Palomita de maíz

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¿Temporada de premios? No, gracias

Escrito el 24 marzo, 2022 @bmo985

Estimado cinéfilo, ¿sabías que no estás obligado a sufrir año con año la temporada de premios? ¿Sabías que no te afecta en lo más mínimo que gane galardones la película que menos te gustó?

Cada año, millones de amantes del cine en Twitter, Letterboxd, TikTok y Tumblr ven sus vidas acortadas al hacer corajes durante la temporada de premiaciones de la industria cinematográfica, la cual inicia con los Gotham Awards en noviembre y culmina con la fanfarria de cuatro horas de los Premios de la Academia, también conocidos como los Óscares. Pero ¿realmente es necesario seguirlos como si fuera una obligación?

Cinéfilo, seguramente tú más que nadie sabes del oprobioso historial de los Óscares en cuanto a ignorancia. Estoy seguro de que conoces los datos que circulan cada temporada de premios, como que Stanley Kubrick nunca ganó un Óscar por dirección (el único que tiene su nombre le fue otorgado por los efectos especiales de su cinta 2001: A Space Odyssey de 1968), que Alfred Hitchcock, uno de los cineastas más influyentes, nunca recibió una estatuilla (solo un premio honorario), o que apenas dos mujeres en los casi 100 años de historia del cine han recibido el galardón por dirección, ambas en los últimos 13 años, o que Ryan Gosling, actor entre actores, hombre entre hombres, nunca ha ganado una estatuilla.

Pero eso no es lo que nos ocupa ahora. No vamos a cuestionar la legitimidad de las premiaciones ni de los Óscares. Lo que vamos a rebatir es la manía por seguirlos religiosamente y por las discusiones sinfín en que, cada año, cientos de miles de cinéfilos se enfrascan con sus pares, o peor aún, con extraños que no podrían distinguir a Luchino Visconti de El Vizconde de Montecristo (Gilberto Martín Solares, 1954). Lo que quiero que sepas es esto: ¡no es necesario!

Las premiaciones son, al menos idealmente, formas de distinguir la excelencia cinematográfica de cada año. Como tal, reconocen las películas que destacaron por una u otra razón, así como a las personas que las realizaron, desde los actores, directores y productores, hasta los papeles más técnicos y menos conocidos (es decir, todas esas categorías que la Academia sacrificó para presentar una canción de Lin-Manuel Miranda que ni siquiera está nominada). Sin embargo, como todos sabemos, evaluar el arte cinematográfico es una actividad subjetiva. Si alguna vez, estimado lector, has tenido que organizar a un grupo de personas para una labor en conjunto entonces sabes que es casi imposible llegar a un acuerdo. Ahora bien, estas dos actividades juntas, es decir, una evaluación del arte cinematográfico realizada por un grupo, no auguran nada bueno.

Tal vez tu involucramiento apasionado se debe al bien estudiado Fear Of Missing Out (FOMO por sus siglas inglés) o, para los paisanos, el Miedo A Quedar Fuera De La Conversación (MAQFDLC). O acaso te motiva el estatus de cinéfilo mamador que has adquirido en tu círculo social. No te culpo por el orgullo que sientes de ser el amigo que todos buscan a la hora de buscar recomendaciones de cine. La inyección de dopamina que significa el escuchar las palabras “oye, tenías razón sobre esta película” o “esa es la cinta más extraña que he visto en mi vida” o el clásico y siempre bienvenido “la verdad es que me quedé dormido” es inigualable y lo más cercano que muchos de nosotros estaremos al orgasmo opiáceo que describía Renton en Trainspotting (Danny Boyle, 1996). Sé que te da miedo perder tu estatus social privilegiado, pero ¿sabes qué? Es más importante tu salud mental. Recuerda que ni siquiera Kirsten Dunst perdió la cabeza en Marie Antoinette (Sofia Coppola, 2006), o al menos no a cuadro.

