séptimo arte ha planteado historias sobre la desensibilización de la sociedad ante la tragedia y la compleja psicología detrás del victimario. A través de la gran pantalla hemos tenido muchas historias inspiradas en la masacre de Columbine. Destaca Elephant (2003) de Gus Van Sant, pasando por el oscarizado documental Bowling for Columbine (2002) de Michael Moore, y llegando hasta obras explotadoras y de mal gusto como Run Hide Fight (2020) de Kyle Rankin.

El cine funciona aquí como un espejo incómodo que obliga al espectador a cuestionar si estos eventos son anomalías aisladas o el síntoma inevitable de una cultura que glorifica las armas y falla sistemáticamente en proteger a sus miembros más vulnerables, incluyendo a los mismos perpetradores. En este sentido, pocas obras han capturado con tanta crudeza la inquietante normalidad de los tiradores como Zero Day, estrenada en 2003. En su debut cinematográfico, el neoyorquino Ben Coccio retrata con una fidelidad perturbadora la facilidad con la que se puede planificar un crimen de este calibre, evitando personajes caricaturizados y exponiendo la desgarradora frialdad de un crimen evitable.

Contada al estilo de un documental casero, Zero Day presenta a los adolescentes Andre Kriegman (Andre Keuck) y Cal Gabriel (Calvin Gabriel), amigos inseparables que registran a modo de videodiario la planificación de un tiroteo escolar en la escuela secundaria Iroquois en Louisville, Kentucky. Su plan, llamado «Día cero» es aparentemente simple: robar las armas de caza del padre de Andre, fijar un día específico para cometer el tiroteo, disparar a  cuantas personas se crucen en su camino y, finalmente, decidir en el acto si se quitarán la vida con las mismas armas o se lanzarán contra los policías hacia su muerte.

Lo que vuelve a Zero Day una experiencia tan inquietante es su rechazo de los clichés del género: la película evita victimizar a sus protagonistas o retratarlos como mártires atormentados. A menudo, se recurre al acoso escolar o a las familias disfuncionales como explicaciones convenientes respecto a los tiroteos escolares, pero esta cinta expone que tales motivos suelen ser mitos que simplifican una realidad más compleja y aterradora. Al igual que los tiradores de Columbine, Eric Harris y Dylan Klebold, quienes tenían amigos, Andre y Cal son acosadores y provienen de hogares estables.

A través de sus videodiarios, los protagonistas documentan una cotidianidad cargada de odio y misantropía, justificando el tiroteo como un destino inevitable. Lo que resulta realmente desgarrador es que sus motivaciones no nacen de una monstruosidad ajena, sino de frustraciones adolescentes banales y problemas de salud mental no diagnosticados. Según sus propias palabras «la vida no es justa», las personas que los rodean son «idiotas» y nadie entiende lo vacía y decepcionante que es la existencia humana como lo hacen ellos.

La película los presenta como jóvenes comunes que registran entre bromas –desde una cita al dentista hasta una visita al cementerio– una normalidad escalofriante para quienes saben que, en pocas semanas, cambiarán esas escenas rutinarias por un legado de dolor y tragedia. Su visión nihilista de la vida los lleva a buscar un propósito e, inspirados por otros actos de violencia en el país, concluyen que su razón de vida, algo que hará que los recuerden para bien o para mal, es cometer un asesinato en masa.

Los hermanos guionistas Ben y Christopher Coccio construyen un relato tan metódico y frío como sus propios protagonistas. Aunque la película sostiene una atmósfera de fatalidad constante, carece de un trasfondo sustancial. Esto lejos de ser algo negativo, resulta único y distintivo, pues se rehúsa a dar moralejas simplistas ni soluciones claras. En lugar de preguntar el «por qué», Zero Day se enfoca en el «cómo» alguien se va llenando de tanto odio y desdén por la vida que el terrorismo doméstico parece ser una salida fácil de su apática rutina.

En ese sentido, las actuaciones de sus protagonistas destacan por su naturalidad. Cal Robertson y Andre Keuck son completamente creíbles como jovencitos con una actitud de superioridad intelectual latente y motivaciones vacías para cometer un crimen horroroso. Es curioso como el guion constantemente pone a prueba la creencia de que en estos casos uno de los asesinos está siendo dominado por el otro. A lo largo de la cinta, la relación de poder entre Andre y Cal es maleable, y su amistad es una escalofriante prueba de que siempre hay un roto para un descosido.

Zero Day puede ser fácilmente tildada de un ejercicio vacío que no propone nada respecto al complejo tema de los tiroteos escolares y la psicología de los perpetradores. Sin embargo, su fría naturalidad la hace una película brillante que concluye con una verdad inquietante: no hay motivos claros, pasados traumáticos ni historial de bullying que explique o justifique las fallas sistemáticas de un estado fallido como lo es Estados Unidos. A más de 20 años de su estreno, sigue siendo un retrato fidedigno y desgarrador de que los tiroteos escolares son tragedias evitables; no obstante, no sabemos, y quizá nunca sabremos por dónde empezar a prevenirlas.

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