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¿Alguien quiere pensar en Woody y Buzz?: Toy Story, treinta y tantos años después

Escrito el 18 agosto, 2026 @CarlosPHL1
Esta es una reseña conmemorativa de Toy Story  (Dir. John Lasseter, 1995). 

El aporte más original de la franquicia de Toy Story es su interés en el miedo al abandono. Estas películas infantiles tienen personajes con un temor intenso y abrumador a ser rechazados o desamparados por las personas importantes en su vida; en este caso, los niños que poseen los juguetes. Woody, Buzz, Jesse y compañía se mueren por complacer a sus dueños, pero anticipan el momento en que Andy o Bonnie crecerán porque miden su valor en relación a la atención que reciben de ellos. Sin estos niños, son indignos de cualquier otro tipo de amor. 

Imaginemos que Woody y Buzz de Toy Story van a terapia. Nos preocupa mucho cómo les han afectado sus más de 30 años de aventuras. Ellos insisten en que están conformes con recibir la atención de un niño como pago por sus turnos de 24 horas y su servidumbre vitalicia como juguetes. Son seres conscientes y sintientes, con decisiones propias, pero sostienen que este niño los necesita. Cuando los conocimos por primera vez en 1995, el pequeño Andy atravesaba la ausencia de su padre y necesitaba amigos leales.

El terapeuta es un cínico y menciona que la mayor ironía de su existencia es que se mantuvieron cautivos porque sus vidas no eran compatibles con el mundo exterior. Son criaturas de plástico propensas a ser destruidas por cualquier cosa: desde los perros y el sol hasta el chico desquiciado de al lado, aquel que torturaba y mutilaba todo juguete al alcance de su mano. El terapeuta les pregunta entonces si realmente amaban a Andy o si lo hacían como coartada de una relación altamente dependiente; después de todo, él era la razón de su supervivencia.

Para ser justos con los pacientes y con su amo, Andy no era un jefe malvado al que amaban por la seguridad que brindaba; sin embargo, encendió sin querer un sistema en el que solo un juguete podía ser amado por encima del resto. No ser amado por este niño era peor que morir fuera de casa: era ser desatendido como ser sintiente y ser acumulado junto a otros objetos olvidados hasta que alguien los tirara a la basura. En última instancia, ser amado por Andy era como participar en un extraño reality show:debían ganarse su atención, pero no podían deslumbrarlo con un discurso. Solo les quedaba resultar atractivos como el juguete interesante del mes. En efecto, esto es lo que sucede al inicio: Woody, el vaquero, fue reemplazado por Buzz Lightyear, un astronauta recién estrenado.

Aquí es donde la relación entre ambos juguetes se oscurece. Woody se volvió casi un sociópata al no ser el líder del resto de los juguetes ni el elegido para dormir junto a su amo en un lugar de honor. Toy Story es una película que suma pavor existencial y elementos de horror al sufrimiento de su personaje principal. Los celos llevaron a Woody a considerar el asesinato o la calumnia para vencer a Buzz, a pesar de las largas jornadas, el agotamiento físico y, por supuesto, la realidad de su futuro: ser amado, luego no serlo, y terminar siendo menos que un recuerdo.  

Woody le contaría al terapeuta que necesitó que le recordaran su privilegio. Cuando ambos son secuestrados en la casa de Sid, el vecino cruel de Andy, recuerdan que se ganaron la lotería. Sid es el espejo retorcido de Andy: un niño en un hogar roto que ignora cualquier dignidad inherente a sus posesiones, llegando a torturarlas sin motivo, en vez de integrarlas en historias hermosísimas como lo hace Andy. Buzz, por su parte, debe también separarse de las expectativas propias de su imagen personal. No es un súper astronauta todopoderoso, sino otra criatura vulnerable que necesita que alguien la cuide, aunque su destino final sea tan sombrío como el del resto de los juguetes.

El terapeuta entonces se ríe y tranquiliza a los juguetes. Solo los estaba molestando. La verdad es que su primera aventura demostró que, en aquel entonces, el mundo exterior nunca les importó. Lo que hicieron fue un acto de amor y entrega. Se convirtieron en una presencia paterna adoptiva en la vida de Andy. Su papá estaba fuera de escena, pero ellos jamás darían a este niño o a su imaginación por sentado. El plástico no se convierte en la presencia masculina de la casa, sino en el elemento estable de la habitación de un niño. Es el plástico lo único que le ofrece a Andy la capacidad de crear mundos y cautivarse con sus propias historias, respetando sus posesiones como elementos preciados dentro de ellas. 

Seguramente, esta reflexión no cura su miedo al abandono (las cuatro secuelas lo demuestran). Sin embargo, a través de estos juguetes aprendemos gracia respecto a la finalidad de nuestra vida, sea la muerte o la basura. Dos películas después de la original, Andy regala sus juguetes, mas no los desampara. Esta persona cuya ausencia temían reconoce que pueden darle a otros niños la misma dignidad que le brindaron en su infancia. Separarse de ellos duele, pero sabe que no puede poseer el valor de su compañía para siempre. Woody siempre será su amigo fiel, pero también puede serlo para alguien más. 

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