Palomita de maíz

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Rebeca: un clásico de cine venido a melodrama

Escrito el 26 octubre, 2020 @VVelSant

Director: Ben Wheatley.

Países: Reino Unido.

Elenco: Lily James, Armie Hammer, Kristin Scott Thomas, Sam Riley, Ann Dowd, Keeley Hawes.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt2235695/

Cuenta la anécdota cinéfila que, a finales de los noventa, cuando se le encargó a Gus Van Sant dirigir un refrito del clásico Psycho de Alfred Hitchcock, el realizador reconoció que el filme original era perfecto y ante la imposibilidad de mejorarlo, se limitó a calcarlo cuadro por cuadro. El resultado: una película técnicamente perfecta, pero sin alma ni identidad propia. Eso es un buen preámbulo para analizar la nueva versión de Rebeca, la cual llega exactamente 80 años después de su predecesora.

La historia de Rebeca transcurre durante la década de los años 30. Seguimos a una joven trabajadora (Lily James), quien coincide en Montecarlo con Max de Winter (Armie Hammer), un joven aristócrata recién enviudado con el que rápidamente entabla una relación romántica que desemboca en una propuesta de matrimonio. Una vez que se muda con él a Manderley descubre que la sombra de Rebeca – primera esposa de Max – pesa más de lo que hubiera imaginado entre el personal de servicio y el lugar mismo, desatando una lucha de poder con el recuerdo de la difunta por tomar el control y reclamar su lugar en la mansión.

De entrada, hay que aclarar que es un tanto injusto darle a esta película el tratamiento de remake cuando en realidad es más bien una nueva adaptación. La versión de 1940 y ésta se basan en la novela del mismo nombre escrita por Daphne du Maurier. Por tanto, no es como que la película sea un refrito del filme de Hitchcock, sino que, tal y como ha sucedido tantas veces en el cine, se decidió ofrecer una nueva lectura de un material que ya había sido utilizado.

Queda claro a estas alturas, que al ser Hitchcock uno de los grandes, el simple hecho de atreverse a competir directamente con su legado puede tomarse como acto de valentía o misión suicida. Se agradece en ese sentido que el director Ben Weatlhey intente cuando menos, a diferencia de Van Sant, ofrecer una lectura diferente de la novela original y no tanto del filme de 1940.  No obstante, tal y como le pasó a Gus Van Sant con Psycho, el legado de Hitchcock es demasiado icónico como para pasarlo por alto y pretender vencerlo en su propio terreno es prácticamente imposible.

Es ahí en donde el filme sale perdiendo por doble partida. Si lo comparamos con la primera adaptación, pierde por goleada. Asimismo, si la concebimos como una película al margen de su predecesora, no tiene los suficientes méritos como justificarse una nueva lectura de la historia.

En ese sentido, Weathley desaprovecha una gran oportunidad. Al considerar que la primera Rebeca salió hace 80 años, podemos suponer que hay una generación que quizá no conoce dicha versión y que pudo verse sorprendida al descubrir esta historia. Si bien sería desproporcional pedirle que supere o esté al nivel de su predecesora, sí podríamos esperar que al menos Weathley imprimiera su propio sello o la dotara de un discurso que la distinguiera ya no solo de la original, sino de cualquier otra película del montón.

A leguas se nota que el filme contaba con recursos extensos porque técnicamente está bien lograda; sin embargo, pareciera que no los aprovechan o no saben qué hacer con ellos. Por muy de catálogo que luzca todo, la pulcritud de las imágenes o una atinada banda sonora a cargo de Clint Massell que termina siendo de lo mejor, no se logran embonar dichos recursos con una trama que no tiene pulso suficiente como para adentrar al espectador en su conflicto.

Otra de las cuestiones más frustrantes es que la historia original de Rebeca daba mucho de sí para darle una lectura actualizada a la mirada del 2020, ya que está ligada al tema de la toxicidad a la que enfrenta la protagonista cuando su contexto la pone a competir con otra mujer (en este caso, su predecesora). Sin duda, una visión actualizada de dicho tema pudo haber aportado algo especial en esta versión.

Sin embargo, resulta hasta contradictorio que si bien la obra de Hitchcock no ahonda mucho en ese aspecto, no le restaba complejidad ni oscuridad a dicha cuestión, en tanto que aquí Weathley opta por un tono ligero y condescendiente, acercándose por momentos al terreno del melodrama teen (y no solo porque el enamoramiento de los personajes es filmado con un estilo videoclipero que recuerda al montaje de Fifty Shades of Grey).

En cuanto al reparto, no es que Lily James o Armie Hammer estén espectaculares, pero al menos mantienen la función a flote gracias a su carisma, si bien no se nota su química. Es una lástima porque ambos desprenden un aura de “estrellas de cine de los 30” que en otro contexto quizá hubiera funcionado para que ambos formaran una gran pareja. La realidad es que ha pasado tiempo desde que ambos dieron en el clavo con alguna interpretación.

Si hay algo que podemos destacar de esta nueva Rebeca, además algunas escenas que, aunque aisladas, están bien aterrizadas, es la nueva lectura del personaje de la Señora Daves. La icónica ama de llaves encargada de hacer sufrir a la protagonista está a cargo de la siempre excelente Kristin Scott Thomas. Si bien tampoco es revolucionario lo que hace con el rol, al menos ofrece algo diferente, dotándole de humanidad y un tono más sutil que su predecesora. Scott Thomas es lo mejor de la función, lo cual resulta curioso por ser una actriz con una vibra muy hitckoniano.

El legado de Hitchcock es tan pesado como la sombra de Rebeca en la película. Es tanta la carga que la cinta funciona como perfecto ejemplo para demostrar que cualquiera que pretenda actualizar una de sus obras estará en los mismos aprietos que la protagonista de la historia. Gus Van Sant y ahora Ben Weathley son prueba de ello.

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