Palomita de maíz

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Sebastian: por un trabajo sexual sin lástima ni empoderamiento

Escrito el 28 noviembre, 2024 @CesarAndreZzZ

Dirección: Mikko Mäkelä.

Guion: Mikko Mäkelä.

Elenco: Ruaridh Mollica, Hiftu Quasem, Jonathan Hyde, Ingvar E. Sigurðsson, Dylan Brady, Pedro Minas.

Países: Reino Unido, Bélgica.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt30317033/

Sebastian. Dir. Mikko Mäkelä. Level K. 2024.

Pese a conocerse como «el oficio más antiguo del mundo», el trabajo sexual sigue cargado de muchos estigmas en pleno siglo XXI. Ya sea el lado conservador que mira con asco o victimización a aquellos que intercambian sexo por dinero, o el lado liberal que considera que la prostitución, la pornografía y demás son el máximo exponente del empoderamiento sexual de los humanos, ignorando la sordidez detrás de estos mundos.

Así como la película Pleasure (Ninja Thyberg, 2021) explora las dinámica patriarcales dentro de la industria del porno mainstream, Sebastian, el más reciente largometraje del finlandés Mikko Mäkelä, hace lo mismo con el mundo de la prostitución masculina gay, siguiendo las andanzas de un joven frágil con una seguridad falsa de que tiene el control de su cuerpo y sexualidad, ajeno a la realidad deshumanizante que supone la prostitución.

Durante el día, Max (Ruaridh Mollica) es un veinteañero que vive en Londres y trabaja como freelancer para una revista de escritura, aspirando a convertirse en el próximo escritor queer en contar una historia que escape de las tragedias usuales con las que se muestran a los personajes gays en la literatura. El protagonista de su novela en construcción es Sebastian, un trabajador sexual que tiene encuentros casuales con hombres mayores y se siente tan seguro de su físico e identidad sexual que, lejos de verlo como un trabajo, lo siente como un hobby remunerado.

La realidad es que por las noches Max es el Sebastian de su novela y se promueve en el sitio web de prostitución homosexual Dreamy Guys donde hombres mayores lo contratan para tener sexo casual y satisfacer sus variopintos fetiches. No obstante, a diferencia de su versión ficticia, Max no tiene seguridad, al menos no inicialmente, pues con el paso del tiempo se da cuenta de que el sexo a través de transacciones económicas agudiza su sensación de soledad, y a la vez, lo pone en situaciones de riesgo.

Sebastian es una película que no teme adentrarse en las sombras de la prostitución masculina gay a través de las vulnerabilidades y contradicciones de su personaje titular. Por tanto, la propuesta dual de Max/Sebastian permite una metaficción inteligente. En primera instancia, da la impresión de que Max se convierte en el Sebastian de su novela como si fuese una «investigación de primera mano». No obstante, Max utiliza este alter ego para escapar de sus propios complejos y problemas de identidad como un veinteañero gay que no tiene claro el rumbo de su vida. Su viaje sirve como una reflexión la soledad y las dinámicas dañinas y ciclos de autodestrucción que algunos buscan para evitarla a toda costa.

Gran parte del acierto de la película se debe a la interpretación de Ruaridh Mollica, quien proyecta honestamente lo que es ser un hombre gay en el siglo XXI. Max se observa de manera meticulosa en el espejo, comparando su físico musculoso con el de otros trabajadores sexuales, y sintiendo frustración por no alcanzar metas absurdas antes de los 30 años.

De entre sus clientes destaca Nicholas (Jonathan Hyde), un setentón aficionado al arte que observa al Max que hay detrás de Sebastian. Esta dinámica permite una comprensión emotiva de la brecha generacional entre hombres gays, y cómo lo que muchas personas de la comunidad LGBTQ damos por sentado hoy en día, hace varias décadas era un sueño lejano. Hyde hace que su personaje ocasional sea encantador, transparente y con una historia que ameritaría una película aparte.

La mayor virtud de Sebastian como película y algo necesario en obras queer contemporáneas, es la comprensión de la manera en que el miedo a la soledad moldea los comportamientos de las personas. Esto se representa, en gran medida, a través de la fotografía de Iikka Salminen, quien observa el movimiento nocturno de la ciudad como un ente desolador que constantemente recuerda lo rápido que pasa el tiempo y lo solos que estamos en el mundo.

Pese a esto, no existe lástima ni condescendencia hacia Max, entendiendo la contracción del disfrute y la sensación de libertad sexual, a la par de la gradual pérdida de control, desesperado por escalar en el mundo de la prostitución, cueste lo que cueste. Es fácil entenderlo como un narrador no confiable que ficcionaliza su vida, atorada en la esperanza de un futuro literario y en sus deseos de ser el Dios se su propia existencia, cambiando rasgos a través de su alter ego.

Sebastian no tiene miedo de ser sexualmente explícita porque para su director el trabajo sexual no es algo que provoque vergüenza; no obstante, tampoco utiliza su película para crear una fábula de «empoderamiento sexual» a través del cuerpo como moneda de cambio. En cambio, ofrece una perspectiva realista en el punto medio, reflexionando respecto a que, cuando perseguir sueños implica renunciar a partes de nosotros, el resultado siempre es agridulce.

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