No podrás negar, fanático del séptimo arte, que es muy cansado seguir la temporada de premios. Si estás al borde de la histeria como yo, tal vez evitas entrar a las redes sociales solamente porque no quieres ver a tus mutuals discutir acerca de cuál es la película que merece ganar el premio a Mejor película, si el vaquero que no se bañaba o la pescadora que cantaba (aunque no falta el enfermo que le daría su voto a Jennifer Lawrence con flequillo, razón comprensible, pero a todas luces insuficiente). Sin embargo, todas estas discusiones son infructuosas porque, en primer lugar, tú, guerrero del hashtag, jerarca de los hilos y amo del retuit, no votas en la ceremonia. Es algo que te escapa de las manos y, como tal, es irracional que enciendas tus ánimos por su culpa. En segundo lugar, como ya lo vimos, es una actividad inherentemente caótica. Conjuga la evaluación del arte y el consenso entre miles de personas. Como lo puede testimoniar mi editora, es difícil que aún dos personas respetables y decentes (hasta donde sabemos) que escriben con regularidad sobre cine, estén de acuerdo al momento de “valorar” películas. El gusto es una cosa groseramente subjetiva.

Naturalmente, cuando más de nueve mil personas (membresía total de la Academia) votan por su película favorita, la tendencia es que aquellas cintas que se consideran ofensivas sean eliminadas primero. En seguida, se van los filmes que no se ajusten al molde de lo que debería ser una cinta “digna de premiarse” (es decir, todo lo que no sea un musical o un drama lacrimógeno). Pero esto no es un defecto de diseño de los Premios de la Academia, sino de toda la temporada de premios. Ya sé que dije que no íbamos a cuestionar la legitimidad de las premiaciones y eso es lo que parece que hago, pero te aseguro, paciente usuario de Letterboxd, que no es así.

A lo que quiero llegar es lo siguiente: la arbitrariedad y caos hacen que la temporada de premios se caracterice por imponer una especie de visión de túnel sobre la mirada de millones de cinéfilos cada año. Como si fuéramos caballos en un drama decimonónico (tipo The Age of Innocence [Martin Scorsese, 1993]) con cositas en los ojos (que acabo de descubrir que se llaman anteojeras) y nos obligaran a enfocarnos solo en un puñado de películas porque un grupo de votantes, equivalente a una sala de conciertos mediana (para México: sobrarían asientos si los metiéramos a todos en el Auditorio Nacional), decidió que esas eran las únicas que valían la pena ver, discutir y premiar. Una de las cosas que he aprendido en el último año de escribir sobre cine, es que una de las peores cosas que podemos hacer con el arte cinematográfico es reducirlo a un número ínfimo y confiar en criterios arbitrarios– es decir, de los cuerpos que entregan los premios – para determinar nuestra agenda de títulos por ver.

No tienes por qué ver la enésima película biográfica situada en la Segunda Guerra Mundial, no tienes por qué ver la cinta dramática cursi de lágrima facilona (a menos que esas sean el tipo de películas que prefieras y en tal caso, no te juzgo). Estas películas no tienen nada de malo en sí, pero están hechas exprofeso para ser tomadas en cuenta durante la temporada de premios. Los grandes estudios invierten 10 millones de dólares para que menos de diez mil personas vean este tipo de filme y digan al unísono “ciertamente, esta no es una película ofensiva”, como si se tratara de un halago. Son muy contadas las ocasiones en que la temporada de premios, sobre todo en su recta final y más vistosa – es decir, los días entre el anuncio de las nominaciones al Óscar y su premiación ­–, en que películas interesantes, desafiantes y realmente meritorias alcanzan a llegar hasta ese punto.

