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La odisea: adaptación arriesgada en favor de la modernización moral

Escrito el 23 julio, 2026 @andreamarserr

Dirección: Christopher Nolan.

Guion: Christopher Nolan, basado en la obra de Homero.

Elenco: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Zendaya, Robert Pattinson, John Leguizamo, Himesh Patel, Charlize Theron, Samantha Morton, Lupita Nyong’o, Jon Bernthal, Benny Safdie, Corey Hawkins, Elliot Page, Travis Scott, Mia Goth, Logan Marshall-Green, Bill Iwrin, James Remar.

Países: Reino Unido, Estados Unidos.

Duración: 173 minutos.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt33764258/ 

La odisea. Dir. Christopher Nolan. Universal Pictures. 2026.

A mí me gusta mucho La odisea como parte del dominio literario público. No puedo recordar si primero leí una versión resumida en mi clase de inglés en la secundaria o si escuché The Odyssey de la banda de metal progresivo Symphony X, pero en mi mente están una muy cercana de la otra como para que mis neuronas se pusieran a bailar con esta historia y con cada una de sus iteraciones. En esta  canción épica de 24 minutos, la banda, a través de los ojos de Odiseo, cuenta sus pruebas y tribulaciones. Los  episodios “Cuentos del dominio público” de Los simpson y “Warners Unbound” del refrito de los Animaniacs del  2020, la película de Bob Esponja de 2004, el musical Epic y, más recientemente, el videojuego Hades II, han sido adaptaciones de la obra de Homero  que se han tomado muchas libertades, ya sea en el retrato de la trama o de los personajes.

No obstante, hay algo desafortunado en tener un interés especial por un material clásico. Hay ideas tan arraigadas de lo que es el texto y los personajes que en él yacen, así como grandes expectativas que, cuando alguien más lo hace suyo, inevitablemente se produce un choque. En este caso, el componente fantástico de La odisea de Homero––con todos sus dioses, monstruos, criaturas y lugares fuera de este mundo––es relegado en La odisea de Christopher Nolan en favor del realismo y la modernización. Así, quiénes esperábamos ver esto quedamos decepcionados; sin embargo, si vemos más allá, nos encontramos con una adaptación provocadora 

En su forma más fundamental, La odisea es un cuento admonitorio sobre ser un buen anfitrión y un buen huésped pero, al igual que su protagonista Odiseo, es mucho más “complicado”. Si bien es una historia sobre el indomable espíritu de un hombre que ansía desesperadamente volver a casa y que hace  todo lo necesario para lograrlo, también es una historia de los obstáculos––tanto fantásticos como realistas aunque no por eso menos metafóricos––que le previenen hacerlo. Todo esto está en La odisea de Nolan, pero toma la historia para ofrecer una moraleja moderna.

Al igual que en su obra anterior, Oppenheimer (2023), Nolan está preocupado por los “puntos de no retorno”: aquellos donde la historia de la humanidad (entiéndase tanto como el grupo de personas como la propia humanidad individual) se ve tan alterada que el retorno y la redención resultan imposibles. En el caso de Oppenheimer, este punto es la creación de la bomba atómica y, en el caso de La odisea, es el saqueo de Troya.

En el poema de Homero, cuando los personajes hablan de Troya o cuando los bardos cantan acerca de ella, no se pone en tela de juicio las acciones cuestionables que los griegos llevaron a cabo. Es solo cuando Telémaco visita a Nestor en Pilos que el rey admite entender que el viaje de retorno de los que saquearon Troya fue maldecido por Zeus debido a que algunos no tenían “ni juicio ni moral”, pero no hay una mayor reflexión al respecto. Odiseo, por su parte, se echa a llorar cada vez que escucha a algún bardo cantar sobre Troya, pero el poema nunca aclara por qué. ¿Estará arrepentido por sus acciones como estratega principal? ¿O sólo recuerda lo duro que fue estar 10 años en esa playa esperando una oportunidad para triunfar y obtener la gloria de un héroe?

También, cuando Atenea le pide a Zeus que facilite el regreso de Odiseo a casa, Zeus le recuerda a su hija que fue ella quien provocó las tormentas que dispersaron a los barcos griegos en su camino  de Troya. Si los dioses griegos no fueran tan caprichosos e imperfectos, quizá hubieran castigado a los griegos tanto como para derivar en la caída de su civilización. O eso parece decir Christopher Nolan. Así, gozando de la claridad que otorga el paso del tiempo y basado en las prioridades de las perspectivas actuales, el director reinterpreta a Odiseo, haciéndolo no el favorito de Atenea, sino un hombre atormentado por su figura.

