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Entrevista con Simón Mesa Soto: dejar de lado la oscuridad

Escrito el 26 marzo, 2026 @Kenny_DiazPR

Tras el recorrido de Un poeta por festivales y su consolidación como una de las películas colombianas más comentadas del último año, Simón Mesa Soto atraviesa un momento singular en su carrera. Su segundo largometraje, premiado en el Festival de Cannes 2025 y celebrado por su mezcla de humor y desasosiego, marca un giro respecto a su obra anterior y abre nuevas preguntas sobre el lugar del cine social, la autorrepresentación y las formas de narrar desde América Latina.

En esta conversación, el director reflexiona sobre el inesperado recorrido de la película, su relación con la tradición cinematográfica colombiana y los dilemas personales que atraviesan su obra. Entre la comedia y la incomodidad, Un poeta se revela no solo como una exploración del fracaso artístico, sino también como un ejercicio íntimo de búsqueda, libertad y cuestionamiento creativo.

Antes que nada, felicitaciones por el éxito de la película. Un poeta ha tenido un recorrido notable: desde su paso por el Festival de Cannes 2025, en la sección Un Certain Regard, donde obtuvo el Premio del Jurado, hasta las nominaciones a los premios Spirit y Goya y su estreno reciente en salas de Estados Unidos.

¿Cómo has vivido este recorrido? ¿Esperabas una recepción así? ¿Hubo algo que te sorprendiera? ¿Cómo han sido las conversaciones y los encuentros que la película ha generado, tanto dentro como fuera de Colombia?

Muchas cosas me han sorprendido. Cuando haces una película esperas lo mejor de ella: que conecte con el mayor número posible de personas. En tu oficio esperas que la pieza que hagas quede bien y que tenga una repercusión en el público. Siempre hay una expectativa. Una película pasa por muchas etapas y por las manos de muchas personas, y a uno como director le corresponde proteger la visión y la idea de la película. El resultado y la forma como la hicimos me liberaron. Me pareció una especie de terapia de reconexión con el amor por mi oficio, con el amor por el cine.

Desde que filmamos la película todo ha sido una sorpresa tras otra. Uno siente cuando las cosas tienen algo especial. Claro, es producto del amor que nosotros, como equipo, le pusimos a la película. También de la manera como se desarrolló todo: filmamos de enero a febrero, editamos en marzo y enviamos la película a Cannes incluso después del cierre de la convocatoria, apenas dos días antes de que anunciaran la selección oficial. Estar ahí, con una recepción muy bella, una premier increíble… y también mucho trabajo. Ha sido un trabajo enorme, como productores de la película y con todo lo que ha implicado que se expanda de una forma que yo nunca había vivido. Mi primera película no tuvo un recorrido tan fuerte. Aunque Cannes no necesariamente impulsa las películas. A mí me gusta pensar que las películas se abren camino solas. Eso es lo que ha pasado con Un poeta.

Lo que pasó en las salas de cine de Colombia fue algo hermoso. Mucha gente fue a verla. Siento que la gente conecta con Óscar (Ubeimar Ríos) y con la película. Toca o incomoda de muchas formas. Casi todas las personas que la ven se sienten de alguna manera conectadas con ella. Quizá porque muchos son o fueron artistas o cineastas. Incluso pensé que tendría reacciones más adversas por tratarse de una comedia. Las comedias tienen esa “libertad” que da el tono y la posibilidad de reír. Cuando haces una película sabes que puede generar reacciones muy distintas, pero yo esperaba más rechazo. Sin embargo, la gente sí aceptó reírse de todo.

Así que ha sido un viaje nuevo y bello. En el cine cada película le abre a uno un camino que no conoce. Yo vivo en Medellín de una manera muy tranquila; para mí el cine es lo que hago allá, en mi rutina. Estar en estos espacios es algo tan nuevo para mí como lo sería para cualquier otra persona.

Un poeta es algo diferente a lo que hiciste en tus cortos y en Amparo. Vienes de un cine social “serio” a una tragicomedia como esta. Sin embargo, en la cinta hay un cuestionamiento tremendo sobre el lugar de la violencia y las comunidades marginadas, y cómo y por qué narramos esas experiencias. Incluso me sorprendió ver por ahí al maestro Víctor Gaviria.

¿Cómo dialoga el trabajo de Simón Mesa Soto con el cine colombiano y el cine latinoamericano en general? ¿Por qué narrar esta vez desde el humor?

Cuando hago mi trabajo, lo hago pensando en mí, en quién soy como individuo en el mundo. Claro, existen las expectativas sobre el cine de un lugar específico, pero lo que me impulsa a crear es mi propio interés como individuo. En ese sentido, mi interés por la comedia y mi necesidad de reírme de ciertas circunstancias tienen que ver conmigo.

Hablas de mis trabajos anteriores. Son películas que quiero mucho y que valoro; son fundamentales para mí, pero en el oficio uno tiene que cuestionar constantemente las formas y los métodos. En el arte no estamos exentos de hacernos preguntas: ¿cómo se hace?, ¿cuál es nuestra posición como creadores en nuestro entorno?, ¿cómo nos relacionamos con los personajes que retratamos?

