Palomita de maíz

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Hirokazu Kore-eda: la clasificación de sus películas

Escrito el 5 mayo, 2026 @CesarAndreZzZ

Nacido el 6 de junio de 1962 en Tokio, Japón, Hirokazu Kore-eda, el menor de tres hermanos, creció en una familia de clase media. En su libro autobiográfico Walking at a Pace, destacó que su pasión por el cine nació gracias a su madre, fanática de actrices como Ingrid Bergman, Joan Fontaine y Vivien Leigh. Aunque la familia no podía costear las visitas al cine con mucha frecuencia, la televisión se convirtió en su escape, deleitándose con las historias que el cine nipón tenía para ofrecer, desde Yasujirō Ozu hasta Mikio Naruse. También ha mencionado la influencia de directores internacionales como Ken Loach.

Antes de dirigir su primer largometraje de ficción en 1995, Kore-eda trabajó como asistente de dirección en documentales para televisión hasta convertirse en documentalista en 1991 con Lessons from a Calf, una simpática historia que seguía un programa educativo del gobierno en el cual permitían que una clase de alumnos de primaria criaran a un ternero desde la adolescencia hasta la edad adulta. Luego de esto dirigió August Without Him en 1994, siguiendo a Hirata Yutaka, un paciente de SIDA, durante los dos últimos años de su vida, reflexionando a modo de videodiario sobre la represión de su identidad sexual, el estigma de la enfermedad y el anhelo de vivir una vida plena más allá de las barreras sociales impuestas por la faceta más conversadora de Japón.

El éxito crítico de August Without Him le permitió dirigir y escribir su primer largometraje de ficción, Maborosi, el cual participó y ganó un premio a mejor fotografía en el Festival de Cine de Venecia de 1995, y lo llevó a ser reconocido por la crítica occidental como una figura clave de la «Nueva Ola» japonesa de los 90. Desde entonces, Kore-eda se ha mantenido consistente, gozando una y otra vez de aclamación crítica, ganándose fanáticos alrededor del mundo (incluyendo el que escribe este artículo), y siendo uno de los nombres más recurrentes en los festivales de cine más populares del mundo, llegando a ganar la Palma de Oro en Cannes en 2018 gracias a Shoplifters (la primera película japonesa en ganar el premio en más de 20 años).

Su estilo es bastante característico. Kore-eda apremia el realismo y la contención de las emociones en dramas familiares con capas de contenido, evitando simplificar a sus personajes en matices morales trillados. Su cine es autorreflexivo, pero profundamente conmovedor al poner de relieve los problemas inherentes a la condición humana, las relaciones familiares, las crisis de identidad, el anhelo de pertenecer y las consecuencias de la marginación social.

Sus recursos favoritos – los planos secuencia, tomas largas, una cámara a menudo estática o con movimientos muy sutiles, luz natural y suave, edición lenta y composición horizontal – permiten la introspección del mundo interno de sus personajes. Es también un maestro en la dirección de niños, logrando interpretaciones increíblemente realistas y espontáneas, a menudo sin darles un guion cerrado para fomentar la naturalidad.

Hay mucho para amar en el cine de Kore-eda, pero si lo pudiera resumir en una palabra sería vida. Sus películas fascinan porque comprende como ningún otro las complejidades de las relaciones familiares, entiende la dicha de las pequeñas alegrías de la vida y no teme dar conclusiones devastadoras que evocan lo difícil que es la existencia en los márgenes de la sociedad. No busca entregar verdades absolutas ni finales de cuento de hadas, sino invitar a observar las grietas por donde se filtra la humanidad y ver el mundo con ojos empáticos.

Por este motivo, me he dado la labor de hacer una clasificación de los 16 largometrajes de ficción de Kore-eda, ordenados de peor a mejor, como antesala de celebración a los dos largometrajes que estrenará en 2026: el drama de ciencia ficción Sheep in the Box y la adaptación live action del manga Look Back. Esta lista no incluye sus cortometrajes, miniseries y documentales.

