Daughters: emotivo baile de paternidades complicadas
Disponible en: Netflix.
Dirección: Natalie Rae y Angela Patton.
Guion: Natalie Rae y Angela Patton.
País: Estados Unidos.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt12336480/

«Nuestros papás son nuestros espejos en los que nos reflejamos» es la frase con la que inicia el documental Daughters, el debut de las directoras Natalie Rae y Angela Patton. Esta ofrece un preámbulo melancólico respecto a la reflexión cruda sobre la paternidad que hace esta obra, convirtiéndose eventualmente no solo en una proeza de empatía, sino en una película que resiste clasificación.
Estrenada en el Festival de Sundance, donde ganó el Premio del público en la categoría documental, Daughters sigue una premisa inicialmente engañosa. Desde el inicio, las directoras no temen ser críticas del sistema penitenciario estadounidense, especialmente del trato hacia los hombres afroamericanos. Ya sea la inequidad de las condenas o la privación de derechos, el documental reporta que, por ejemplo, desde 2014, cientos de cárceles en Estados Unidos han prohibido las visitas con contacto físico en las cárceles y aquellas que se hacen a través de un cristal o una pantalla digital deben ser pagadas por los familiares de los reos.
Hay ciertas similitudes con el también fantástico documental Time (Garrett Bradley, 2020), puesto que, en aquel, a la par de hacer una denuncia aún más directa del racismo del sistema penitenciario, abarca la dimensión familiar y la manera en que el encarcelamiento de un ser querido impacta en las dinámicas familiares. La diferencia es que la película de Rae y Patton indaga específicamente en la dualidad de afrontar la vida siendo padre y siendo hijo, sumado a una autocrítica respecto a la violencia perpetrada por los estándares de masculinidad tóxica.
La trama sigue a cuatro niñas de diferentes edades (Aubrey de cinco años, Santana de 10, Ja’Ana de 11 y Raziah de 15), quienes anhelan reencontrarse con sus padres encarcelados, algunos con sentencias largas dictaminadas, otros en espera de un juicio. Por suerte, un programa pionero llamado «Una cita con papá» promete una emotiva reunión familiar. Este consiste en una inducción de 10 semanas para los padres en los que se hace una mezcla de terapia grupal, escuela de paternidad y, sobre todo, la evocación de la consciencia de las consecuencias que tuvieron sus actos, donde finalmente se espera que los hombres se rencuentren con sus hijas en una especie de baile de graduación improvisado en una sala de la misma prisión.
Por una parte, filmar este programa desde la perspectiva de los reos permite una comprensión de lo deshumanizante que es el sistema carcelario, el cual en la mayoría de los casos no busca una reinserción social, sino una humillación retroactiva por los crímenes cometidos, hecho que a su vez incrementa las tasas de reincidencia. No obstante, tanto los fundadores de este programa como las cineastas, saben que la empatía sin autocrítica es lástima. Por tanto, el foco central del documental no son los padres, es más, no conocemos ni siquiera cuáles son los crímenes que los llevaron a prisión. Daughters como su nombre lo indica apremia la visión de las niñas afectadas a nivel psicológico por los actos de sus padres y un sistema penitenciario que obstaculiza cualquier posibilidad de redención y conciliación.
El programa funciona entonces para dos cosas. Primero, para que los padres hagan introspección sobre lo que los llevó a delinquir, abordando cómo la presión patriarcal de convertirse en proveedores y los ambientes de violencia en zonas marginales orillan a muchos hombres, especialmente pertenecientes a minorías raciales, a delinquir. Segundo, como desahogo para las hijas, quienes tienen una maleta de represión emocional lista para abrirse ante la imagen deconstruida que tienen de sus padres.
Las niñas protagonistas reflexionan a su manera sobre la ausencia paterna: algunas recuerdan a su progenitor de manera risueña, otras con una rabia y resentimiento que las consume al sentir que destruyeron tanto su infancia como su familia. Lo importante es que no hay censura para las emociones crudas aquí. El lente poético de la fotografía de Michael Cambio Fernandez presente imágenes esbeltas que llevan una carga melancólica, mientras diferentes preguntas existenciales se trazan en el aire, todas sin respuestas claras intencionalmente.
Daughters comprende lo frágil que es la infancia, lo desconsolador que llega a ser la sensación de abandono paterno y los ciclos de violencia y disfunción familiar que se repiten a partir de un detonante. Todo lo que nos conduce al tan esperado baile entra padres e hijas es una preparación, pues ese momento es emotivo. Como un todo, el documental parece estar filmado como un recuerdo, tal y como las memorias de los padres se desvanecen lentamente en las mentes de estas niñas, quienes volverán a su vida «normal» una vez finalizado el programa.
Patton y Rae demuestran compasión por sus sujetos, tomando una distancia emocional prudente que evita la explotación y da prioridad a todos los matices humanos: las risas, el llanto, los anhelos, los arrepentimientos y el temor. Si bien propone que los barrotes de una prisión no pueden contener la fuerza de la esperanza de algunas personas, también asume la reflexión visceral de que algunas cosas dejan marcas imborrables en la psiquis de las personas, que no pueden ser paliadas ni con todos los perdones y el amor del mundo. Esta es la dualidad que la hace una película asombrosa.
Como bien decía el director Frederick Wiseman, los documentalistas son los historiadores del séptimo arte, capaces de hacer que las realidades más amargas se conviertan en poemas sobre la dignidad humana. Daughters es uno de esos documentales que triunfa porque es descaradamente honesto al momento de navegar por los pasajes de lo hermoso y lo sombrío que es ser humano. Es una oda a la familia y al perdón, así como una epopeya trágica de aquello que no puede cambiarse por más amor que haya de por medio.

Psicólogo desde 2018, cinéfilo de toda la vida. Me apasiona el cine independiente, los documentales y la animación. Entre mis cineastas favoritos se encuentran Michael Haneke, Abbas Kiarostami, Richard Linklater, Ken Loach, Kelly Reichardt y Céline Sciamma por su sinceridad y humanismo al entender los complejos matices del ser humano. Quizá fue la película Boyhood (Linklater, 2014) la que me hizo dar cuenta de la capacidad de belleza que tiene el cine como un medio para transformarnos a partir de historias que conecten a nivel emocional, reflejen o no nuestras experiencias de vida. Desde entonces, muchas películas han cambiado mi perspectiva no solo del séptimo arte sino de la vida en general.