Existe una tradición en Colombia y en otros países donde se retrata al “Otro” como objeto social y eso está muy bien, pero mi interés era preguntarme: ¿qué tal si nosotros mismos somos el objeto social? Si quiero hablar de mí, quiero hacerlo poniéndome bajo el lente de esa cámara intrusiva, y desde ahí preguntarme por las consecuencias y los dilemas de eso. Para mí esto es importante porque es mi trabajo.

También está la necesidad de sentir libertad, algo que a veces me cuesta. En esta película lo exploré mucho: sentir la libertad de crear lo que sea, incluso cuando se trata de lo social. Si hay un interés social, que no parta de afuera sino de adentro. En Colombia pareciera que para escribir una película tuvieras que empezar por los temas, porque eso es lo que luego te da más visibilidad en fondos o talleres. Esto limita un poco. Entonces también hay una necesidad de alzar la voz y de indagar en otras formas que permitan más libertad en la creación.

Sentí que en la comedia podía retratar todos estos cuestionamientos sobre el arte, pero sobre todo reflexionar sobre mí como ser humano. Partí de la frustración y del dilema de vivir haciendo arte o haciendo cine. Es complejo y no me pasa solo a mí. Muchos colegas escriben guiones mientras buscan tiempo libre o trabajan en otra cosa. A medida que uno se hace mayor, se da cuenta de que cada vez es más difícil encontrar tiempo. Tienes compromisos, necesitas estabilidad y muchas otras cosas como ser humano. Esa idea del reconocimiento y del triunfo se vuelve efímera, incluso irreal.

Las condiciones para crear en un país como Colombia son muy difíciles para muchos y depende mucho de tus circunstancias económicas y familiares. Yo hablo desde mi punto de vista, que sé que también es el de muchos otros. De ahí parten mis dilemas: suplir mis necesidades básicas y vivir, pero también tener la posibilidad de crear.

Por eso creo que es una comedia. Quería apartarme de las formas en las que venía trabajando en mis cortos y en mi primera película. Era una necesidad de revolcarme a mí mismo y de reconectarme con ese amor y ese deseo de crear, de jugar con el lenguaje y con la narrativa.

Además, a uno lo empiezan a encasillar. A muchos cineastas les pasa. Pienso, por ejemplo, en [Pedro] Almodóvar y su composición tan reconocible, sus personajes…pero a mí me interesan muchas cosas: el thriller, la fantasía, el terror, la comedia. Pensar que no puedo hacer algo porque tengo que seguir una senda que yo mismo creé es algo que rechazo. Eso no significa demeritar las películas que ya he hecho, que son parte de mi trabajo y que valoro. Todas parten de algo que quise hacer en su momento. No sé cómo será la próxima que haga. Estoy en esa búsqueda.

Hablando de las frustraciones de los artistas, el personaje de Óscar resulta, hasta cierto punto, enigmático. Se alude de forma breve y algo críptica a su pasado: se nos dice que ha fracasado, que es un poeta mediocre y que su relación familiar es tensa. Sin embargo, no terminamos de entender qué le ocurrió exactamente ni por qué perdió el norte, como le recrimina su hermana Yolanda (Adriana Upegui). En cualquier caso, Óscar perdió su rumbo profesional y quedó sumido en una especie de vacío.

La película juega con el estereotipo del genio incomprendido y atormentado, pero me pregunto si también puede interpretarse como una exploración de la depresión, la soledad o la salud mental. ¿Cómo fue la construcción del personaje?

Sí, todos estamos expuestos a esas situaciones y a esos dilemas. Yo también he pasado por momentos oscuros en mi vida. Creo que los artistas tenemos cierta propensión a la ansiedad o a ciertos desbalances.

Cuando hablas de esa dimensión misteriosa en Óscar, no sé si sea necesario hacer un análisis total del personaje. Yo trato de describirlo o presentarlo en la medida en que siento que es necesario. Por ejemplo, ¿hasta qué punto es talentoso? Para mí eso no era lo importante. La idea del talento es difusa, sobre todo en el arte. Incluso lo “bueno” es muy relativo. Más bien habría que hablar de lo vigente: ¿cómo un artista logra descifrar la vigencia de las cosas, más allá de si algo es bueno o no?

Siento que he tenido una especie de lucha por dejar de lado la oscuridad interior. Por eso, para mí, la película funciona como una suerte de terapia. Es importante buscar la luz, sobre todo en la creación. Durante mucho tiempo estuve aferrado a la idea de que no importa si las cosas hay que sufrirlas o padecerlas, pero a medida que uno crece y llega a cierta etapa de la vida se da cuenta de que ese pensamiento no es muy sano. Uno tiene que encontrar luz en la vida y esto hace parte de ese proceso. Hacer cine también es una forma de entenderme a mí mismo y de intentar transmitir algo de eso en la película.