 

16. Distance (2001)

No considero que Kore-eda tenga una mala película. Sin embargo, si alguna tiene que ocupar el último lugar de esta lista, es Distance. La premisa, contada de manera bastante vaga, sigue las consecuencias de los actos de una secta apocalíptica y suicida llamada “El Arca de la Verdad”, quienes causan la muerte de más de 100 personas al sabotear y envenenar los suministros de agua de la ciudad. En el tercer aniversario del ataque, cuatro familiares de los perpetradores se dirigen al lago donde esparcieron sus cenizas para recordarlos. Allí encuentran a Sakata (Tadanobu Asano), un antiguo miembro de la secta que sabía sobre el trágico ataque, pero desertó en el último momento. Mientras se preparan para partir, los familiares descubren que el auto en el que viajaron al lago ha desaparecido. Atrapados y con la noche acercándose, se ven obligados a refugiarse en una cabaña abandonada que la secta había utilizado años atrás.

La película resulta inicialmente intrigante por su estilo abstracto, así como por su reflexión sobre el dolor, la culpa y la alienación emocional a raíz de la tragedia, contada a través de flashbacks. Kore-eda comprende que, efectivamente, el proceso de duelo puede no tener un cierre o una resolución, llevando a las personas a arrastrar un trauma que consume su vitalidad. Sin embargo, como su nombre lo indica, la película resulta distante y banal. Su final es abrupto, y aunque intencionalmente deja con más preguntas que respuestas, es inevitable compararla con las otras aproximaciones al duelo que ha hecho el director y palidece. Es una obra interesante que destaca en su filmografía por su fotografía temblorosa y los sonidos ambientales, pero que se ve lastrada por diálogos insulsos y una penosa distancia emocional con sus protagonistas.

 

15. Hana (2006)

Solo Kore-eda podría dirigir una de las películas de samuráis más encantadoras y amables de todos los tiempos. Hana transcurre durante la era Genroku de Japón en el siglo XVIII, época del auge de la burguesía y florecimiento de las artes, pero de crisis moral y económica para las diferentes comunidades samurái. La historia sigue a Aoki Sozaemon (Junichi Okada), un joven e inexperto samurái que llega a la ciudad de Edo con el propósito de vengar a su padre asesinado por un clan rival. Sin embargo, más que una película de venganza, Hana es una historia sobre la vida en comunidad al seguir con un simpático sentido del humor a Sozaemon adaptándose en su nuevo barrio, interactuando con los vecinos y estableciendo una relación romántica con una viuda.

Lo más destacable de la cinta es que Kore-eda no tiene intenciones de replicar el estilo de sus contrapartes japoneses al contar una historia de samuráis. Si bien hay algo de acción, la película es bastante ligera y tierna, haciendo énfasis en el dilema moral del protagonista respecto a si la venganza realmente vale la pena, o si más bien es una forma de perpetuar una violencia sin sentido que conlleva a las crisis por las que atraviesa la sociedad japonesa de la época. Puede que a Hana le falte la consistencia y profundidad de sus otras obras, además de que su sentido del humor se vuelve básico y gastado después de un rato, considerando que la película se extiende sin necesidad. Sin embargo, este es uno de los manifiestos más claros de la versatilidad de su director al contar historias en contextos variopintos, siempre anteponiendo la dignidad de sus personajes.

 

14. The Truth (2019)

The Truth es el único largometraje en la filmografía de Kore-eda ambientado fuera de Japón y en un idioma distinto al japonés. Aquí, el director se rodea de actores de renombre internacional, como Catherine Deneuve, Juliette Binoche y Ethan Hawke, para construir una intrigante historia de cine dentro de cine y conflictos familiares. Fabienne (Deneuve) es una estrella del cine francés, comprometida con su labor como actriz, pero distante en su rol como la madre de Lumir (Binoche). Esta última, viaja por invitación de su madre a París, junto a su marido (Hawke) y su hija con el propósito de estar presente para la publicación de las memorias de Fabienne. La tensión estalla cuando Lumir lee el libro y descubre que su madre imprimió una versión idílica y falsa de su infancia, omitiendo por completo sus negligencias y otros secretos familiares que la atormentan hasta la actualidad.

La ejecución es delicada y sutil al tejer la relación madre e hija. Además, el juego meta-fílmico funciona bastante bien, explorando las fronteras entre la realidad y la ficción de manera seductora. Como es de esperar, la actuación de Catherine Deneuve es soberbia, y como un todo, Kore-eda demuestra su capacidad para adaptarse, impregnando su estilo más allá de las fronteras del lenguaje. Sin embargo, en sus puntos más débiles, The Truth carece de la pasión y emotividad de otras de sus películas. Al mismo tiempo, surgen comparaciones con el estilo de Olivier Assayas en películas como Clouds of Sils Maria (2014), e incluso la premisa puede recordar a la posteriormente exitosa Sentimental Value (Joachim Trier, 2025), y al lado de estas películas, The Truth se siente como una obra menor, desbordada de una sobriedad que impide una conexión profunda.

