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Akelarre: sororidad y feminismo incipiente se enfrentan a la Inquisición Española

Escrito el 6 mayo, 2021 @bmo985

Disponible en: Netflix.    

Dirección: Pablo Agüero.

Guion: Pablo Agüero y Katell Guillou.

País: España.

Elenco: Amaia Aberasturi, Alex Brendemühl, Daniel Fanego, Garazi Urkola, Jone Laspiur, Yune Nogueiras, Irati Saez de Urabain.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt9916362/

“Somos las hijas de las brujas que no pudiste quemar” se ha convertido en una frase recurrente en las protestas feministas alrededor del mundo. Ya fuera en las distintas marchas contra la presidencia de Donald Trump – señalando sus múltiples acusaciones de violación y acoso sexual–, la lucha por la legalización del aborto en Argentina o el 8M alrededor del mundo, esta declaración ilustra la manera en que el imaginario de la brujería ha sido acogido en el siglo XXI. Ha pasado de relacionarse con la maldad, el robo de niños y la presencia de Satanás en la Tierra a representar la sororidad, el empoderamiento y la autonomía femenina.

El cine también refleja este acercamiento cultural. Películas como The Craft (Andrew Fleming, 1996), Practical Magic (Griffin Dunne, 1998) y The Witch (Robert Eggers, 2015) utilizan la figura de la bruja para explorar la feminidad y su lugar en la sociedad. Akelarre presenta una visión similar, enfocándose en los esfuerzos de la Inquisición Española para erradicar la brujería en el País Vasco del siglo XVII.

Ana (la desconocida Amaia Aberasturi), Maider (Jone Laspiur), María (Yune Nogueiras), Olaia (Irati Saez de Urabain) y Katalin (Garazi Urkola) son jóvenes costureras en un pueblo costero en donde los hombres se han ido a pescar al mar. Despreocupadas y libres, viven su vida entre cantos y caminatas en el bosque hasta que un día son arrestadas por el juez Rostegui (Alexis Brendemühl), quien tiene órdenes de erradicar la brujería en el Reino de Navarra (del cual formaba parte el País Vasco).

Así comienza su encierro y se revela la extraña obsesión cuasi antropológica del juez: que le describan detalladamente la forma en que las brujas realizan el ritual del aquelarre, en el que se supone que bailan con el diablo. Ana explotará esta curiosidad en un intento de hacer tiempo hasta que los hombres del pueblo regresen del mar y puedan protestar los arrestos.

Akelarre ahonda en las relaciones entre estas jóvenes, deleitándose en el idilio de sus vidas antes de su apresamiento. En los diálogos dentro de la cárcel inquisitorial aprendemos sobre sus vidas humildes y la fuerza de sus lazos. A ratos se siente como si la cinta impusiera una visión anacrónica sobre el ser femenino del siglo XVII, como tanto le gusta a Hollywood; pero, al contrario, el director Pablo Agüero las retrata como muchachas despreocupadas que no permitirán que la injusticia trunque sus vidas.

De entre ellas destaca Ana, cuya presencia a cuadro crece hasta desbordar su menuda figura. Ana es la de mayor edad y la más atrevida, tal y como lo revela su plan de declararse culpables de ser brujas. La dinámica que se establece entre Ana como la líder de las apresadas y el inquisidor es una de desafío a la autoridad, de engaño y coquetería peligrosa.

Agüero coloca los destinos de las mujeres en sus propias manos y no cae en la trampa del hombre salvador. Las mujeres expresan determinación por salvarse a sí mismas, mientras que los hombres son burócratas de preocupante banalidad, convencidos de la naturaleza divina de su empresa, o tibios aliados que no están dispuestos a arriesgarse para evitar que se cometa una injusticia.

En la mejor secuencia de la cinta, el juez no puede más que quedarse boquiabierto cuando Ana canta en su vasco natal y lo seduce con una descripción imaginaria de los ritos de la brujería. Agüero captura de gran manera el poder que Ana ejerce sobre el juez. A pesar de su desnudez, o tal vez precisamente a causa de ella, Ana se transforma en una efigie monumental, indescifrable para los hombres simplones que la interrogan. Es un momento de tensión que funciona gracias a la presencia agigantada de Aberasturi y el control de ritmo y tono que Agüero tiene sobre la cinta.

En otra ocasión, la película sorprende al convertir una canción cantada a la distancia en un emotivo número musical. Esta escena subraya los vínculos de sororidad que las jóvenes tienen entre sí. Agüero creó una cinta que al principio recuerda al realismo de The Witch de Eggers, pero que a ratos explota en números musicales de gran deleite. Cuando Ana canta durante su tortura, y sus compañeras de prisión se unen a la armonía, nos invade la emotividad de los lazos que no pueden ser quebrados.

Entre el realismo de la cinta puede alabarse su apego a los hechos históricos: está bien documentada la cacería de brujas en el País Vasco durante el siglo XVII, y si bien la cinta no se basa directamente en un episodio, refleja ese ambiente persecutorio y de represión. La fotografía captura la época mediante luz natural, o al menos la emula. La luz de las hogueras y las velas revela la locura de los personajes, unos empecinados en creer que han descubierto algo y otros que comienzan a ser consumidos por las historias que han inventado. Las escenas en la celda comunal destacan por su luminosidad y belleza de encuadres.

La película comienza con una premisa muy sencilla: hay un desquiciado que cree que hay brujas por doquier y acaba arrestando a estas inocentes. No obstante, el guion de Agüero y Katell Guillou va poniendo en duda esta premisa hasta que el final nos deja cuestionándola completamente. No puedo acabar esta reseña sin alabar la ambigüedad de su final. Por favor, más finales ambiguos. Si una película te deja con más dudas que respuestas, debes apreciarla y reconocerla.

Hacia el final, uno no puede quitarse la idea de que Akelarre pudo haber sido mejor película. Tiene muchas cosas que funcionan, pero el director pudo haber empujado el tono de algunas escenas hasta sus límites. Esta restricción autoimpuesta es lo que me deja con un sentimiento contradictorio. La película está corta de una chispa, un momento “¡Eureka!” para ser excepcional. Me ha sido necesario masticarla mentalmente para apreciar sus buenos momentos.

Akelarre es una cinta entretenida que forma parte de la reevaluación cultural de la figura de la bruja como un antecedente del feminismo, cuyos momentos musicales y cuyo final sorprenden gratamente. Fue la gran ganadora en los pasados Premios Goya al llevarse cinco de las nueve estatuillas a las que estaba nominada, aunque todos los premios fueron en rubros técnicos. La actuación de Amaia Aberasturi, nominada a Mejor interpretación femenina protagónica en los Goya, es digna de destacarse por su carisma, determinación y estatura. Por momentos puede ponerse aburrida, pero vale la pena que la vean y respondan, ¿qué creen que pasó cuando saltaron?

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