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Flow (BIFF 2024): deslumbrante odisea visual

Escrito el 18 octubre, 2024 @JuanRod_52

Sección: BIFF Kids.

Dirección: Gints Zilbalodis.

Guion: Matiss Kaza y Gints Zilbalodis.

Países: Bélgica, Francia y Letonia.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt4772188/

Flow. Dir. Gints Zilbalodis. 2024.

Hace poco en una entrevista Denis Villeneuve dijo que odia el diálogo en el cine porque considera que el poder del medio es la imagen y el sonido. Lo que expresa no es nuevo; de hecho, ya lo había dicho Godard en varios de sus textos y lo demostró Jacques Tati a lo largo de su corta, pero icónica filmografía. Estoy de acuerdo parcialmente con esa postura, a pesar de que la forma en que la expresan se puede ver como exagerada porque en muchas ocasiones se abusa de la palabra para compensar lo que falta en el cuadro, cometiendo un pecado capital del cine: contar y no mostrar (con la excepción de que el sonido intuya o manifieste lo que intencionalmente está fuera de campo).

Construir un relato cinematográfico únicamente desde la imagen y el sonido se ha vuelto escaso y puede ser porque son obras que requieren de una visión sólida y un control casi total sobre el cuadro. Para lograr esto hay un medio idóneo: la animación. Las apuestas notables por películas sin diálogos en los últimos años son animadas, como La tortuga roja (Michaël Dudok de Wit, 2016) que, con su complejidad y belleza es el mejor ejemplo para contrarrestar la reducción irritante del medio animado a un género enfocado en audiencias infantiles (imaginario que debo señalar el BIFF 2024 réplica con sus categorías).

Bajo este marco se inscribe Flow, la segunda película de Gints Zilbalodis que se suma al repertorio de obras que demuestran el poder deslumbrante que tienen la imagen y el sonido más allá del diálogo. Su historia se centra en la vida de un gato solitario en una Tierra sin humanos. Un día la superficie se inunda y, para sobrevivir, tiene que compartir un bote con otras especies, navegando sin rumbo fijo por este nuevo mundo en busca de un hogar.

Zilbalodis ya había incursionado en la narración sin diálogos con Away (2019), su primer largometraje que notablemente completó solo. Flow no solo es una continuidad del estilo, en mayor escala por sus recursos, sino que retoma algunos de los temas de esa película, como el medioambiente y las relaciones ecosistémicas. En este aspecto, su elaboración es alegórica y con carácter bíblico (como el barco con diferentes especies), que resulta la parte débil de la película. Lo discursivo funciona mejor desde lo sencillo al ver la historia como una metáfora sobre la necesidad de superar las diferencias para trabajar en conjunto, especialmente en los tiempos de crisis, o el encontrar compañía en sujetos inesperados.

Es el tratamiento visual lo que hace de Flow algo memorable. Los personajes se expresan desde sus comportamientos habituales con gestos enternecedores que invitan a ampliar la conciencia sobre la carga simbólica que damos a estos actos que trascienden el lenguaje para comunicar. Los ojos de los personajes y sus sonidos, sean maullidos, ladridos o ese ronquido distintivo de los capibaras, adquieren sinfín de tonalidades que varían entre asombro, molestia, miedo y cariño, todo sin necesidad de las palabras. Además, es refrescante encontrar una propuesta que desde el cine independiente desafía la costumbre Hollywoodense de enfocar la animación en animales antropomórficos que conquistan el medio urbano.

El paisaje se presenta como un mundo postapocalíptico con vestigios del antropoceno en el cual la naturaleza ha reconquistado la superficie. Son escenarios deslumbrantes, llenos de colores y texturas, que varían cuando la película toma su carácter de odisea por un mundo acuático. Zilbalodis elabora entornos asombrosos que en medio del caos siguen siendo hermosos por el balance de las relaciones en el ecosistema, lejano del consumismo y respetuosos del rol de cada sujeto. Incluso cuando toma un carácter surreal, con una alegoría ambigua de tono religioso, la belleza de los escenarios, especialmente uno donde la tierra se une con el cielo y se convierte en un mar de estrellas, son tan apabullantes que conmueven hasta las lágrimas.

Flow es una valiosa, aunque poco innovadora adición a la lista de películas silentes en el siglo XXI y la era digital. Es una odisea sensorial emocionante que sumerge al espectador en un mundo donde el gesto animal, no humanizado, es más que suficiente para entender e involucrarse con el viaje de sus protagonistas. Se trata de un trabajo visual que es un ejemplo perfecto para la causa que Villeneuve y otros amantes del cine llevan abanderando por años: lo memorable del medio está en la imagen y el sonido, y cuando están bien ejecutados superan con creces el artificio de la palabra.

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