 

13. Air Doll (2009)

Años antes de que Greta Gerwig usara la muñeca Barbie para explorar el existencialismo respecto a la identidad femenina y la opresión patriarcal, Kore-eda ya se planteaba estos cuestionamientos desde un lente mucho más profundo, divertido y desgarrador. Air Doll sigue a una muñeca sexual inflable llamada Nozomi (Bae Doona). Además de cumplir una función sexual, su dueño la trata como si fuera una novia, sacándola a pasear en silla de ruedas, cenando a su lado y conversando sobre su día. Mientras él trabaja, Nozomi adquiere vida propia, se viste con un uniforme de mucama y explora el mundo fuera de su apartamento con asombro, incluso entablando una relación romántica con el empleado de un videoclub donde empieza a trabajar a espaldas de su dueño.

Air Doll entonces sigue a Nozomi, descubriendo de lo que se trata la vida: el amor, las desilusiones, el trabajo, la dicha y la pena de vivir. A través de los ojos de este «objeto», Kore-eda examina la soledad urbana y la deshumanización de la mujer bajo la mirada patriarcal. La actuación de Doona es inolvidable, transmitiendo que la esencia de la vida radica en la voluntad propia, incluso cuando tener un corazón implica aceptar el dolor inevitable de existir. El filme es una lección magistral de delicadeza, y el director no solo entrega una crítica social punzante, sino un recordatorio melancólico de que la libertad y el dolor son las dos caras de una misma moneda.

 

12. Broker (2022)

Kore-eda no es extraño a recibir premios en el Festival de Cannes, y poco después de conseguir la Palma de Oro en 2018, se llevó dos galardones más (mejor actor y premio Ecumenical del Jurado) con Broker, una simpática película de carretera y posiblemente su cinta más divertida hasta la fecha. La historia sigue a dos amigos, Sang-hyeon (Song Kang-ho) y Dong-soo (Gang Dong-won), quienes operan un negocio ilegal de adopciones, robando bebés depositados en el «buzón» de una iglesia para venderlos a parejas desesperadas por tener hijos. La situación de este negocio ilícito se complica cuando una madre, So-young (Lee Ji-eun), regresa arrepentida a recoger a su hijo y descubre el cuestionable plan de los hombres. En lugar de denunciarlos, los ayuda a encontrar un hogar para su hijo, pues no tiene los recursos económicos para darle una buena vida.

La película triunfa porque no niega la sensibilidad de sus temas y explora con paciencia y empatía a sus personajes, en particular los secretos que arrastra So-young (magníficamente interpretada por Lee Ji-eun). Hay un equilibrio emocional astuto que hace de Broker una comedia amena, transparente y dulce en la que el director recurre a su clásica exploración de familias imperfectas, en este caso el trío de protagonistas de acciones cuestionables, pero con intenciones nobles. Si bien algunos podrán criticar que Kore-eda se pasa de sentimentalista cuando la película se pone seria, a mí me ha parecido un drama social brillante que se arriesga a criticar el sistema de adopción surcoreano, poniendo además sobre la mesa el eterno y complicado debate sobre los derechos reproductivos de las clases socioeconómicas más bajas.

 

11. I Wish (2011)

A menudo se subestima la inteligencia infantil al considerar que ciertos temas “no son apropiados para los niños”, lo cual es otra forma de decir que a los adultos les da flojera darles explicaciones razonables y adecuadas de temas que los aquejan. Cuando los padres, por múltiples motivos, fallan en ser esa figura guía en la vida de los niños, ellos por cuenta propia buscan respuestas a sus inquietudes. Nadie mejor que Kore-eda para entender a los niños como seres humanos complejos, y I Wish es posiblemente la película en la que explora la infancia con más calidez y alegría.

La historia sigue a dos hermanos de sexto y cuarto grado, Koichi (Koki Maeda) y Ryunosuke (Oshirō Maeda), quienes se ven afectados por el divorcio de sus padres. El mayor vive con su madre, una mujer amable, pero demasiado ocupada con su trabajo; el menor vive con su padre, un músico desorganizado sin un rumbo claro en su vida. Frustrados por la separación, ambos empiezan a conspirar para unir románticamente a la pareja, pensando que esto reparará las grietas existentes en su familia.

