Smile 2: viviendo el trauma bajo un reflector
Dirección: Parker Finn.
Guion: Parker Finn.
Elenco: Naomi Scott, Rosemarie DeWitt, Lukas Gage, Miles Gutierrez-Riley, Peter Jacobson, Ray Nicholson, Dylan Gelula, Raúl Castillo, Kyle Gallner.
País: Estados Unidos.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt29268110/

En el siglo I a.C., el poeta romano Virgilio escribió en la epopeya de la Eneida que la fama, conocida en ese entonces como el poder de tener una voz pública, era una criatura maligna que tenía «múltiples plumas, ojos, lenguas, bocas, oídos», a la par de una capacidad de destrucción implacable y una vigilancia diurna y nocturna sobre quien la posee. Desconozco si es casualidad o no la semejanza que Smile 2 tiene con la descripción de Virgilio sobre lo que representa la fama.
La realidad es que la secuela de la aclamada película de 2022, dirigida por Parker Finn, es un espectáculo terrorífico que se centra en el estrellato pop para dibujar una cruel alegoría al trauma, los problemas de salud mental y el suicidio a través de un monstruo maquiavélico y déspota que ya ha construido un legado en el panorama de terror contemporáneo.
Smile 2 retoma los hechos un par de días después de los hechos de la primera entrega. Ahora, el oficial de policía Joel (Kyle Gallner) es la próxima víctima de la maldición de la sonrisa y busca librarse de ésta desesperadamente y sin éxito. El destino cruel convierte a Lewis (Lukas Gage), un traficante de drogas, en la próxima víctima de la maldición, pero él, por más genial que Cage esté en un par de escenas, no es nuestro protagonista.
El liderazgo de la cinta recae en Skye Riley (Naomi Scott), una famosa estrella pop que se prepara para su nueva gira mundial tras un tiempo en rehabilitación después de sobrevivir a un accidente de tránsito en el cuál su novio Paul (Ray Nicholson) murió. Dado que Skye es adicta a los analgésicos, contacta a Lewis, se convierte en la nueva portadora de la maldición y el resto es Smile 2.
En varios sentidos, Smile 2 es un avance de una primera película que ya era lo suficientemente buena como para sostenerse por sí misma. La gran diferencia es que, como en las buenas secuelas, todo es más grande, ruidoso y violento. En esta ocasión, el monstruo que atormenta psicológicamente al portador de la maldición, alcanza límites de crueldad y violencia emocional que resultan impactantes y viscerales.
Finn entiende que su película debe entretener ante todo y construye un ritmo electrizante que casi nunca decae, empleando sustos típicos y otros que son un genuino combustible de pesadillas. Más allá de eso, lo fascinante de esta propuesta es su protagonista, quien deambula como si fuese una personaje secundario de su propia vida: fatigada, hastiada, traumatizada, y peor aún, bajo un candente reflector que le exige cosas más allá de sus capacidades.
Las comparaciones entre Skye Riley y Lady Gaga son obvias, desde la extravagancia pop de los vestuarios y presentaciones, hasta el hecho de que ambas son mujeres que lidian con problemas de salud físicos y emocionales a merced de una industria que les exige no bajar la guardia ni un segundo. Sin embargo, el discurso de la película sobre lo deshumanizante que es la industria del entretenimiento es astuto porque Skye Riley fácilmente podría ser Chappell Roan, Britney Spears, Amy Winehouse o cualquier estrella femenina expuesta a la crueldad de una industria explotadora.
Naomi Scott da una extraordinaria actuación en un rol de gran exigencia emocional porque pocas veces hemos visto sufrir a alguien tanto como a Skye de una forma tan ruin y casi burlesca. Scott hace de Skye un personaje con el cual es fácil identificarse y desear su bienestar, a pesar de presentar sus actitudes más nefastas con todos los que la rodean. Para ella, satisfacer las demandas externas no es solo una necesidad personal de autosanación, sino una exigencia. No tiene tiempo para echarse a llorar por la pérdida de su novio, la culpa asociada a ésta y cómo por sus adicciones ha alejado a personas que buscan ayudarla. Ella tiene que ir a ensayos, conferencias y demás por obligación contractual, y ahí es cuando el monstruo de la fama del que hablaba Virgilio se hace presente.
El demonio de múltiples sonrisas de Smile y la maldición que arrastra es una metáfora a la vivencia del trauma dentro de un contexto social. Todas las sonrisas falsas que se exigen por cortesía pública vulneran la salud mental, y en el caso de una superestrella como Skye Riley, un trauma nunca puede vivirse en privado. La sobreexposición es la excusa perfecta para que el cruel demonio la torture psicológicamente, usando sus inseguridades y miedos más profundos en su contra.
En colaboración con el director de fotografía Charlie Sarroff, Finn diseña secuencias estimulantes que continúan sembrando su estilo como cineasta. Le encanta jugar con las perspectivas y ángulos extraños de cámara, pero, sobre todo, tiene una fascinación macabra por sostener las sonrisas espantosas que dan título a la película como un augurio de que una secuencia aterradora está por venir.
Smile 2 también encuentra un inteligente punto medio en su reflexión sobre la monstruosidad de la fama. No toma un bando simplista al victimizar a artistas ricos y poderosos, negando la responsabilidad que sus acciones tienen en su carrera, pero, a la vez, señala que la presión que se pone sobre las artistas femeninas particularmente es una receta para la autodestrucción, combustible para que sus traumas internos exploten en una tragedia.
Al final, la película concluye que hay un sacrificio que asumir, lo quieran o no, al momento de aceptar la fama y los privilegios que vienen con ella. No obstante, Finn también se esfuerza por crear algo más que entretenimiento de medianoche con esta secuela de terror y propone una reflexión perturbadora y cruel sobre la deshumanización que acarrea el estrellato, la falta de empatía hacia las mujeres en la industria musical, y sobre todo, la manera en que la naturaleza autodestructiva de los humanos resulta más aterradora que cualquier monstruo o demonio.

Psicólogo desde 2018, cinéfilo de toda la vida. Me apasiona el cine independiente, los documentales y la animación. Entre mis cineastas favoritos se encuentran Michael Haneke, Abbas Kiarostami, Richard Linklater, Ken Loach, Kelly Reichardt y Céline Sciamma por su sinceridad y humanismo al entender los complejos matices del ser humano. Quizá fue la película Boyhood (Linklater, 2014) la que me hizo dar cuenta de la capacidad de belleza que tiene el cine como un medio para transformarnos a partir de historias que conecten a nivel emocional, reflejen o no nuestras experiencias de vida. Desde entonces, muchas películas han cambiado mi perspectiva no solo del séptimo arte sino de la vida en general.
