Gaslit (Raindance Film Festival 2026): la emergencia de hoy y el ahora
Dirección: Katie Camosy.
País: Estados Unidos.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt39383542/
“Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino lo que creemos con certeza y no es cierto.”
-Mark Twain, citado por Al Gore en An Inconvenient Truth (2006)
Hay documentales que intentan convencernos de algo, mientras que otros intentan enseñarnos. Después están aquellos que parecen llegar cuando la discusión ya debería haber terminado. Gaslit pertenece, en cierta forma, a esta última categoría porque entiende que el problema ya no es la falta de evidencia. El verdadero problema al que se enfrenta la humanidad es con la absurda capacidad que hemos desarrollado para convivir con el problema.
Durante años, el cine documental en torno a la crisis climática se construyó alrededor de una promesa incómoda: si los espectadores visualizamos todas las advertencias, entonces la acción llegará de forma inevitable. La realidad ha demostrado exactamente lo contrario. Las sociedades se han vuelto más escépticas, los gobiernos más hipócritas y las empresas mucho más poderosas. Sabemos más que nunca, sí, pero también actuamos mucho menos de lo esperado. Es en este punto de inflexión donde el filme de Camosy (y de Jane Fonda), encuentra su razón de existir.
Gaslit sigue a la mítica actriz y activista, Jane Fonda, mientras recorre los campos petroleros de Texas y distintas comunidades de la costa del Golfo de México, territorios atravesados por la expansión de la industria del gas natural licuado y la producción de petroquímicos. A lo largo de su narración, Fonda se encuentra con pescadores, trabajadores, ganaderos, familias, activistas, todos quienes observan la forma en que sus comunidades se transforman (y hasta mueren) a causa de una contaminación que solo deja incertidumbre y enfermedades a su paso.
La virtud de la cinta radica en evitar la tentación de convertir a Fonda en la protagonista absoluta de la historia. La actriz funciona como una especie de guía, más que como un eje de acción, al estilo de Al Gore en An Inconvenient Truth (Davis Guggenheim, 2006). Su rol aquí está claro, ella no es la salvadora, ni mucho menos, y tiene claro que su valor radica en presentarse como el amplificador de voz de los verdaderos actores y dueños de la historia: los afectados.
Ni ella, ni las otras estrellas que aparecen, tales como la también actriz Connie Britton o la cantante Maggie Rogers, están ahí para hacer revelaciones a los espectadores o para figurar como mártires. En esta decisión existe una enorme inteligencia, tanto narrativa como de conciencia. Gaslit comprende que el verdadero conflicto no ocurre en los gobiernos ni en las grandes corporaciones, sino que es un partido que se juega en lugares más pequeños, en aquellas comunidades que han perdido voz.
El filme también toca algo que los discursos ambientales suelen olvidar. El cambio climático rara vez se presenta como una catástrofe en el cine. No llega acompañado de explosiones o guerras violentas, pero no por ello sus consecuencias son menos devastadoras. Se asemejan a lo que se retrata en Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000,) más que a una superproducción apocalíptica. Después de todo, la contaminación ambiental no suele manifestarse mediante un evento espectacular capaz de concentrar toda nuestra atención, sino a través de pequeñas transformaciones que terminan alterando la vida cotidiana de comunidades enteras. El desastre no llega de golpe, pero cuando se instala, es una peste.
En cierta forma, Gaslit también dialoga con el legado del filme de Guggenheim. Sin embargo, mientras que la película funcionaba como una advertencia sobre un futuro que, todavía, parecía evitable, la propuesta de Camosy parte de una realidad mucho más “inconveniente”. Ya no estamos discutiendo escenarios hipotéticos, puesto que las consecuencias han dejado el terreno de la predicción para transformarse en experiencias concretas. Aquí se observa qué sucede cuando la crisis finalmente llega y las personas deben convivir con ella.
Por momentos, el documental dialoga con otras producciones de nuestro actual cine político, tales como Years of Living Dangerously (2014-2016), pero con un tono hasta de mayor urgencia. Aquí el futuro dejó de ser una preocupación lejana para convertirse en una dura consecuencia del presente. Y desde esta urgencia es donde se atraviesan las imágenes de la contradicción del mundo moderno, desde donde se ven paisajes industriales que simbolizan el presente contemporáneo, pero también atentan con la propia supervivencia de cualquier ser vivo. El combustible que sostiene la economía global también es el que acelera la crisis que intentamos combatir. En ningún momento se busca simplificar la tensión ni buscar respuestas fáciles, se obliga a convivir con ella.
Financiado por Greenpeace USA y con Fonda a la cabeza, es evidente que no se pueden esconder las convicciones del documental ni disfrazarse de un observador neutral. ¿Sería esto posible? Por supuesto que no. Aquí es donde está su mayor potencia: el retratar el hoy. Al final, Gaslit es sobre personas que viven en lugares donde la emergencia dejó de ser una advertencia para transformarse en una condición cotidiana. Así, Caosy construye una obra que fastidia porque elimina cualquier posibilidad de distancia, tanto emocional como racional. Después de todo, resulta más sencillo preocuparse por el futuro que asumir la responsabilidad del presente.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.