La solución parece simple, y es que Koichi escucha un rumor en la escuela respecto a que cuando dos trenes bala de líneas opuestas se cruzan por primera vez en un punto específico, se libera una energía mágica capaz de conceder milagros a quienes lo presencien. El recorrido de los hermanos y su grupo de amigos para conseguir ese “milagro” hace de la película una historia de aventuras hilarante y conmovedora. Sin embargo, lo más hermoso, y también agridulce, de I Wish yace en el planteamiento de que las decepciones y desilusiones son parte de crecer, a la par de comprender a nuestros padres como seres imperfectos que no podemos cambiar desde nuestro rol como hijos. El director trata a los niños con un respeto inmenso al otorgarles preocupaciones reales y una capacidad de observación que los adultos pierden por estar sumergidos en sus angustias egoístas. Es una obra hermosa, y se agradece que de vez en cuando Kore-eda se permita darnos películas que no nos dejan con un profundo vacío emocional.

 

10. The Third Murder (2017)

The Third Murder destaca en la filmografía de Kore-eda porque es su único thriller policial y resulta bastante tenso y profundo, alejándose de los clichés del género para explorar la ambigüedad de la verdad y la ética del sistema legal. La historia inicia con un hecho aparentemente contundente: Misumi (Koji Yakusho) asesina al dueño de una fábrica, quema el cadáver y confiesa el crimen. Dado que el hombre tiene antecedentes de un homicidio que cometió hace 30 años y quedó posteriormente libre, se enfrenta a la pena de muerte. Aunque todo parece claro, el abogado defensor Shigemori (Masaharu Fukuyama) está convencido de que hay algo más detrás de este crimen. Inicialmente, asume el caso no para demostrar la inocencia de su cliente, sino para reducir su condena a cadena perpetua. Sin embargo, el caso se complica porque Misumi cambia su versión constantemente, además de que el abogado se entera por parte de la hija del dueño de la fábrica que la víctima no era una buena persona.

Gradualmente, el director suma elementos que hacen de esta historia un caso fascinante sobre la reconstrucción de los hechos en un caso criminal y la imposibilidad de alcanzar una verdad absoluta en el sistema judicial. Kore-eda explora si el sistema judicial es capaz de impartir justicia real o si solo es un mecanismo para «limpiar» a la sociedad de individuos incómodos. Eso hace de The Third Murder una obra que no solo destaca en la filmografía del director, sino también dentro de los thrillers policiales al tener qué decir sobre la condición humana, la búsqueda de justicia y los matices morales de víctimas y victimarios. A más de 10 años del inicio de su carrera, Kore-eda demostró con esta película que es capaz de evolucionar dentro de sus propios estándares, construyendo una historia humanista e incómoda sobre algunos de los males que más nos perturban como sociedad.

 

9. After the Storm (2016)

En esta película Kore-eda demuestra una vez más su maestría para observar la vida cotidiana, transformando una anécdota doméstica en una experiencia humanista y universal, alejándose del melodrama para abrazar con realismo las imperfecciones familiares. After the Storm sigue inicialmente a Ryota (Hiroshi Abe), un detective privado que alguna vez fue un escritor de novelas, ganando incluso un premio literario. Se la pasa aferrado a su pasado, descuidando su presente y destruyendo su futuro, pues malgasta su dinero en apuestas a tal punto de que no puede pagar la manutención de su hijo. Su exesposa, Kyoko (Yoko Maki), intenta rehacer su vida con una pareja estable, y aunque Ryota la resiente porque ella sí pudo “seguir adelante” después del divorcio, la vida de ella tampoco es perfecta. Tras la muerte de su padre, Ryota, en compañía de Kyoko y su hijo, visita a su madre, Yoshiko (Kirin Kiki), una mujer serena que disfruta de su independencia en la vejez.

Como el título de la película lo indica, un tifón da lugar al clímax de la película, al dejar atrapada a la familia en la casa de Yoshiko, hecho que los obliga a confrontar sus realidades. After the Storm redefine lo que significa ser padre, pues Ryota reflexiona oportunamente sobre estar presente en los momentos pequeños, dejar un legado emocional positivo y ser responsable y autónomo con su propia vida. Abe da una de las mejores interpretaciones de cualquier película de Kore-eda, pues Ryota es un antihéroe construido con tanta compasión que evita el juicio fácil y recuerda a las fallas de nuestros propios padres.