Siento que el personaje tiene un nivel de desbalance. Necesitaba construirlo así para que se percibiera esa obstinación. Somos así: mientras hablo contigo puedo parecer alguien racional, pero en la cabeza uno convive con ciertos niveles de obsesión. Sabemos controlarnos, pero seguimos siendo obsesivos con estos temas. Para mí, el cine está presente todo el tiempo; es algo que no se apaga nunca. Por eso sentía que Óscar debía moverse en ese borde entre lo racional y lo irracional. Eso fue clave en la construcción del personaje.

No quiero terminar sin hablar de los actores. Ubeimar Ríos ha sido merecidamente alabado por su actuación; hace un trabajo fenomenal. Pero también me sorprendieron las interpretaciones de las jóvenes: Rebeca Andrade como Yurlady, la pupila de Óscar, y Allison Correa como Daniela, la hija distante de Óscar. ¿Cómo fue el proceso de selección del elenco? ¿Cómo fue trabajar con ellos desde un enfoque que, diría yo, se aleja de los lugares comunes del “actor natural” y de esa tradición de filmar la “realidad” de sujetos en contextos populares?

Rebeca y Allison surgieron de un proceso de casting bastante largo, liderado por John Bedoya, Laura Tobón y Laura Cano. Fue un proceso muy bello, sobre todo para estos dos personajes. Sin embargo, para mí es importante decir que no diferencio entre un actor profesional y un no actor, especialmente por la tradición del cine en Colombia. Muchas veces no es una opción, sino una necesidad.

A nosotros nos toca aprender de los actores, pero ellos no llegan “aprendidos” al cine. Si por tradición trabajamos con no actores buscando cierta “realidad”, entonces tenemos que aprender de la dirección actoral, pero a los actores también les corresponde aprender. Siento que ese diálogo no siempre se ha dado.

La tradición de actuación para cine en un país como Colombia es pequeña. No es fácil encontrar una actriz de 16 o 17 años con formación para cine. En Medellín, por ejemplo, hay una tradición teatral muy fuerte, con sus propias técnicas. Entonces uno termina encontrando actores en todas partes. No necesariamente los actores formados funcionan mejor. La capacidad de ser orgánico frente a la cámara puede venir de cualquier lugar. Incluso hay actores formados que no tienen esa organicidad.

Ahí aparece un dilema: cómo encontrar a los actores. En el caso de personajes jóvenes, como la hija del poeta o su estudiante, uno pensaría primero en escuelas de actuación o en chicas con experiencia. Pero muchas veces en esos espacios los jóvenes entienden el cine desde una idea más estilizada, más cercana a la estética de la farándula. Esto pasa mucho en Colombia: la enseñanza de la actuación suele partir más del espectáculo que del arte. No en todos los casos, claro. La formación teatral está más centrada en el arte del teatro, pero muchas escuelas en Medellín se enfocan en el espectáculo. Para mí, el cine no es espectáculo, es arte.

Entonces hay que buscar en otros lados. En este caso, la búsqueda se hizo en colegios y bachilleratos de Medellín. Lo curioso es que hay muchas actrices increíbles allí. No es difícil encontrar grandes talentos como Allison o Rebeca. Digo que son “grandes” porque hacen que todo sea muy fluido. Yo casi no tenía que decirles qué hacer.

La generación de Ubeimar entiende la actuación de una manera más tradicional. Están más apegados a un realismo de otros tiempos, a estilos de la televisión y la radio con los que crecieron. Son formas distintas que implican un trabajo de dirección más grande. En cambio, en el caso de Rebeca y Allison hay una naturalidad muy fuerte, casi intrínseca. Fue muy bello.

En la preselección teníamos entre 15 y 20 chicas para esos personajes. Todas eran increíbles. La decisión final tuvo más que ver con relaciones: cómo se veía cada una con ese papá o esa mamá, o cómo funcionaban entre ellas. Todo eso pesa. Pero ellas son actrices. Lo digo también reconociendo un problema de fondo: el acceso a la formación artística. En Medellín, la única escuela de cine tiene apenas unos seis o siete años. Hay muchas personas con habilidades artísticas, pero es difícil potenciarlas. En ese sentido, también es un dilema social.

Simón, ha sido un placer conversar contigo. Gracias por tu tiempo y por responder tan sinceramente a nuestras preguntas. Para cerrar, ¿hay algún proyecto nuevo o en desarrollo del que nos quieras contar?

Por ahí tengo algunos guiones en los que he estado trabajando, incluso en paralelo a Un poeta. Cuando empecé a escribirla en medio de la pandemia, con tanto tiempo libre, me puse a jugar mucho con los géneros y a explorar distintas ideas.

Este último año he sentido la necesidad de entender bien qué es lo que quiero hacer. No tengo afán. Tengo una idea que aún está en borrador, la cual parte justamente de ese interés del que hablaba sobre el actor profesional. Me interesa explorar cómo lograr que esos actores sean orgánicos dentro del cine que hacemos en Colombia.

Esta entrevista fue editada y condensada para dar claridad.

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