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Ricochet (FICM 2020): un final inesperado amenaza una historia sensible de duelo

Escrito el 29 octubre, 2020 @alessandra_kr

Director y guionista: Rodrigo Fiallega.

Países: México, España.

Elenco: Martijn Kuiper, Andrés Almeida, Iazua Larios.

Palomómetro:   

Ricochet es una película que garantiza reacciones emocionales. La mayor parte de su duración es un estudio sobre el duelo y la soledad, pero en sus últimos cinco minutos cambia a una historia de revancha y violencia que bien puede agarrar de sorpresa a aquellos que estén confiados en el mensaje de superación emocional presentado anteriormente (yo incluida).

La película sigue a Martijn (Martijn Kuiper), un extranjero que lleva viviendo en un pueblito mexicano 20 años. Aquí construyó su vida con una esposa y dos hijos, y con una tiendita que lo mantenía ocupado. Ahora las cosas han cambiado. Lo encontramos en un momento en el que el dolor por la pérdida de su hijo sigue presente, dos años después del accidente que le quitó la vida.

Casi toda la película sigue de manera discreta y sensible a Martijn, quien poco a poco se alejó de todos y ahora es un hombre callado que vive del dinero que le dejó la venta de la tienda, lidiando con una enfermedad terminal, y pasando el tiempo escuchando música clásica mientras arregla su jardín. Martijn deja pasar su vida, cual muerto viviente, inmune a todo lo que sucede a su alrededor y sumido en su miseria de no superar lo perdido. Lo único que le permite alejarse de este dolor constante es su hija Luisa y la posibilidad de una reconciliación con Mariana, su esposa (Iazua Larios).

Su vida se ve sacudida cuando descubre que la persona responsable de la muerte de Martincito, su hijo, pronto saldrá de prisión. Aunque no diga nada – es un hombre poco expresivo que reprime sus sentimientos para explotar solo cuando está solo – se nota que es algo que no deja ir, contrario a Mariana que encuentra alivio con el tiempo y que poco a poco va rehaciendo su vida.

La película presenta fielmente el sabor e idiosincrasias de la vida mexicana, más de pueblos pequeños. Ya sea la familiaridad de la que todos disfrutan – todos conocen a todos, incluyendo hasta el mínimo detalle de su vida personal –, la relación ambigua y muy mexicana que se tiene con el tiempo y la distancia, o la fijación con las fiestas locales, Ricochet brilla cuando se enfoca en estos pequeños detalles.

Asimismo, es interesante ver la perspectiva de un hombre europeo que se ha adaptado a estos pequeños abusos de intimidad y confianza. Martijn mantiene su compostura ante instancias de chismes y abusos sociales mínimos, siempre con una actitud positiva, pero cautelosa. Más bien ya sabe cómo son las cosas en este pueblo pequeño. Al respecto, destaca la actuación de Martijn Kuiper, quien dice más con sus ojos que con palabras, y las pocas que dice las presenta con un español perfecto. Este hombre es fácil de leer en su miseria y nostalgia.

Entre los contados personajes secundarios de la película, el de Rafael, su mejor amigo, es el más destacable. Con una ligereza sabia interpretada por Andrés Almeida, este hombre ofrece un hombro de consuelo para Martijn, aunque no esté siempre interesado en recibirlo. Asimismo, la presencia de Iazua Larios se siente cálida y delicada al ofrecer una perspectiva completamente diferente al estancamiento de Martijn.

El tono general de la película es uno de paz exterior y tortura interna. La cámara presenta a un pueblo unido y tranquilo, prácticamente inmune de desastres externos. Aquí la gente puede quedarse dormida borracha en medio de la calle, las casas están abiertas y vulnerables, y todos disfrutan de una familiaridad abrumadora. De hecho, la muerte de Martincito se debió a un accidente y no a otra cosa desagradable.

Por esto, los últimos cinco minutos de la película resultan una sorpresa, y no precisamente una buena. La impresión y confusión reinan por completo, y lo que se presenta en pantalla, así como la manera en que se hace, están destinados a crear debates entre los espectadores. El hecho de que la historia esté basada en hechos reales le da una capa adicional de trago amargo y complejidad. Aquí, conflictos morales y éticos salen a la superficie, además de que deja una perspectiva completamente diferente a lo que se presentó en los 80 minutos previos.

Ricochet presenta una historia suave y calmada sobre una persona en duelo que no puede salir adelante. La única manera en la que logra aliviar un poco de su dolor corre el riesgo de alienar a la audiencia que siempre siente simpatía por el duelo de Martijn. Sin embargo, ¿hasta dónde es aceptable actuar para aliviar la pena propia y hallar un poco de justicia?

La película aborda esta pregunta lo suficientemente tarde como para obtener respuestas satisfactorias en la historia. Más bien, estos cuestionamientos quedan en manos de la audiencia que ahora debe lidiar con una nueva capa de complejidad y negatividad en un personaje que antes había apreciado tanto.

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