Me gusta creer que esta película es la versión de los padres de los hermanos de I Wish. Es una obra que habla de las pláticas incómodas que nuestros padres tienen cuando no estamos presentes, los esfuerzos desesperados de estos por endulzar la realidad y las luchas internas que nos ocultan para protegernos.

 

8. Our Little Sister (2015)

Como buen humanista, Kore-eda ha reflexionado una y otra vez sobre algo muy certero: si fuéramos más amables los unos con los otros el mundo sería un lugar mejor. Pocas películas definen mejor esta idea que Our Little Sister.

La historia comienza con las hermanas Koda, Sachi (Haruka Ayase) Yoshino (Masami Nagasawa) y Chika (Kaho), quienes viven en la casa de sus abuelos. Tras recibir la noticia de la muerte de su padre, quien las abandonó 15 años atrás para formar otra familia, asisten a su funeral por puro compromiso. Allí conocen a su media hermana de 13 años, Suzu (Suzu Hirose), una niña madura y reservada que cuidó de su padre hasta el final. Debido a que la viuda del difunto padre de las chicas no es la madre biológica de Suzu, las hermanas deciden invitar a la joven a volver con ellas a la ciudad costera de Kamakura. Si bien su convivencia tendrá altos y bajos, la historia ofrece una visión esperanzadora sobre la posibilidad de rehacer la vida a partir de tragedias.

La película es emotiva por su retrato de la resiliencia y la amistad femenina, a la par de proponer con sinceridad y realismo que, aquellos que han tenido el infortunio de nacer en familias disfuncionales, pueden escoger la familia que merecen en el camino de la vida. En otras palabras, Kore-eda dice que la familia no es algo que se hereda, sino algo que se construye y se cuida activamente. Our Little Sister es una historia poética sobre la bondad humana, maravillosamente actuada por su elenco femenino, con un espíritu catártico y liberador.

 

7. Like Father, Like Son (2013)

Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cine de Cannes, Like Father, Like Son cuenta la historia de dos familias en crisis por un cruel giro humano. Ryōta Nonomiya (Masaharu Fukuyama), un arquitecto obsesionado con el éxito y la disciplina, y su esposa Midori (Machiko Ono), reciben una devastadora noticia del hospital en el que nació su hijo de seis años Keita: este fue intercambiado al nacer por otro niño llamado Ryūsei Saiki. Aquella familia pertenece a una clase social más humilde, llevando una vida un tanto caótica, pero bastante afectuosa. El contraste de las familias es claro: mientras que los Nonomiya dan valor a sus lazos familiares en función del rendimiento, los logros y el linaje, los Saiki apremian el tiempo de calidad juntos y consideran que la crianza va por encima de los lazos sanguíneos. Aun así, las familias deciden realizar el intercambio definitivo, pero el vacío emocional que esta decisión deja resulta devastador.

Like Father, Like Son habla sobre la esencia de la paternidad y el frágil vínculo entre padres e hijos. Kore-eda explora con contundencia y empatía el clasismo en la sociedad japonesa y los males que la presión de productividad del capitalismo deja en las familias de todas las clases sociales. Mientras los ricos creen que su rol como proveedores los hace superiores, y que su valor como seres humanos gira entorno a logros, saldo en cuentas bancarias y reconocimientos, la clase trabajadora lucha por subsistir en un sistema que los oprime, fácilmente criticada por la sociedad que considera que “no hacen lo suficiente”.

Más que una historia sobre niños intercambiados, es un viaje de despertar emocional y aprendizaje en el que ambas familias, en particular los Nonomiya, aprenden a ser mejores seres humanos, descubriendo su vulnerabilidad y aceptando que la verdadera paternidad no es un título que se hereda por la genética o se compra con estatus, sino un lazo que se forja con la presencia y la dignidad, y que solo puede otorgarse en una sociedad con consciencia de clase. Una vez más, Kore-eda nos dice que no hay nada más hermoso en la vida que la magia de los vínculos que nos hacen querer ser mejores.

 

6. After Life (1998)

La segunda película de Kore-eda es también la única de su filmografía hasta el momento en contar con elementos sobrenaturales, aunque conserva alguno de sus temas más recurrentes, como lo son la identidad, la memoria y el significado de la vida. La historia está situada en una modesta estructura administrativa que sirve de limbo entre la vida y la muerte, algo así como un purgatorio de apariencia mundana y burocrática. Cada lunes, un grupo de recién fallecidos llega al lugar, donde los trabajadores sociales les explican las reglas: tienen tres días para identificar un recuerdo de su vida que quieran conservar para la eternidad. Una vez elegido, el personal del centro recreará dicho recuerdo en un set de filmación y el alma de la persona desaparece en el “más allá” para vivir en ese recuerdo para siempre.

