Canción sin nombre: la película peruana que retrata un rostro distinto de la violencia en Latinoamérica

Escrito el 18 enero, 2021 @la_loulu

Canción sin nombre es la ópera prima de la cineasta peruana Melina León que tuvo su estreno internacional en la sección de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes de 2019. Después de un largo recorrido por festivales alrededor del mundo (Múnich, Sídney, Nueva Zelanda), a finales del año pasado la película fue confirmada como la enviada de Perú a la próxima edición de los premios Óscar. A partir del 15 de enero de este año ya está disponible en la plataforma de Netflix.

Contexto histórico de terrorismo y crisis social en el Perú de finales de los años 80

La historia de Canción sin nombre se ubica en el año de 1988. Desde el principio, nos encontramos en un país caótico, sumergido en tragedias, crisis económica y violencia. Así, nos adentramos en una comunidad que trata de aferrarse a su identidad en medio de un espacio que ella misma deben construir con la confluencia del pasado, las tradiciones, y el futuro. Aquí conocemos a la joven Georgina Condori (Pamela Mendoza), quien está a punto de dar a luz.

El Perú de la década de los 80 cambió de composición demográfica en muchos sentidos: las zonas de las sierras, como Ayacucho, vivían una etapa crítica a causa de la violencia terrorista y su enfrentamiento con las fuerzas del país. Muchos ciudadanos y sus familias vivían bajo amenaza por enfrentarse a los terroristas o simplemente veían sus comunidades destruidas por el espiral de violencia. Era entonces cuando se dirigían a los cerros y arenales de Lima – la capital del país – con nada más que la esperanza de huir de la desgracia, el miedo y la desolación.

El escenario que encontraron en Lima fue uno de contrastes. Aquí estaban los edificios clásicos, silenciosos y vetustos del centro de la ciudad – envuelta en apagones – mientras que en los cerros había un aislamiento cercado por la neblina y la humedad. También llegaron las tradiciones y las fiestas, el quechua y las canciones, con las personas que arribaban, buscando una vida mejor, pero aferrándose a sus elementos, algunos intangibles, para conservar su identidad y la de sus comunidades.

Retratos de la historia de violencia en el cine latinoamericano

En el cine peruano hay una larga tradición de representación del tema del terrorismo y la violencia ocurrida en el país, así como sus múltiples consecuencias en la sociedad. Probablemente las más reconocidas son La boca del lobo (1988) de Francisco Lombardi, galardonada en el Festival de San Sebastián y preseleccionada en la categoría de película extranjera de los Premios Óscar, y La teta asustada (2009) de Claudia Llosa, ganadora del Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín y la única cinta peruana nominada a la categoría de película extranjera en los Óscar.

Lo que diferencia a Canción sin nombre de la mayoría de las cintas de esta corriente es que, si bien centra la historia en esta época clave del país y en aquellos que son víctimas de dicha violencia, decide enfocarse en otro problema casi tangencial: la existencia de redes de robo de bebés que se aprovechaban de las personas más vulnerables, en un contexto en donde el sufrimiento azolaba en todo el país por las crisis económicas, el terrorismo y la corrupción.

Canción sin nombre es una historia de una madre que busca a su hija, mientras que, a su vez, Georgina es una hija abandonada por su propio país, por las autoridades, por aquellos que, en un Estado eficiente y justo, la ayudarían a encontrar la verdad y que, en esta realidad, más bien la llevan a una desesperación triste y desoladora. Es así como vemos que la violencia a la que estamos acostumbrados a ver retratada de una forma específica (múltiples violaciones de derechos humanos dentro del enfrentamiento de grupos insurgentes armados con las fuerzas armadas estatales) nos muestra rostros normalmente ignorados: la crisis de los desplazados, la pérdida de registros de identidad, crisis de trabajo y corrupción de funcionarios públicos.

Una “canción” en blanco y negro

La cinta está impregnada de una sensación de abandono y tristeza, con momentos de ligera esperanza que se desvanecen en la niebla. En esta última categoría destaca la presencia del periodista Pedro Campos (Tommy Párraga), quien se esfuerza en desmontar la red de tráfico de niños y buscar respuestas en los lugares más recónditos o en donde se ostenta gran poder. Aun así, estos rayos de esperanza pronto desaparecen cuando Campos se da cuenta de que su trabajo también cobraría un costo en su vida.

Existen varios elementos destacables de la cinta, como las actuaciones y la musicalización, pero la fotografía en blanco y negro, responsabilidad de Inti Briones – Las niñas Quispe (2013), Tarde para morir joven (2018) – es brillante al ubicar la narración en un espacio atemporal y poético. La historia de Georgina se convierte en un recuerdo y un testimonio de la memoria. Por momentos, la película también es una fábula llena de simbolismos.

Toda la cinta se desarrolla en el invierno de Lima con la inclemencia de la naturaleza golpeando sin distinción en medio de una ciudad violenta y a la vez indiferente al dolor. El Estado consiste en edificios decrépitos y desolados. Las comunidades alejadas del centro de la capital se muestran en ruinas en medio de una pobreza que el lente de Melina León captura, no de forma morbosa, sino con distancia y un halo de tristeza. Después de todo esta historia – de la que es coguionista Michael J. White – está basada ligeramente en la historia de su padre periodista.

El personaje de Georgina requiere de una sensibilidad difícil de encontrar, de “actuar” y transmitir. Es así como la actuación de Pamela Mendoza se queda con nosotros, especialmente con el final, mientras presenciamos la mirada de esa mujer que trata de encontrar sentido en un mundo al que no pertenece del todo, que le ha negado la justicia y la verdad, y que la ha abandonado a ella y a su hija.

Canción sin Nombre es una ópera prima bien trabajada que alcanza apartados destacados y que difícilmente dejará indiferente al espectador.

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