Fiel al poema, La odisea de Nolan comienza in media res, donde Odiseo (Matt Damon) lleva casi 20 años lejos de su hogar y el palacio de Ítaca se encuentra asediado por los hombres que pretenden desposar a la reina Penélope (Anne Hathaway). Liderados por el cobarde sinvergüenza Antínoo, interpretado por Robert Pattinson (quien hace ver tan sencillo encarnar a un hombre que amas odiar), noche tras noche los pretendientes beben vino, consumen alimentos que no son suyos y maltratan a la servidumbre del palacio, así como a los mendigos que se acercan pidiendo hospitalidad, mientras escuchan al bardo Femio (Travis Scott) contar la historia de Troya. (El detalle del bardo es fantástico y una decisión muy atinada que transmite la importancia de esta figura y de las historias en la antigüedad y trasladarla a la modernidad al escoger a un rapero para interpretarla.)

Entre los maltratados por los pretendientes se encuentra el fiel porquero Eumeo (John Leguizamo), cuya fidelidad hacia Odiseo solo es sobrepasada por la de Penélope. Leguizamo –en quizá su mejor trabajo hasta la fecha–– interpreta a un Eumeo cariñoso con las criaturas a su cargo (incluido Argos, el viejo perro cazador de Odiseo que espera a su amo) y dispuesto a enfrentar a los pretendientes, pero también a una especie de padre postizo para el joven Telémaco (Tom Holland) en la medida en que su posición como esclavo se lo permite.

El príncipe Telémaco, quien ha tenido que crecer sin su padre, se siente asfixiado por su incapacidad de obligar a que los pretendientes de su madre dejen de abusar de la Ley de Zeus, o el código de hospitalidad xenía. Motivado por un mendigo que uno nunca sabe pudiera ser Atenea disfrazada, emprende un viaje a Esparta para buscar noticias de su padre. El ritmo de todo este prólogo se siente convulso, un poco como las aguas que Odiseo debe navegar en su retorno, y que es muy característico del inicio de los guiones de Nolan.

Al igual que en Oppenheimer, en los primeros 30 o 40 minutos de la película, Nolan busca dejar en claro cuáles son los temas y las problemáticas que tratará en su película, así como los hilos conectores de la trama. Entre la Ley de Zeus, Atenea, la importancia de las historias de los viajeros como medio noticioso, las amenazas que se encuentran tanto en casa como en los alrededores y más, los personajes discuten una variedad de problemas  de forma sosa y redundante, además de que lo hacen con una clarividencia que no se siente justificada (contrario a Oppenheimer quien, por su entendimiento de la física cuántica, podía ver futuros indescifrables). 

Después de este prólogo,  la historia se pone en marcha y encontramos a Odiseo cargando los restos de un barco de madera en la playa de Calipso (Charlize Theron). La diosa Atenea (Zendaya) camina junto a él, cuestionando su falta de voluntad de recordar. ¿Recordar qué? Así se muestra la mayor libertad creativa de esta adaptación: aquí  Odiseo es un hombre escéptico de los dioses que busca olvidar lo que ocurrió en Troya y, también, su hogar. Este Odiseo es uno  que no quiso regresar a Ítaca, tanto que –a diferencia del Odiseo de Homero– por años se comió la flor de loto.  La pregunta que surge automáticamente es “¿por qué?”.

Así, muy al estilo de Nolan y encajando bien con la naturaleza convulsa del tiempo del poema épico de Homero, vamos y venimos del pasado al presente, viendo qué ha sucedido en esos casi 20 años que Odiseo lleva lejos de su hogar, 10 de los cuales transcurrieron en la campaña para penetrar la ciudad amurallada de Troya. 

“¿Por qué todos los griegos padecieron su retorno a sus hogares? ¿Qué pasa cuando los hombres sacrifican todo por sus ambiciones y sus deseos? ¿Qué tipo de hombres son capaces de llevar a cabo tales actos?”, se pregunta Nolan. Con estas interrogantes en mente, La odisea pone un espejo frente a su protagonista, la mente maestra detrás del “caballo de Troya”, una de las artimañas más conocidas de la literatura, obligándolo a enfrentar las consecuencias de sus acciones. ¿Es posible volver a casa sin llevar la violencia, la guerra y la destrucción contigo cuando abusas de uno de los preceptos morales fundamentales de tu civilización? De forma vigente, Nolan parece decir que no es posible. La guerra no se queda en las tierras lejanas donde se libró.

La odisea es, al igual que el poema, épica; no hay otra palabra para describirla. La magnitud de las tomas y la fotografía a cargo de Hoyte van Hoytema, el peso del sonido a cargo de Willie D. Burton, el elenco estelar y el esfuerzo por grabarla completamente con  cámaras IMAX –a pesar de que un porcentaje minúsculo de la población mundial podrá verla en su formato original– le dan una dimensión fantástica. Los efectos prácticos de la película, como la marioneta del cíclope Polifemo (Bill Irwin)––además del diseño de sonido en el momento clímax de este episodio––o el moldeado de los hombres de Odiseo a cerdos a manos de la bruja Circe (Samantha Norton), que es una escena que ya se une a las filas de momentos icónicos de Nolan, demuestran el compromiso del director con el realismo y que no dejan de parecer fantásticos por su mera escala.

