El aprendiz: no escupas para arriba que te puede caer en la cara
Dirección: Ali Abbasi.
Guion: Gabriel Sherman.
Elenco: Sebastian Stan, Jeremy Strong, Martin Donovan, Maria Bakalova y Charlie Carrick.
Países: Canadá, Dinamarca, Estados Unidos e Irlanda.
Palomómetro:![]()
Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt8368368/
“Dedicaría mi vida a este país, pero yo veo la política como una vida mezquina. Veo cómo alguien con puntos de vista fuertes no sería elegido porque iría contra alguien sin un gran cerebro, pero con una gran sonrisa. Es un triste comentario para el proceso político.”
Donald Trump en entrevistas para Rona Barrett (6 de octubre de 1980).

Mucho se ha escrito acerca de Donald Trump. De hecho, vivimos en un mundo que, en gran parte, es influenciado por su figura y sus decisiones. Parece casi imposible que exista ser humano que no tenga una idea formulada de esta persona, independientemente de si sea buena o mala, porque él es incapaz de pasar desapercibido, sea como animal político o como hombre de negocios. Todos sabemos quién es el Trump de hoy, también el de hace algunos años, pero pocos saben a cabalidad de qué forma Donald pasó de ser el hijo menor de Fred Sr. al amo y señor de su nombre.
En El aprendiz Ali Abbasi toma al Donald más primitivo, aquel que en sus veintitantos buscaba hacerse un nombre entre los bribones inmobiliarios. La película casi que emula los dos primeros episodios de la miniserie de Netflix Trump: An American Dream (2017), pero se da la suficiente licencia en darle voz al único hombre por el cual Trump se sintió tan fascinado como intimidado: el abogado Roy Cohn (Jeremy Strong). Así, se presenta a un Donald Trump (Sebastian Stan) que oscila entre la ingenuidad de un joven con ambición y la imperiosa necesidad de probar que es más que un simple adinerado.
Donald conoce al bribón de Roy Cohn a mediados de los años 70 cuando le pide, más bien casi que le ruega, que lo saque de un aprieto legal de sus negocios de bienes raíces. Lo que parece ser una maravillosa estrategia de negocios se convierte en la piedra fundamental de una relación tóxica entre un mentor y su, valga la redundancia, aprendiz. Trump aprende a gestionar sus negocios, pero también los oscuros secretos de Cohn. Como quien no quiere la cosa, Abbasi invita a la reflexión sobre todos los prejuicios de la época, muchos de los cuales prevalecen en el pensamiento del Trump del siglo XXI.
Sin intención de humanizar la figura, mucho menos de victimizarla, en El aprendiz se descubren todas las aristas de Trump como individuo. Es casi que imposible poner en pocas palabras todo lo que le sucede en un corto período de tiempo. Hay algo tan fascinante como obsceno en su historia, casi como si hubiese vivido miles de vidas en el cuerpo de una persona. Llega un punto que, cual montaña rusa, la vorágine se detiene y da lugar a la más absoluta decadencia. Tan irónica es la existencia del propio ser humano que ha sido capaz de demostrarle a Trump que, cuando más empoderado se sentía, vivía un verdadero infierno personal y profesional. Inteligentemente, Abbasi recuerda que nadie jamás será dueño de todos los hilos del poder.
Ha de destacarse que el principal logro de la cinta radica en su guion. Tener un periodista al mando supone contar con una visión estratégica de los hechos. Durante años, la fórmula ha probado infalible, tal como sucedió con Mark Boal en las películas de Kathryn Bigelow. Gabriel Sherman redobla la apuesta, mostrando que es un mal necesario que ciertos profesionales se entrometan en la industria del entretenimiento. Cualquier espectador le exige a un producto artístico que le sea afable, que lo tenga al borde de su asiento durante la duración de la película u obra, pero si va a recrear verdad, quiere, en efecto, que sea auténtico. Si hemos de contar la historia de Trump, la magia tiene que radicar en cómo se presentan los hechos, no así en emular una mentira. Uno sale de El aprendiz contestando la pregunta de “¿cómo nadie lo vio llegar?” para admitir que, en sí, siempre estuvo ahí, solo que nadie quiso verlo bien.
Asimismo, justo reconocimiento al trabajo actoral, el cual conjuga lo obsceno de sus protagonistas con un necesario toque grotesco. Sebastian Stan vuelve a demostrar que puede ponerse en la piel de una figura pública sin necesidad de volverse un títere. Si uno sale de la sala de cine entendiendo más al Trump como persona, es sin duda gracias a la evolución (¿o involución?) que hace en pantalla. Su tórrida relación con Ivana (María Bakalova), la dependencia del amor paternal y hasta el sentimiento de culpa por no poder ayudar a su hermano Fred (Charlie Carrick) son aristas del hombre más que del mito.
Sin embargo, quien reluce –y hasta por momentos lo opaca– es Jeremy Strong. Una vez más, el actor demuestra que, tarde o temprano su triple corona de actuación se concretará. Cuesta no verlo en el rol del ególatra Kendall Roy de Succession, pero si algo le ayuda un papel como el de Cohn es usar una figura hecha a su favor. Strong coquetea con la delgada línea entre recrear una persona real mientras lo crea a su imagen y semejanza, dotando al abogado de manierismos algo bufonescos, pero necesarios.
Es cierto que uno como espectador se queda prendado en todas aquellas veces en que Trump dice e insiste no tener intención alguna en convertirse en político. Es más, se burla de aquellos que eligen estar en la esfera pública, sabiendo que harán poco y que serán plausibles de los más absurdos reclamos. Es una interesante paradoja cómo a medida que Trump va alejándose del joven Donald se va acercando más y más a aquello que siempre quiso combatir: los burócratas que se creen capaces de controlar el mundo desde sus sillones presidenciables. Curiosamente, llega al poder de los Estados Unidos haciendo uso de una democracia que su yo empresario se encargó de trastocar.
Al final, uno entra en consideración de que El aprendiz no es un biopic o un relato sobre uno de los hombres más importantes del mundo, sino una alerta para los outsiders. Roy Cohn se encargó de crear un monstruo, pero se retiró de la fiesta demasiado pronto, quedándose con la intriga de ver su obra terminada.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.
