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Solo sangre y sudor: Dune según Denis Villeneuve

Escrito el 25 marzo, 2022 @palmurcio
Dune
Dune. Dir. Denis Villeneuve. 202. Warner Bros. Pictures.

Cada vez que un espectador se confronta con la mera existencia de una película debe recordar que la confección de cualquier filme está fundamentada en el viejo proverbio de sangre, sudor y lágrimas. Literales y metafóricas, off-screen y on-screen.

Aunque nos hayamos acostumbrado a las lágrimas como indicadores dramáticos de clips Oscar worthy cuando conciernen a la Academia, el sudor como mero indicador biológico corporal y la sangre como baremo para calificar por públicos una obra, es importante recordar que cada uno de estos tres elementos está íntimamente atado a un departamento de maquillaje y peluquería, muchas veces puntualizado en el guion que, más allá de un compás explicativo de emociones o señales de empatía, puede redirigir el discurso entero de una cinta, como es el caso de Dune de Denis Villeneuve.

Arrakis es un planeta desértico donde la nobleza no suda. Paul Artreides (Timothée Chalamet) se pasea por los jardines de su palacio mientras los habitantes indígenas del pueblo colonizado resplandecen por la humedad de sus pieles y, como en todas las obras del director canadiense, este no es un detalle inconsistente dejado al azar. Esta decisión, perfectamente consciente, funciona como un simbolismo del abismo que separa a los aristócratas de una autarquía tanto autoimpuesta como ficticia de los Fremen, el pueblo nativo cuyos recursos son explotados y vendidos al mejor postor.

Empleando el sudor como el gran ecualizador, mientras los Artreides y los Harkonnen se mantienen secos en sus respectivas ciudades amuralladas, los Fremen sudan en un planeta donde el agua es el bien más preciado y la barrera entre la vida y la muerte. Este detalle no solo expone a ambas casas como dos caras de la misma moneda, sino que sirve de guiño referencial a la propia obra original de Frank Herbert donde describe Arrakis como “un clima tan seco donde el sudor generalmente se evapora antes de alcanzar la superficie de la piel”.

Lo mismo con el segundo elemento de nuestra ecuación: la sangre. En Dune hay plenitud de peleas, pero se quedan reservadas para el clímax de la película. Paul se enfrenta a un guerrero Fremen para protegerse a sí mismo y a su madre, y ganarse un lugar dentro del clan. Una lucha por la supervivencia donde la sangre se presenta en las manos de las alucinaciones del combatiente para que entendamos que ganar es su destino. Que, efectivamente, es el Kwisatz Haderach, el salvador, el líder, el heredero… pero justo ese instante de consagración del personaje como figura cuasi divina prescinde de posiblemente el fluido más importante de la constelación antes mencionada: las lágrimas.

Duna
Dune. Dir. Denis Villeneuve. 2021. Warner Bros. Pictures.

Con una fidelidad extrema al libro, la adaptación de Villeneuve calca acciones, pero despista el mensaje. Su mastodóntica odisea por adaptar una novela con tantos temas y capas como Dune (el libro trata colonialismo, religión, conspiración política, ecologismo, etc.) deja por el camino un elemento clave que en su momento la diferenció de cualquier otro tipo de ficción épica espacial: Paul llora.

“Una voz siseó: ¡Ha derramado lágrimas!¡Ha dado humedad al muerto!”

Paul llora después de matar por primera vez en la ficción de Herbert. Derrama agua de su propio cuerpo en un planeta desértico después de acabar con la vida de Jamis, un completo desconocido, porque, a pesar de años de entrenamiento físico, marcial y mental, no deja de ser un niño de 15 años que ha arrebatado por primera vez una vida humana. E incluso en un planeta donde el agua es más valiosa que el oro, es incapaz de contener sus propias emociones. El código de los Fremen establece que Paul tiene derecho a recuperar el agua que ha perdido en combate y, aun así, Paul es confrontado por sus rencores e impulsos más primarios. Esta reconexión en forma de agua derramada es una descarada referencia literaria a “Jesús lloró” del Evangelio de San Juan para cristalizar el mismo significado: para guiar a un pueblo, un líder tiene que ser humano.

Dune nunca fue un relato mesiánico, sino una subversión de este, donde los Fremen aceptaban a Paul Artreides, un niño mimado de una aristocracia invasora, por la empatía que les despertaba que fuese capaz de renunciar al bien más preciado de Arrakis (el agua) por uno de los suyos, sintonizando con las cualidades masculinas tradicionalmente censuradas de las figuras heroicas y celebrando la expresión de las emociones como el elemento que realmente concede fuerza. En su adaptación, el director canadiense optó por una ruta más tradicional.

¿Supone esto que la obra del autor de otras excelentes adaptaciones como Arrival o Incendies trasladó mal los elementos del material original? En absoluto, pero es interesante, por lo menos, observar cómo un detalle aparentemente inocuo puede cambiar no solo un personaje, sino la esencia entera de la historia. Un relato más cercano a un coming-of-age que deconstruía la férrea figura de “El Elegido” se ha recontorsionado a una revaloración de este. Existe un cierto miedo a mostrar la fragilidad y la inocencia de Paul en el cine y es válido preguntarnos por qué todas las adaptaciones de la obra de Herbert, desde Lynch a Villeneuve, parecen temer reconocer que Paul es tan solo un niño.

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