Los conductos: un soliloquio vago sobre la violencia en Colombia

Escrito el 28 abril, 2022 @CesarAndreZzZ

Disponible en: MUBI en América Latina; cines en Estados Unidos.

Dirección: Camilo Restrepo.

Guion: Camilo Restrepo.

Países: Colombia, Francia, Brasil.

Elenco: Fernando Úsaga Higuíta, Luis Felipe Lozano.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt11652808/

Los conductos. Dir. Camilo Restrepo. Grasshoper Film. 2020.

Durante una entrevista para DW, el director colombiano Camilo Restrepo habló de cómo gran parte de la esencia de su ópera prima, Los conductos, se condensa en el versículo bíblico de Mateo 19, 30-20: “ustedes que son los últimos van a ser los primeros”. Ésta es una promesa ilusoria, vacía y ficticia que se ha vendido a través del oportunismo de diferentes líderes de las clases más oprimidas, incluyendo políticos, magnates o cabecillas del crimen organizado que tienen bajo su poder y disposición a cientos de personas que manipulan y explotan a su antojo.

Ganadora del premio a la mejor película en la sección Encounters del Berlinale 2020, Los Conductos llega después varios cortometrajes que habían definido una estética particular y, sobre todo, un estilo narrativo que se resiste a encasillar a Restrepo. Ambientada en Medellín, entre los años 80 y 90, ofrece una mirada experimental mientras acompaña a un hombre llamado Pinky (Luis Felipe Lozano) por su narrativa personal. La cinta es el relato de cómo inició y salió de una secta liderada por “el padre”, anécdotas que reflejan la vida real del actor y amigo antiguo del director.

En una larga introducción observamos a este hombre de aspecto desaliñado navegar por las nocturnas y concurridas calles de Colombia en su motocicleta para luego dormir en un almacén y corroborar el hecho de que es un indigente. Después, Pinky narra su ingreso a la secta “la familia” y su huida como consecuencia de haber asesinado al líder, “el padre”.

Un largo soliloquio es lo que nos conduce a través de las imágenes aparentemente aleatorias que se arrojan en pantalla con Pinky contando los detalles de la secta. Es temprano en la cinta cuando Pinky confiesa que asesinó a su líder mientras la cámara enfoca de manera estratégica a unos payasos en un centro comercial que sueltan globos de helio, una representación simbólica de la libertad de Pinky al cometer el asesinato, o al menos, de la percepción de libertad que vivió en el momento.

Los conductos. Dir. Camilo Restrepo. Grasshoper Film. 2020.

Explotado, abusado y dejado al margen, usado para robar cables y revender el cobre, y diseñar franelas con marcas piratas para venderlas a sobre precio, el punto límite de Pinky es un contraste de la realidad de Colombia con la violencia. Los conductos muestra esto con atisbos discretos, absolutamente sutiles, de los estratos sociales colombianos, la inequidad económica y la oscura realidad de los marginados que las políticas del país buscan sepultar. Se sabe que la guerra con el narcotráfico dejó cicatrices imborrables en el país.

Con la aparición de otro personaje llamado Desquite (Fernando Úsaga Higuíta), una especie de bandolero y compañero de Pinky que porta un revólver con un engravado que dice que la vida que lidera es su destino, el inciso al tema de la violencia se hace más evidente. La soledad se siente porque, aunque en carreteras concurridas, la penumbra y el individualismo se transmiten a través de las imágenes fugaces de la ciudad.

La Colombia de Los conductos es una que, muy como el nombre de la cinta lo indica, conduce sus emociones a través de la represión y la rutina, tratando de disociar la amargura de vivir en una nación que parece haber sido olvidada por todos. Gobiernos que no cumplen sus promesas y delincuentes mayores que usan a delincuentes menores como carne de cañón para hacerse más ricos de lo que ya son. Las esferas sociales divididas quedan capturadas en la granulada y melancólica fotografía de 16 mm de Guillaume Mazloum, con la cual transitamos de ver a Pinky robando y drogándose en los lugares más ominosos de Medellín hasta la contemplación de las urbes de edificios altos de la ciudad. Se siente como un ejercicio de asociación libre que, aunque congruente con la narrativa, no siempre parece tener algo qué decirnos, excediendo la duración de varios planos hasta que el personaje en cuestión termina su monólogo.

Varias influencias pueden sentirse, desde la poesía visual de Jean-Luc Godard hasta la contemplación seca de Pedro Costa, pero, sobre todo, el surrealismo onírico de Alejandro Jodorowsky. Los conductos es una película ejemplar en cuanto a la construcción de atmósfera se refiere, y los espacios que recorre la cámara lo demuestran más que sus personajes. Esto significa que constantemente habrá algo que descifrar y, por su carácter idiosincrático, no cualquier espectador lo hará con la exactitud que la historia amerita. El relato es enrevesado y resistente a ser un producto de fácil consumo y digestión.

Los conductos. Dir. Camilo Restrepo. Grasshoper Film. 2020.

El problema se encuentra en que la pasión por los temas principales queda diluida en esa insistencia por lo artístico y resistencia a explorar los verdaderos sentimientos del personaje principal, nuestro guía por este viaje cargado de represión y dolor. Se siente articulada y planificada, sin espacio para una expresión auténtica de emociones que queda limitada a la tristeza que evocan las imágenes de la ciudad.

Hay varios elementos que hacen que Los Conductos tienda a sentirse desconectada de sus propios tópicos, y es que, podemos conocer más sobre la historia y el trasfondo de la película leyendo una entrevista con el director que viendo la película en sí. La divagación es una tendencia que se hace más frustrante mientras el tiempo transcurre y que lanza anécdotas arbitrarias incluso si continúan hablando sobre temas como la delincuencia, las adicciones o la corrupción política, expuestos con el relato de los payasos Pernito, Bebé y Tuerquita, figuras emblemáticas de la televisión colombiana por sus denuncias directas al gobierno. Lamentablemente, la película no encuentra qué hacer con la historia de estas personas, y aunque los temas se entrelazan, nunca dejan de sentirse desiguales y dispersos.

En Los conductos hay propuestas interesantes que indagan en algo muy particular: las consecuencias sistemáticas de la violencia y la manera en que el desabastecimiento de las clases más bajas del país deja la misma desolación angustiosa que la cámara filma en calles que transmiten una tristeza profunda de solo observarlas. Sin embargo, la tendencia a la experimentación –una insistencia que hace que la historia haga una rumiación agotadora y apática–, le resta contundencia a la obra, ensimismada tanto en su estilo que pierde sustancia en el camino.

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