Eric LaRue: heridas que no cierran
Dirección: Michael Shannon.
Guion: Brett Neveu.
Elenco: Judy Greer, Alexander Skarsgård, Alison Pill, Tracy Letts, Paul Sparks, Annie Parisse, Kate Arrington, Jennifer Engstrom, Nation Sage Henrikson.
País: Estados Unidos.
Palomómetro:![]()
Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt21221514/

¿Cómo debería sentirse y actuar públicamente una madre cuyo hijo ha cometido un acto atroz con consecuencias terribles sobre el tejido social? Eric LaRue, primer largometraje del actor nominado al Óscar Michael Shannon, explora esta pregunta con resultados mixtos. Basada en la obra teatral homónima de Brett Neveu, la cinta no es sutil. Apenas en los primeros minutos, Janice (Judy Greer) y el pastor Calhan (Paul Sparks) tienen una interacción tensa. Él intenta convencerla de involucrarse más con su hijo, quien cumple sentencia en prisión. “Podrías estar más preocupada”, la sermonea. “Eric mató a esos chicos. Les disparó,” responde ella.
Janice, abatida por la tragedia, retoma su trabajo en un almacén. En casa las cosas se complican con su esposo Ron (Alexander Skarsgård), ya que bajo un fervor religioso e influenciado por el pastor Bill Verne (Tracy Letts), la presiona para que participe en una reunión de reconciliación con las madres de las víctimas de Eric (Nation Sage Henrikson). Lo mismo desea el pastor Calhan de la iglesia presbiteriana a la que asiste Janice. La protagonista se encuentra entonces en medio de un fuego cruzado mientras batalla con sentimientos confusos.
El potencial de Eric LaRue se diluye en lo que se siente como dos películas diferentes. Por un lado, es un estudio de personaje interesante. El drama funciona en las instancias centradas en Janice con su duelo irresuelto y la búsqueda de respuestas a preguntas que rebasan cualquier simpleza de juicios morales. ¿Debería sentir culpa y vergüenza y pedir perdón una y otra vez por un acto que cometió su hijo? ¿Debería perdonarlo y acompañarlo o tiene derecho a renunciar al vínculo maternal? ¿Existe la posibilidad de que Eric sea a la vez víctima y victimario?
Por otro lado, hay un tono de humor negro que interviene de manera inconsistente en la película. Uno podría preguntarse si está ante un intento de sátira sobre las comunidades religiosas y su relación con el duelo público y la tragedia humana. Cada vez que el elemento religioso aparece en escena, lo hace con tintes de burla. Desde la incompetencia del pastor Calhan para servir como mediador de conflictos, pasando por el éxtasis enajenante de Ron y la tensión amorosa entre él y una feligresa, hasta la competencia absurda entre ambas congregaciones. Aunque hay potencial crítico en estas ideas, resultan más irritantes que provocadoras debido a su presentación descuidada.
No obstante, las actuaciones son notables. Greer, recordada mayormente por roles secundarios cómicos, muestra un registro actoral nuevo. Callada e introspectiva, construye un retrato asombroso de agitación interna y pérdida profunda. Alexander Skarsgård se empequeñece gradualmente como un hombre patético, infantil y desconectado de la realidad.
La dirección de Shannon es sobria, mientras que la fotografía de Andrew Wheeler, aunque ofrece una sensación de intimidad, se torna exasperante. Los movimientos de cámara son lentos y varias escenas transcurren en zonas oscuras en las que se asoman pequeños rayos de luz. A ello se suma la música melancólica de Jonathan Mastro que refuerza un drama sombrío y depresivo. El montaje de Mike Selemon presenta a retazos los recuerdos de los personajes en lugar de flashbacks extensos. Eric se mantiene en casi toda la película como una presencia lejana. En parte por ello el cierre es frustrante. Aunque se resiste a la catarsis redentora, da voz a lo que quizá debió permanecer en silencio.
Eric LaRue plantea preguntas difíciles sobre maternidad, culpa y redención en contextos extremos, pero tropieza al intentar equilibrar el drama íntimo y la sátira religiosa. Aun con sus defectos formales y narrativos, la película deja una huella gracias al compromiso de su elenco, en especial Judy Greer. Este es un retrato imperfecto, pero inquietante del dolor que no encuentra consuelo y de las heridas que, por más que se nombren, quizá nunca lleguen a cerrarse.

Kenny Díaz nació un 28 de enero de 1996 en Carolina, Puerto Rico, en donde vive. Creció viendo telenovelas con su mamá y amando el pop romántico contemporáneo. Su amor por el cine vendría más tarde junto con el seguimiento a las premiaciones como los Globos de Oro y los Premios Óscar. Ama el cine de Terrence Davies y las historias centradas en personajes femeninos fuertes y complejos. Obtuvo su bachillerato en Historia de América en 2019 de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Actualmente cursa una Maestría en Estudios Culturales en la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Gurabo. Entre sus intereses de investigación están los movimientos sociales y prácticas de resistencia, la construcción de culturas de paz y el problema de la violencia en América Latina desde la producción cultural, con énfasis en el cine y la literatura. Aspira a ser guionista de cine en unos años, así como docente e investigador.