No obstante, resulta algo contradictorio que un director como Nolan, quien siempre basa sus historias en una lógica real, buscara adaptar una obra de naturaleza fantástica. Su interés no es incomprensible, pues hay elementos de la historia que apelan a sus sensibilidades: un hombre que busca desesperadamente volver con su familia (como los protagonistas de Inception e Interstellar) y cuya historia se ve moldeada por el tiempo. Sin embargo, la película carece del elemento fantástico del poema mitológico: los dioses del Olimpo juegan un papel determinante en la travesía de Odiseo, al ser una riña entre Poseidón y Atenea lo que impide el retorno del protagonista a Ítaca, pero en la película solo aparece una versión centrada de Atenea, mientras que los demás dioses, como Zeus y Poseidón, solamente aparecen representados por sus elementos, aunque ciertamente en momentos decisivos y atinados.

Además de la mencionada Circe, la secuencia donde Menelao (Jon Bernthal) le cuenta a Telémaco la historia del saqueo de Troya desde el punto de vista de alguien que estuvo dentro del caballo también pasará a los anales de la historia de la filmografía de Nolan. Obviando el hecho de que para nada es fiel a la estética de la Era de Bronce, el diseño de vestuario que contrasta las armaduras blancas de los troyanos con las armaduras oscuras de los griegos y de, en particular, la armadura batmanesca de Agamenón (Benny Safdie) es un festín visual. Aunque seguramente chocante para muchos, esta armadura busca mucho más que verse imponente: sirve de contraste no solo con los troyanos, sino con el propio personaje de Agamenón, sus valores, su percepción de sí mismo y quién verdaderamente es cuando se la quita.

El vestuario, la iluminación, los encuadres sofocantes que utiliza Nolan para mostrar cómo fue para los griegos esconderse dentro del caballo y la música de Ludwig Göransson hacen de este recuento del saqueo de Troya una de las secuencias novedosos y memorables de su obra y, posiblemente, de las versiones que hay en distintos medios de este episodio. Es imposible no sentir el corazón acelerarse con este retrato.

Ahondando en el trabajo de Göransson, el compositor evoca sonidos con menor rango de variedad que los que una orquesta puede conjugar, pero no por eso menos conmovedores e  interesantes. La música que acompaña la historia está plagada de percusiones, flautas, liras y coros con sonidos más fundamentales como vocalizaciones. Por ejemplo, en una noche recién zarpados de Troya, la tripulación de Odiseo canta, pero una vocalización armónica que resulta original,  inmersiva y  conmovedora.

El elenco da vida a esta adaptación. Aunque Nolan disminuye las oportunidades de que su protagonista cuente su historia como en el poema, la interpretación de Matt Damon como Odiseo muestra a un hombre polifacético que es tanto honorable, leal y fiel (quizá demasiado en comparación con el Odiseo de Homero) como mentiroso, embaucador, ególatra e irascible. Creo que no queda duda de que Damon fue el indicado para esta adaptación. Tom Holland como Telémaco interpreta a un joven perdido que busca una guía paterna en todos lados, además de querer crecer a pesar de seguir siendo ––en lo más profundo de su ser–– un niño que llora ante la mera mención de su padre.

Las mujeres del elenco también hacen suyo cada minuto de escena en el que aparecen, a pesar de tener poco con qué trabajar. La Penélope de Anne Hathaway es tan lista como su esposo y contiene multitudes: es capaz de mostrarse amorosa, dolida, triste, optimista o iracunda en una sola escena de su última noche con su esposo. Samantha Morton como la bruja Circe es otra actuación destacable que se ve motivada por mucho más de lo que su personaje deja entrever al principio y que luego revela de un tirón.

Zendaya como Atenea y Lupita Nyong’o como Helena (aunque su doble interpretación como Clitemnestra le permite desenvolverse más) padecen un poco las decisiones que Nolan toma en torno a la caracterización de sus personajes y aquellos con los que se relacionan. Si bien los cambios al personaje de la diosa de la sabiduría, la guerra y la artesanía se entienden, el papel de Zendaya es considerablemente minúsculo y su talento no tiene la oportunidad de brillar. 

Parecería obvio de cualquier director, pero Christopher Nolan es uno que hace películas para sí mismo. Así, su Odisea resulta muy diferente de formas muy básicas y fundamentales al material original, pero no por eso es una mala película o una mala adaptación. A pesar de los cambios y libertades que se toma Nolan, si se mira con algo de distancia e intentando encontrar un punto medio con el director (facilitado por un segundo visionado, quizá), La odisea tiene algo importante que decir y que vale la pena escuchar. 

El director y guionista no solo se limita a volver a contar esta historia, sino que se atreve a reimaginarla para pararnos frente a un espejo y obligarnos a vernos a los ojos. Nolan nos advierte, una vez más, que la desmesura de una civilización lleva dentro de sí las semillas de su destrucción.

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