The Crown, temporada 4: la fascinación reside en el morbo de la historia

Escrito el 9 noviembre, 2020 @alessandra_kr

Disponible en: Netflix.

Creador: Peter Morgan.

Elenco: Olivia Colman, Tobias Menzies, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Josh O’Connor, Charles Dance, Emma Corrin, Marion Bailey, Erin Doherty, Stephen Boxer, Emerald Fennell.

País: Reino Unido

Duración: cuatro temporadas de 10 capítulos cada una.

Palomómetro:

Más información de la serie: https://www.imdb.com/title/tt4786824/

Después de un año largo de espera, The Crown está de regreso con su cuarta temporada. La serie, que ha seguido la historia de la corona británica desde antes del ascenso de la Reina Isabel II, prometía mucho drama para estos nuevos capítulos. Y lo cumplió.

La cronología se sitúa entre 1977 y 1990, metiéndonos de lleno en la aparición de Lady Diana y el mandato de Margaret Thatcher. Siempre hemos sabido que la serie está más bien enfocada en el drama privado de la Corona, y esta temporada no es la excepción. Prácticamente estos son los dos puntos importantes de los nuevos capítulos, tocando por encimita algunos temas importantes de la historia británica – la Guerra de las Malvinas, el conflicto entre Reino Unido e Irlanda, y las medidas polémicas de austeridad de Thatcher que sumieron en el desempleo a la sociedad inglesa –, abordándolos siempre desde un punto de vista personal de los protagonistas.

Al elenco de ensueño que incluye a Olivia Colman, Helena Bonham Carter, Tobias Menzies y Josh O’Connor regresando en sus papeles de la Reina Isabel II, Margarita, Philip y Carlos, respectivamente, se unen Gillian Anderson como la Dama de Hierro y Emma Corrin como una muy joven Diana Spencer. En el aspecto actoral, no hay nada que criticar. Todos dan lo mejor de sí y traen a la vida a una familia rodeada de un privilegio agobiante que poco a poco los separa de la realidad. Eso sí, tanto Tobias Menzies como Helena Bonham Carter casi no tienen nada que hacer más que ser desagradables.

Mientras que, en temporadas pasadas, en especial la tercera, una de mis principales críticas fue que la serie exageró en la humanización de sus sujetos, en esta temporada la familia real termina alejada de cualquier aire de empatía. No hay ni una sola característica que invite a la compasión, incluso cuando se presentan historias intensas de depresión y amores frustrados. La antipatía que todos tienen hacia otros y entre ellos es tal que más bien ya coquetean con volverse villanos unidimensionales. Hay un problema cuando la persona más empática y anclada a la tierra es la Reina de Inglaterra.

Antes, la historia de amor y desamor entre Isabel (Claire Foy) y Philip (Matt Smith), y las tragedias amorosas de Margarita, eran el centro de la historia y la fuente real de interés. Ahora, con una Isabel bien asentada como monarca, hijos malcriados, un Philip esnob y cruel, y una Margarita sumida en la depresión y la crueldad, no hay nada que redima a esta familia real.

Las cosas se ponen peor con la introducción de una Lady Di angelical y empática, traída a la vida por la estrella en ascenso, Emma Corrin. Precisamente ella, quien nunca logra formar parte de la familia, es la única persona que tiene conflictos realistas y empáticos, haciéndola automáticamente el mejor personaje de la serie y nuestra fuente principal de preocupación y solidaridad.

Josh O’Connor quizá ofrece la mejor interpretación de la serie, convirtiéndose en el príncipe Carlos en voz, manerismos y posturas, y presentando un personaje manipulador, inútil y cegado por la frustración de decisiones estúpidas y un amor imposible por Camilla Shand (Emerald Fennell). La serie no huye de presentar los momentos turbulentos en la historia de Carlos y Diana, dejando a Lady Di como una prisionera en ese mundo de hipocresía y altivez.

Más allá de esto, quizá el problema principal de la serie es que los personajes son aburridos y patéticos. En otras ocasiones ya nos han conquistado familias disfuncionales que son terribles entre ellos y con los demás, cough cough Succession. Aquí, puede que todos sean nefastos y privilegiados, pero no son interesantes, intrigantes o deliciosamente malvados. Tampoco existen insultos inolvidables. Más bien es una familia aburrida compuesta por integrantes tristes y resignados a vivir bajo la sombra de la Reina y las apariencias.

Por su parte, Gillian Anderson ofrece una actuación admirable como Margaret Thatcher. Con un cabello de risa, un tono de voz transformado y un vestuario como toque final en su transformación, Anderson se pierde en su papel. La serie presenta un conflicto entre el feminismo de tener dos mujeres en las posiciones de poder más importantes de Reino Unido y una misoginia digerida y promovida por la Primer Ministro. La Historia ya se ha encargado de juzgar a Thatcher, y a pesar de que se intenta humanizar a su personaje, su personalidad tiene tantos defectos que es imposible simpatizar con su necedad, tanto como mujer, ser humano o líder de Estado.

El mayor logro de la serie, al igual que en temporadas anteriores, es la escala y calidad de su producción. Reflejando fielmente a la familia presentada, Netflix no escatimó gastos para traer a la vida los escenarios majestuosos, los palacios y casas llenas de lujo, y los vestuarios que funcionan como una ventana al pasado. Al respecto, es imposible no reflexionar sobre esta producción tan lujosa, más al considerar que una de las principales críticas hacia la Corona es precisamente el lujo innecesario en el que sus integrantes viven. Esta serie también es un derroche desvergonzado de dinero.

La música de Martin Phipps es bonita y evocadora. Los violines, chelos y pianos ofrecen la característica más disfrutable de la serie, además de que destacan las notas destinadas a Thatcher. El diseño de producción a cargo de Martin Childs es simplemente admirable, y el vestuario de Amy Roberts es clave para viajar al pasado y agregar una capa de veracidad a lo que vemos en pantalla.

La serie disfruta, quizá con mucha libertad, los momentos de transición y preparación. En ocasiones se siente desesperadamente lenta e insignificante, saboreando momentos de pausa o sobreexplotando instancias de estrés y anticipación. Además, algunos inicios de episodios exigen la paciencia de la audiencia al presentar historias aparentemente desconectadas de la familia real.

En temporadas pasadas parecía que The Crown era una especie de arma publicitaria de la Corona. Ahora, parece ser un recurso que refleja lo mezquinos que son sus integrantes y lo poco que la familia real aporta a la sociedad inglesa. Ni los personajes ni sus batallas internas son lo suficientemente emotivas o interesantes como para mantenernos comprometidos. Más bien, el morbo y la fascinación por esta familia es el motor de la serie, pues lo único interesante que tienen que aportar es que son miembros de la realeza.

Con una producción que quita el aliento, unas actuaciones comprometidas que traen a la superficie lo peor de la realeza inglesa (adrede o sin querer), y algunas decisiones creativas que terminan siendo desafiantes para el espectador, The Crown brilla precisamente por el morbo de ver hechos históricos dramatizados en la pantalla chica. Aunque es importante recordar que la serie se ha tomado libertades creativas en la presentación de sus personajes, es imposible no sentir un interés agudo por las vidas de estas personas, en especial cuando la mayoría de la audiencia está al tanto de todo lo que ha sucedido con la familia real.

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