Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma = un ambicioso, pero mediocre esfuerzo

Escrito el 15 abril, 2022 @ECinematografo
Ésta es la cuarta entrega del ciclo retrospectivo de la épica espacial más grande de todos los tiempos: Star Wars. 

La República Galáctica es ineficiente, burocratizada e incapaz de defender a sus regiones más lejanas. Cuando el Senado decide establecer impuestos a las rutas comerciales, la Federación de Comercio ignora estas iniciativas e invade el planeta Naboo para explotar sus recursos. La reina de Naboo, con el socorro de dos Caballeros Jedi, escapa hacia la Capital para alertar al Senado y generar simpatía por la situación de su pueblo. Debido a fatídicas circunstancias, la nave de la Reina queda estancada en el peligroso planeta Tatooine, donde la determinación de Anakin, un pequeño esclavo, cautiva al maestro Jedi Qui-Gon Jinn.

La historia de Episodio I intenta ejecutar varios conceptos. La idea de una República decadente y vulnerable a los intereses de un pequeño gremio económico no es la idea más descabellada que ha tenido George Lucas. Viendo el estado del mundo, podría decirse que esta película está basada en hechos reales. Aquí, el creador de la aclamada trilogía original establece una mano invisible capaz de utilizar a su favor la corrupción del Senado Galáctico y la avaricia de la Federación de Comercio e iniciar un plan que, brillantemente, culminaría con la instauración del Imperio Galáctico. Si bien Lucas cede un peso temático especial a esta trama, no hace de esta conspiración algo emocionante.

Los misteriosos Sith – los maestros en el lado oscuro que buscan tomarse la República – afirman que buscan vengarse de los Jedi sin tomarse la molestia de explicar por qué. Sin una justificación clara más allá de su “maldad”, los Sith motivan superficialmente toda la trama. Del mismo modo, no es mostrada alguna agresión por parte de la Federación hacia la gente de Naboo, razón por la cual ni estos villanos o sus droides de papel se sienten como una amenaza.

Por el lado de los buenos, Lucas introduce al Consejo Jedi, los protectores de la República y maestros de la Fuerza, y el poder espiritual que mantiene unida a la galaxia. Este grupo conformado por tradicionalistas se enfrasca en diálogos muy planos que no llevan a ningún sitio, cuando deberían mostrar claramente cómo es que su personalidad tan conservadora nubla su visión e impide la defensa de la República.

Los personajes principales de Episodio I habitan un mundo perjudicado por un guion desinteresado, pero su caracterización sí es interesante: Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) – un maestro Jedi radical – es tan sabio como consciente de la inercia del consejo al que sirve. La Reina Amidala (Natalie Portman) – motivada por un Senado incompetente – regresa a Naboo buscando la manera de enmendar su relación con el pueblo indígena Gungan y salvar su nación. Finalmente, el pequeño esclavo Anakin Skywalker (Jake Lloyd) – un niño tierno, desinteresado y con talentos inmensurables – sueña liberar a los esclavos de su planeta natal.

Anakin, al ser entregado a la tutela de Qui-Gon y el Consejo, se enfrenta con el hecho de que debe renunciar a sus sentimientos para ser un buen Jedi, lo que incluye también reprimir cualquier rastro de vulnerabilidad y sacrificar la relación de apego que tiene con su mamá para realizarse como guerrero.

Es triste que la sola presencia de estos personajes no sea suficiente para salvar a la película de ser tan estática. Actores con experiencia como Neeson, Portman y Samuel L. Jackson como Mace Windu suenan tan planos como el traductor de Google; ninguno logra que sus líneas o su presencia definan el conflicto de sus personajes.

Tampoco ayuda que no tengan momentos para romper la tensión con algún sarcasmo, pues todas las líneas medianamente graciosas son entregadas por el indígena gungan Jar Jar Binks (Ahmed Best), cuya ridícula presencia elimina seriedad de secuencias que la necesitan. Causa impotencia que Binks tenga un arco narrativo completo para su personaje y no exista alguno para Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), el aprendiz de Qui-Gon, que se vuelve esencial en las siguientes entregas.

En cuanto a la acción, pocas secuencias demuestran toda la imaginación que puede entregar Star Wars. Una emocionante carrera, a lo Nascar, está bien lograda y marcada por una mezcla de sonido que enfatiza con destreza el motor de cada nave. El acto final que involucra batallas espaciales y campales, un golpe de Estado y una magnífica pelea con sables de luz, es también muy memorable.

Destaco la confrontación de Qui-Gon y Obi-Wan con Darth Maul (Ray Park), pues la coreografía evidencia la personalidad de estos contrincantes: Qui-Gon canaliza su tranquilidad antes de enfrentarse al lord Sith, mientras que Maul centra su odio en su oponente. Otro punto positivo es la partitura de John Williams, quien cuenta la historia con más energía que el director; por ejemplo, cuando la República da la bienvenida a un nuevo líder, Williams ya está introduciendo de forma implícita el tema musical del mayor dictador de la ciencia ficción.

Para finalizar, es necesario destacar que una debilidad lamentable de Episodio I son sus efectos especiales. En las secuencias de la carrera y la batalla espacial final, algunos exteriores como el planeta desértico Tatooine, los espacios urbanos del planeta Coruscant y el Senado, los efectos visuales impresionan, pero el resto de la película se nota artificial. Los bosques, las columnas de los palacios, la profundidad de otros espacios y hasta el césped se ven falsos. Mientras que la trilogía original ha envejecido bien, a Episodio I la edad no le ha sentado favorablemente.

Es claro que Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma no hizo justicia a la ambición del contexto político que se quería mostrar debido a una dirección que rebaja a sus actores a robots. No obstante, la película tiene bastante imaginación. Cuando logra impresionar es buen entretenimiento gracias al inicio del cautivador arco narrativo de Anakin Skywalker.

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