Para escribir el guión, Kore-eda se inspiró en su abuelo, quien sufrió una enfermedad neurodegenerativa. Al ser testigo de cómo este perdía la capacidad de reconocer rostros y su propia identidad, el director reflexionó sobre la importancia de la memoria para el espíritu humano, planteando la posibilidad de que existe un plano no terrenal en el que todos tenemos la oportunidad de revivir los recuerdos más valiosos de nuestra vida a modo de un cierre de lo que significó nuestra existencia.

After Life es una película única por su conmovedor análisis sobre lo subjetiva que es la felicidad, pues no siempre los grandes acontecimientos son los elegidos por las almas; a menudo, la paz se encuentra en lo cotidiano y en los pequeños detalles. No por nada el gran Roger Ebert consideró que esta película era la prueba de que Kore-eda, a penas en su segunda película, estaba a la par de maestros del cine como Kurosawa y Bergman. Al final, After Life se consolida como una obra profundamente humanista donde la muerte no es un final trágico, sino el último acto de reconciliación con nuestra identidad.

 

5. Maborosi (1995)

A algunos directores les toma un tiempo encontrar y definir su estilo narrativo. Este no es el caso de Kore-eda, pues desde su debut sabía claramente lo que quería aportar al séptimo arte con una precisión apabullante y reveladora. Maborosi, galardonada con el premio de mejor fotografía en el Festival de Cine de Venecia, fue la película de ficción con la que el director japonés nos introdujo a su estilo sobrio y conmovedor sobre las crisis que atraviesan los humanos en camino a redefinir sus relaciones con otros y con ellos mismos.

La película sigue a Yumiko (Makiko Esumi), una mujer que, tras la muerte de su abuela parece haber encontrado la felicidad con su esposo y su bebé recién nacido. Sin embargo, la tragedia golpea sin previo aviso cuando el hombre muere atropellado por un tren. La policía sugiere un suicidio, pero no hay notas ni motivos aparentes. Cinco años después Yumiko se muda de Osaka a un pueblo costero que rodea el Mar de Japón, aceptando un matrimonio arreglado con la esperanza de olvidar el dolor de su pasado.

Sin embargo, el duelo, reflejado a través de brillantes metáforas, consume el espíritu de Yumiko bajo la sensación de que el fantasma de su marido la vigila y le impide ese “seguir adelante” que los demás exigen de ella. Maborosi es una película extraordinaria, pero difícil de recomendar. Es la película más lenta y meditativa de Kore-eda, con planos estáticos que se extienden por minutos para reflejar el vacío existencial que la pérdida deja en el alma humana, siguiendo la rutina de la protagonista de manera mundana. El tipo de tristeza que transmite no es una de lágrima fácil, es una que, en su más puro silencio, se mete bajo la piel  te hace reflexionar sobre las pérdidas propias.

La historia de Yumiko, con una interpretación de otro mundo por parte de Esumi, revela como el duelo tiene diferentes caras. Se puede sentir como culpa, rabia, impotencia, odio, tristeza, desasosiego, compasión y liberación al mismo tiempo, sin que estas sean sensaciones contradictorias. La fotografía de Masao Nakabori es la cereza sobre el pastel, pues convierte el frío pueblo costero en un lugar que parece habitado por un fantasma, en forma de una luz hermosa y extraña en el horizonte. Es una obra sublime e hipnótica, y uno de los mejores estudios sobre el duelo que se hayan hecho.

 

4. Shoplifters (2018)

La película más popular de Kore-eda, aquella que le valió una merecida Palma de Oro y su única nominación al Óscar hasta el momento, es también una de sus mejores. Shoplifters sigue la historia de los Shibata, familia de clase baja que subsiste a base de empleos precarios, la pensión de la abuela y el hurto en tiendas (de ahí el título de la cinta). Una noche encuentran a Yuri, una niña maltratada y abandonada en un balcón y deciden adoptarla de manera informal.

Como es costumbre en el cine del director, un acontecimiento detonante saca a flotes los secretos y resentimientos ocultos de la familia, en este caso, cuando el hijo mayor de los Shibata se rebela en cuanto a los actos moralmente cuestionables de la familia y se deja atrapar por la policía durante un hurto. Kore-eda convierte entonces lo que parecía una simpática comedia sobre una familia disfuncional en un drama devastador que utiliza personajes complejos para reflexionar sobre el clasismo y la falta de oportunidades de familiares desfavorecidas en Japón, así como un clásico estudio de la familia y la unión de lazos que no son exclusivamente sanguíneos.