Casi todos los años me encuentro preguntándome “¿oigan y qué pasó con esa película que estuvo bien hecha? ¿por qué no está nominada a nada?” (este año se trató de Pig [Michael Sarnoski, 2021] con Nicolas Cage) solo para comprobar que el grupo de nominados se compone de biografías, dramas (que no ofenden sensibilidades), películas históricas y uno que otro blockbuster. Es decir, los de siempre. La temporada de premios, estimado cinéfilo, no te invita a ver nuevas películas, más bien limita lo que puedes ver.

Pig. Dir. Michael Sarnoski. Neon. 2021.

Todos los años hay películas excelentes que languidecen a la mitad del camino de la temporada de premiación, como si se tratara de corredores de maratón que no pueden seguir adelante, no por falta de ganas, sino por falta de interés de la industria y cuya tragedia más grande no es el no ser reconocidas con un premio de tal o cual institución, sino el no haber encontrado a su audiencia. Pero esta tragedia es a todas luces evitable. El caótico sistema de premiación obedece sí, a la subjetividad de sus votantes, pero también a las montañas de dinero que los estudios hollywoodenses arrojan al excusado en forma de campañas para dar a conocer sus películas entre los votantes.

Si bien Netflix es un ejemplo perfecto de que los cañonazos de dinero no garantizan una estatuilla dorada, demuestra que las campañas en que se gastan cantidades obscenas sí garantizan al menos la nominación en casi todas las categorías principales (también ayuda tener obras mayores de los grandes autores vivos, y no, no me refiero a Mank [David Fincher, 2021]). El antídoto más sencillo es el siguiente: ver lo que queramos ver. Hacer que las campañas por el Óscar sean estériles e ineficaces para dictar nuestros hábitos de consumo. Como dice el meme, sé ingobernable. Por amor de Dios, mira una película de terror, una comedia, una película hecha antes de 1975.

Claro que todo esto es una decisión personal y subjetiva. Puedo entender que haya alguien por allí que disfrute con inusitado gusto mirar las cerca de 20 películas dramáticas que cada año compiten por los premios más prestigiosos, pero para algunos, es una actividad cada vez más cansada, pues la combinación caótica de activismo social y la noción democrática y errada de “cada opinión es importante” ha generado algunas de las peores opiniones sobre películas durante las más recientes temporadas de premios. Que si esta película es importante, que si esta otra es conmovedora, que si no te gustó aquella es porque estás en contra de la diversidad, que si criticas a esta otra es porque eres un Judas. Nuestro tiempo en la Tierra es finito y demasiado breve como para perderlo viendo películas de las que probablemente no recordemos en unos cuantos meses.

No necesitas entrarle a la discusión en Twitter, Tumblr, Letterboxd o TikTok sobre los méritos de tal o cual película, sobre los motivos que harían que la victoria de equis película fuera un momento histórico en el horizonte cultural. Las cintas ganadoras en los Óscares a menudo resultan como los ganadores de reality shows tipo American Idol: molestos recordatorios de que la meritocracia es una ilusión, o bien objetos y sujetos de los que nos olvidamos muy pronto porque su única cualidad fue ser la opción más segura, menos ofensiva, menos arriesgada. ¿Alguien ha vuelto a ver Driving Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989), ganadora a Mejor película en 1990, si no es para burlarse de ella? Ni siquiera hay que ir tan lejos, ¿alguien que no sea un obsesivo de la filmografía de Benedict Cumberbatch ha vuelto a ver el filme The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014)? ¿Valía la pena discutir sobre ellas? ¿No es más bien que la visión de túnel impuesta por la temporada de premios nos hace enfocarnos en películas medianas de escaso mérito artístico, como si fueran las únicas que valen la pena de sus respectivos años?

