La jauría: la autoridad masculina en decadencia
Dirección: Andrés Ramírez Pulido.
Guion: Andrés Ramírez Pulido.
Elenco: Jhojan Estiven Jimenez, Maicol Andrés Jimenez, Miguel Viera, Diego Rincón.
País: Colombia.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt19768056/

Cada película es un universo que funciona con reglas y riesgos particulares. Ejemplos colombianos como Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984) y La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993) presentan una jerarquía social en conflicto, con actores movilizando a sus comunidades hacia un fin particular. En este sentido, La jauría de Andrés Ramírez Pulido es una experiencia desconcertante. Sus personajes, un grupo de jóvenes presos, transitan dentro de procesos que son confusos para ellos, incapaces de superar un proceso de rehabilitación autoritario y degradante.
La película trata sobre un grupo de convictos adolescentes recluidos en un centro de rehabilitación experimental en la zona rural colombiana. Esta circunstancia tan particular, sumada al ritmo pausado de la historia, invita a un público atento a abordar las siguientes interrogantes: ¿por qué las autoridades colombianas cederían la custodia de estos muchachos a un privado? ¿cuál es la finalidad de la rehabilitación de estos reos juveniles?
Eliú (Jhojan Estiven Jimenez) y El Mono (Maicol Andrés Jímenez), acusados de homicidio, están en algo que parece más un campo de concentración que un centro destinado a la reintegración social. Los jóvenes son sometidos a jornadas abrumadoras de orientación espiritual con Álvaro (Miguel Viera) y arduas labores de construcción con Godoy (Diego Rincón), un cruel vigilante. Los dos adultos y figuras paternas de facto contribuyen al orden del establecimiento, comportándose dentro de una dinámica de policía bueno y policía malo. No obstante, su estatus como símbolos de autoridad no promueve el bienestar de ninguno de estos prisioneros, incrédulos de sus métodos.
La jauría trata entonces sobre el deterioro del patriarcado como estructura hegemónica. Estos chicos extrañan más a sus madres de lo que les gustaría admitir y reconocen que jamás recibieron un buen trato por parte de los hombres en su familia. Si saben amenazar, robar e intimidar fue porque lo aprendieron en el contexto de la negligencia de sus papás. El elenco de esta película, que consiste principalmente en actores naturales testigos de estas dinámicas de violencia, permite que los personajes expresen con sinceridad su inconformidad con el sistema y su rabia ante el abandono paterno e institucional.

La cinta sucede en un territorio tropical inespecífico de Colombia, en un edificio en decadencia, el último bastión de hombres que buscan “ayudar” a sus congéneres más jóvenes. La locación seleccionada es funcional a las necesidades de la historia. Aun siendo una casa en ruinas completamente inhabitable, por lo menos tiene una piscina que vende al mundo de afuera la idea de que el sitio es una casa de retiro cómoda. Al mismo tiempo, la presentación visual de La jauría tinta la fotografía tan meticulosa de Balthazar Lab con tonos cálidos que atenúan el color, haciendo que la humedad del ambiente parezca más pesada.
Mientras la naturaleza invade las paredes de la casa y hace más difícil la reparación del edificio, Álvaro es líder de una terapia patética que invita a los chicos a redimir su espíritu, incluso si ellos no entienden por qué son sometidos a tanto mindfulness y cómo esto los va a rehabilitar. Este es un discurso que no sana absolutamente nada; más bien, refleja la vanidad del terapeuta, un hombre que busca aparentar superioridad moral en vez de valorar la subjetividad de sus pacientes. Cuando sus métodos fallan, Álvaro demuestra su hipocresía, llegando a ser tan tirano e hipermasculino como Godoy.
Fuera de estos dos adultos, la ausencia de las instituciones y las familias es palpable. Dado que Eliú y El Mono son “escoria” y asesinos que solo basta con encerrar para curar los males de la población, no es reprochable que se les utilice como mano de obra gratis. La ausencia del Estado permite que Álvaro se pare enfrente de la familia de estos muchachos, solicite asistencia económica y justifique su esclavitud. Mientras, padres, madres y abuelas simplemente aceptan delegar su responsabilidad en la crianza a otros. Aquí la obra de Ramírez Pulido resulta aún más incómoda. Es imposible confirmar con seguridad en qué punto de los últimos años de la historia colombiana se sitúa esta historia, lo cual impide que tomemos distancia del descuido de estos niños y facilita que nos quedemos con la sensación de que este ciclo de violencia sigue hoy.
“Solo yo tengo la culpa y estoy aquí dispuesto a pagar por ello», recitan cada noche los jóvenes presos de La jauría, una película que nos invita a valorar el sufrimiento como una experiencia social y no como una tragedia meramente individual. Las figuras patriarcales presentes se esconden detrás de una fachada de espiritualidad o dominio para atacar a estos adolescentes con una violencia psicológica capaz de eliminar todo significado a sus aflicciones psicológicas, sus necesidades materiales y la infancia que perdieron. Debido a esto, los personajes terminan siendo fantasmas que abundan en el territorio colombiano, espectros que simplemente perdieron toda esperanza de ser encontrados y escuchados.
Lecturas adicionales:
Iain Wilkinson (2004) The Problem of ‘Social Suffering’: The Challenge to Social Science, Health Sociology Review, 13:2, 113-121, DOI: 10.5172/hesr.13.2.113

Carlos es un médico y profesor colombiano. Descubrió su amor por el cine a los 7 años, cuando su papá le consiguió un reproductor VHS y varias cintas. Luego de ver Star Wars – Episodio III se enamoró para siempre de las salas de cine. Más adelante, se obsesionó con coleccionar películas en DVD y Blu-ray. Durante el curso de su carrera de medicina, sus amigos le convencieron de escribir sobre las cintas en su colección y henos aquí…