En Shoplifters hay de todo, belleza, tristeza, humor y profundidad. Los personajes, maravillosamente interpretados por todo el elenco, son seres humanos imperfectos y que sobreviven en los márgenes de la sociedad. Kore-eda hace entonces un profundo análisis del clasismo sistémico, explorando males sociales que, si bien están ambientados en Japón, pueden ser la realidad de muchos países del mundo en los que el abandono del estado, y el aprovechamiento indiscriminado de los poderosos, conlleva a tragedias en las que es muy fácil juzgar, pero difícil entender con empatía. Shoplifters termina en una nota conmovedora, posiblemente el final más bello y agridulce de la filmografía del director. Como solo las mejores películas pueden hacerlo, al verla, uno siente que ha cambiado y crecido junto a los personajes.

 

3. Monster (2023)

Monster, galardonada con el premio al Mejor Guion y la Palma Queer en el Festival de Cannes, es la obra más reciente de Kore-eda, además de una de sus películas más complejos porque plantea que la verdad y la moralidad son entidades subjetivas que se construyen culturalmente. La película propone una historia digresiva de múltiples perspectivas con personajes que creen tener la verdad sobre acontecimientos inquietantes ocurridos en una escuela primaria.

Por un lado, está Saori (Sakura Andō), una madre soltera que cree que su hijo Minato de 11 años (Sōya Kurokawa) está siendo agredido física y verbalmente por el maestro Michitoshi (Eita Nagayama). El profesor en cuestión cree que Minato es el acosador y que su víctima es Yori (Hinata Hiiragi), un niño tierno de 10 años proveniente de un hogar disfuncional. Mientras los adultos discuten, inconsciente por completo de lo que los niños verdaderamente necesitan, Minato y Soya lidian con la verdad de sus problemas en una ambigua relación de amistad que asoma secretos que rompen el alma por la sinceridad en la que están plasmados y por la contundencia con la que el director nos recuerda la inocencia y fragilidad de la infancia.

Rara vez vemos a Kore-eda delegar el guion, pero en esta ocasión le cedió el mando a Yuji Sakamoto, quien crea una estructura impecable al narrar los hechos desde distintas perspectivas. La banda sonora del difunto Ryuichi Sakamoto solo hace a la película más perfecta de lo que ya es.

Aunque Monster pone sobre la mesa temas densos como el acoso escolar, las carencias y la burocracia del sistema educativo, la disfunción familiar y el límite difuso entre el afecto y el romance infantil, la película fluye con una ligereza sorprendente, al nunca dar la sensación de querer abarcar demasiado. Los niños, interpretados por Kurokawa y Hiiragi, son un reflejo de lo doloroso que es crecer siendo un chico que se sale de los estándares socialmente establecidos.

Lo más potente de la película es cómo cuestiona esa idea de que la felicidad es algo que te tiene que autorizar la sociedad. Nos han vendido un molde tan rígido que, cuando no encajas, terminas sintiendo una vergüenza profunda y mereces ser infeliz. Kore-eda lanza una crítica durísima a esto: plantea que, si el bienestar y la dignidad humana se vuelven un club privado en lugar de un derecho para cualquiera, entonces el sistema está roto. Básicamente, si la felicidad no es para todos, no debería ser para nadie.

 

2. Still Walking (2008)

Kore-eda es un maestro en capturar lo extraordinario dentro de lo cotidiano, y Still Walking es, quizás, su obra más honesta sobre las cicatrices invisibles de una familia. La trama transcurre durante un solo día de verano, cuando la familia Yokoyama se reúne para conmemorar el decimoquinto aniversario de la muerte de Junpei, el hijo mayor de la familia que falleció rescatando a un niño de morir ahogado. El otro hijo, Ryota (Hiroshi Abe) acude a la conmemoración con su nueva esposa e hijastro, con una herida emocional abierta por ser “el hijo que quedó vivo”, sintiendo que siempre estará a la sombra de su hermano muerto. Bajo una superficie de cortesía emergen tensiones profundas relacionadas con la pérdida, ya sea con la actitud pasivo-agresiva del patriarca Kyohei (Yoshio Harada) hacia su hijo sobreviviente, al cual trata con un ligero desprecio por no aceptar sus decisiones profesionales y personales, o la madre Toshiko (Kirin Kiki), quien sufre en silencio la pérdida de su hijo y mantiene todas las posesiones de Junpei intactas, como si tuviera la esperanza de que algún día regresara a casa.

