Un futuro brillante: el silencioso horror de la normalidad
Dirección: Lucía Garibaldi.
Guion: Lucía Garibaldi y Federico Alvarado.
Elenco: Martina Passeggi, Alfonso Tort, Sofía Gala Castiglione, Soledad Pelayo.
Países: Uruguay, Argentina, Alemania.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt36591330/

“Lo único que siempre quise es tratar de no ser común” es una frase que atraviesa Un futuro brillante como una especie de plegaria íntima. Trastoca, hasta jode escucharla. No porque sus personajes aspiren a la excepcionalidad o al heroísmo, sino porque tienen terror de un universo donde la obediencia mecánica aparenta ser la norma. Ser común en el mundo que construye Lucía Garibaldi significa aceptar los imperativos que vaya uno a saber quién decidió instaurar. Es convertirse en una pieza dócil dentro de una maquinaria que organiza a los individuos como robots, clasificándolos según su utilidad, intelecto y capacidad. ¿Capacidad para qué? Difícil deducirlo, ni siquiera suma mucho a la ecuación. El problema que la historia se plantea es que ningún sistema de control sobrevive únicamente mediante la presión mecánica. Los humanos necesitan sentir, desear, anhelar. Los humanos necesitan convencerse, realmente, de que pertenecer a algo es un privilegio que se han ganado.
Un futuro brillante sigue a Elisa (Martina Passeggi), una joven que, por una combinación de inteligencia y singularidad, es escogida para ir “al Norte”, una suerte de tierra prometida donde, en apariencia, se está haciendo historia. Allí se encuentra su hermana Amanda, de quien esporádicamente recibe algún mendigo mensaje. Mientras su círculo cercano ve su partida como un acto de heroísmo, Elisa comienza a cuestionar al statu quo imperante y a desafiar todos los preceptos dados. El problema es que, a medida que sus incertidumbres aumentan, el tiempo para su partida se acerca.
El famoso (y desconocido) Norte no funciona como un lugar concreto, sino como una ficción aspiracional. Se trata de una promesa abstracta de perfección sin lugar a los errores, casi como el universo terrorífico que plantean The Handmaid’s Tale o Silo donde las sociedades se sostienen construyendo un relato cerrado que no tiene espacio para el mundo exterior. En estas, la supervivencia depende menos de los muros físicos que de la imposibilidad de imaginar alternativas. En Un futuro brillante se trabaja con esa lógica, aunque desde un registro mucho íntimo y melancólico, lleno de burocracias insensibles y adaptaciones mecánicas, como si el futuro fuera administrado como un mero trámite estatal.
Garibaldi filma futuros como quien revisa ruinas, pero no aquellas espectaculares del apocalipsis cinematográfico clásico, con ciudades devastadas y últimos supervivientes huyendo, sino silenciosas, esas que pertenecen a un mundo que funciona incluso cuando perdió la capacidad de imaginar un futuro esperanzador. Aquí, ese agotamiento aparece disfrazado de eficiencia y mecanicismo en donde cualquier rasgo de espontaneidad humana es una anomalía. No obstante, debajo de esa superficie existe una sociedad profundamente enferma, aquella que siente que envejecer (o, mejor dicho, crecer) es una condena, puesto que la juventud es un recurso administrado y el futuro ya no es una promesa, sino una obligación moral.
Hay una sensación de que algo debe ser desplazado o escondido par sostener la fantasía de progreso permanente. La diferencia radica en que, en la distopia de Garibaldi, la violencia está filmada desde un lugar más silencioso. No hay necesidad de grandes explicaciones ni ejércitos violentos, no hay desplazamientos forzados. El horror es visto en pequeños detalles cotidianos, tales como fumigaciones programadas, la inexistencia de vida animal, mensajes mecánicos de su hermana Amanda, la absurda morbosidad y el anhelo absurdo por sentir los placeres del capitalismo. En ese sentido, la película dialoga con el universo de O Último Azul (Gabriel Mascaro, 2025), no solo por su estética fría y la presencia de espacios pausados en el tiempo, sino por el entendimiento de un tabú político dado, en gran medida, por el miedo a envejecer o a ser anormal.
Ahí figura Elisa, no como una heroína revolucionaria, sino como alguien que empieza a percibir una incomodidad imposible de nombrar. La criaron para desear el Norte. Debe considerar ese viaje como la máxima recompensa de su vida, pero cuanto más se acerca esa posibilidad, más evidente se vuelve el vacío que sostiene el sistema. En su extraña alianza con Leonor (Sofía Gala Castiglione), una mujer cuasi caída en la obsolescencia, Elisa muestra que la idea de juventud no es una etapa biológica, sino un capital. Así, se da cuenta de que no vale por quién es, sino por lo que representa dentro de una sociedad donde cualquiera mayor de 25 años ya es rancio. El futuro ha convertido a la juventud en una especie de religión secular.
La película recuerda también a las imágenes posteriores a la caída de la Unión Soviética, donde se podía ver multitudes haciendo fila frente al primer McDonald’s de Moscú, como si el ingreso al consumo occidental prometiera una nueva forma de felicidad. En esas escenas se palpaba una gran melancolía porque detrás de la euforia aparecía también la sensación de un enorme vacío ideológico. En el filme, se ve que el futuro tampoco es una construcción colectiva ni una promesa política. El famoso Norte funciona como ese McDonald’s, un lugar abstracto donde todo parece funcionar mejor, la vida puede corregirse y el paso del tiempo deja de doler. La realizadora juega con hacer entender que, muchas veces, las promesas de modernidad no eliminan el vacío anterior, solamente lo recubren con una estética más limpia y eficiente, no así deseable.
Volviendo a la frase inicial, la necesidad de “no ser común” termina siendo un acto de resistencia mínima, pues en un universo diseñado para normalizar la obediencia, intentar conservar algo singular se vuelve un acto radical. Al final, el mensaje no propone una revolución épica, ni mucho menos, sino algo más difícil: sostener una subjetividad cuando todo el entorno intenta convertirte en una función. Tal vez por eso Un futuro brillante resulta tan inquietante, porque no habla del futuro en sí mismo, sino de un momento exacto. Sociedades obsesionadas con la optimización, la juventud eterna, la productividad emocional, etc. Ahí, la posibilidad de simplemente existir fuera de un programa empieza a verse como un lujo imposible, hasta una anomalía.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.