No sé tú, querido aficionado de las imágenes en movimiento, pero yo confieso que una y otra vez he vuelto a este pensamiento: que las grandes películas, las clásicas, las que se quedan en la memoria personal y colectiva lo son porque han pasado ya muchos años desde su estreno, tiempo en el que realmente podemos sopesar la grandeza de un filme, la precisión de una dirección, el sobrecogimiento que nos provoca una interpretación, la fuerza dramática de su trama. ¡Ver una película en diciembre y decidir si merece el más grande galardón de Hollywood (o cualquier otro) durante los siguientes cuatro meses es poco saludable! Es como si, bajo el cañón de una pistola, se nos pidiera escoger entre 10 o 20 películas, la mayoría regulares, para ser recordadas por los años venideros como la crême de la crême, cuando ni siquiera llegan a suero (pido disculpas por esta analogía lactosa, pero nos hallamos de lleno en la Era de la Vaca).

Por último, mi amado conocedor del séptimo arte, tú que gustas prender un cigarro, cruzar la pierna y espetar un sonoro “de hecho, Tarantino merece un Óscar desde 1994 por Pulp Fiction” como si fueras la viva imagen de Arthur Fleck, santo de los marginados cuando muy arrogante dice, “es que tú no lo entenderías”, te prometo que no pasa nada, más allá de una amarga decepción pasajera, si la película que no te gusta, o peor aún la que odias, gana un premio. Vienen a mi mente docenas, centenares de películas que en su momento he odiado, tanto por su ridiculez, su pobre manufactura, su apelación a los instintos más bajos de su audiencia o simplemente por impedir que otra película superior se llevara el palmarés (¡nunca te perdonaré, Una mente brillante [Ron Howard, 2001]!). ¿Y saben qué? No me ha servido de nada. Tal vez digo esto a raíz de cierto nihilismo, alimentado por la inescapable depresión característica de nuestros tiempos, pero la alternativa es que no te importe. Obras maestras que representan los pináculos del arte inventado por los hermanos Lumière como The Tree of Life (Terrence Malick, 2011) no tienen un solo Óscar a su nombre (aunque sí tiene una Palma de Oro, otorgada por el Festival de Cannes) y eso no hiere su reputación en lo más mínimo.

¿A quién le importa que Green Book (Peter Farrelly, 2018) haya ganado el máximo palmarés cuando puedes literalmente ver cualquier otra película, infinitamente mejor y más chévere, que no ganó ningún premio y tiene menos de cien espectadores en Letterboxd? Tal vez es hora de recuperar el ánimo hípster tan pasado de moda que consistía en presumir la relación inversamente proporcional entre la calidad de una película y el número de personas que la habían visto (grupo selecto al que uno pertenece, por supuesto).

Hoy más que nunca, el cine independiente, underground, desconocido, no promocionado, no premiado, merece nuestra atención. Por eso te ruego, friki de la sala oscura, paga por ver una película de la que no sabes nada y que no tiene carteles promocionales desperdigados por tu ciudad. Sorpréndete con una película terrible, pero interesante. Asiste a ver una película a la que no llevarías a tu abuele ni a tu progenitore ni a tu media naranja. Haz caso omiso de los galardones y, ya que estamos aquí, del Tomatometer. Mira una cinta anterior a 1975. Siéntate a ver una película que haya sido prohibida en tu país. Haz un viaje a la época en que las mujeres eran las directoras mejor pagadas de la industria. Conviértete en el amigo que hace recomendaciones tan desconocidas, tan oscuras que tu círculo social se convierte en el emoticono del eye roll cada vez que hablas. No temas ser insoportable ni ser llamado pretencioso – ¿quién no tiene pretensiones? –. Libérate de la carga: no sigas la temporada de premios.

Claro que puedes no hacer nada de esto, apreciable amante de las historias contadas con luz y sonido. Esta es solo una sugerencia escrita por un humilde escritor que, personalmente, se niega a ver cosas que no le interesan y mucho menos hablar sobre ellas. Esta diatriba solo tiene un propósito: que la próxima vez que te horrorices al ver la lista de nominados a tal o cual premio, anticipando el tedio que te provocará el ver cada uno de estos filmes, te preguntes: “¿Es necesario tanto sufrimiento?” No, no lo es.

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