Además de explorar el proceso de duelo, la película aborda cómo una familia se redefine ante la ausencia de uno de sus miembros. El psiquiatra y terapeuta familiar argentino Salvador Minuchin le llamaba a esto un “fantasma familiar”, es decir un vacío que estanca a la familia en el tiempo y la desintegra gradualmente por la incapacidad de los miembros de asumir su nueva configuración familiar. Kore-eda dibuja a la familia con pulso de cirujano para que podemos entender en plenitud su dolor sin juzgarlos.

En última instancia, Still Walking es una obra monumental que no busca ofrecer una resolución catártica o una reconciliación forzada, sino que acepta la imperfección de los vínculos como una verdad inevitable. La película concluye con una nota agridulce que subraya la naturaleza cíclica de la vida: sin querer y sin darnos cuenta, repetimos los patrones de nuestros padres, aquellos que tanto despreciamos, y por una vez, somos más empáticos con ellos y con el dolor que atraviesan. A través de este retrato íntimo, Kore-eda nos recuerda que las familias no siempre sanan sus fracturas, y eso está bien, pues no todo en la vida está hecho para ser “curado”, sino para seguir caminando con todo y el dolor que la vida arroja sobre nosotros.

 

1. Nobody Knows (2004)

Keiko (Yukiko Ehara), una madre joven, afectuosa y profundamente irresponsable, se muda a un pequeño departamento en Tokio con su hijo mayor, Akira (Yuya Yagira). Sin embargo, trae consigo a otros tres hijos, Kyōko, Shigeru y Yuki, a quienes introduce escondidos en maletas por la prohibición del edificio de tener más de un hijo. Los niños, cada uno de un padre distinto, no asisten a la escuela y su existencia se limita a las cuatro paredes de su hogar, siendo Akira el único con permiso para salir debido a las ausencias repetidas de su madre, quien los abandona de manera definitiva tras anunciar que tiene un nuevo novio y que su matrimonio será la llave para una «vida normal», prometiendo que volverá para llevarlos con ella. Por supuesto que esto no ocurre, y Akira, de apenas 12 años, queda con la carga monumental de administrar los escasos recursos y actuar como el pilar emocional y físico de sus hermanos menores.

Bajo esta premisa uno puede suponer que Nobody Knows será una película difícil de ver, pero nada puede prepararte para lo que es una de las películas más devastadoras de todos los tiempos, y uno de los dramas más potentes y brillantes de la historia del cine. Es claro que Kore-eda se fascinó profundamente con el tema del abandono infantil y la precariedad en la infancia tras repetidas noticias en Japón de casos similares, en particular el caso de los cuatro niños abandonados de Sugamo. La película no es un mero espectáculo de pornomiseria, sino un estudio asombroso de la invisibilidad social y la pérdida de la inocencia, dando una visión nítida e inquietante de lo que significa ser niño en un mundo sin clemencia, encontrando apoyo en nadie más que otros infantes para sobrevivir el infierno en el que los adultos los dejan.

A la edad de 14 años, Yuya Yagira se convirtió en el actor más joven en ganar el premio a Mejor Actor en el Festival de Cannes. Su trabajo aquí es digno de estudio. El rostro de Akira es la encarnación de la inocencia y de crecer antes de tiempo. Uno no puede sino sentir una profunda impotencia al ver cómo el brillo de su mirada se apaga, siendo sustituido por una determinación adulta y sombría que ningún niño debería poseer. Su actuación no solo sostiene el peso de la película, sino que nos obliga a confrontar una realidad que preferiríamos ignorar, y es que tragedias como estas suceden día a día porque como sociedad fallamos a los niños de clases poco favorecidas.

Hay un proverbio que dice que se necesita una aldea para criar a un niño, lo cual hace referencia a que como una comunidad de seres humanos debemos ser empáticos con las infancias. La resolución y conclusión de Nobody Knows va más allá. Es un espejo social trágico que nos devuelve una imagen incómoda: la verdadera tragedia que Kore-eda nos obliga a testificar no es solo el abandono de una madre, sino la complicidad de un sistema que no comprende la magnitud de dolor de arrebatarle la inocencia a la juventud.

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