Palomita de maíz

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Solo por una noche nos pide que romanticemos el tecnofascismo

Escrito el 15 septiembre, 2026 @oraleia
Solo por una noche. Dir. Will Gluck. Universal Pictures México. 2026.

Cada que hay cambios revolucionarios dentro de cualquier sociedad, es natural que haya movimientos contrarrevolucionarios que busquen revertir los cambios y regresar al statu quo anterior. Desde la revolución sexual de los años 60, los grupos más conservadores y reaccionarios actúan para intentar devolver al estado social a lo que ellos consideran como “lo ideal”.

De esa forma, se avanza un poco, se retrocede otro tanto, y a mediano y largo plazo se consolidan derechos humanos básicos dentro de las democracias occidentales. Lamentablemente, en este momento estamos en el punto donde las ultraderechas se están imponiendo alrededor del mundo para revertir derechos civiles básicos y normalizar este cambio cultural. Todas estas reflexiones están en mi mente porque fui a ver una comedia romántica al cine y hace mucho que no salía tan enojada.

La premisa central de Solo una noche, del director estadounidense Will Gluck (Anyone But You, Easy A), es sencilla: se enfoca en los encuentros casuales entre Allie, cantante (Monica Barbaro), y Owen, dueño de un restaurante de pizzas (Callum Turner), a lo largo de una noche. La urgencia y acción de la historia está enmarcada en que esta noche es especial para absolutamente todas las personas (heterosexuales) solteras porque es la única de todo el año en que el gobierno estadounidense les permite tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, únicamente con condón.

El planteamiento sugiere que es The Purge (James DeMonaco, 2013) bajo un lente de comedia romántica al estilo de Nick and Norah’s Infinite Playlist (Peter Sollet, 2008), mientras que minimiza algo más alarmante y siniestro de fondo.

En este futuro hipotético, el congreso estadounidense aprobó una ley general que prohíbe a todas las personas mayores de 18 años tener sexo fuera del matrimonio. Todos deben tener un tatuaje tecnológico en su muñeca izquierda que les indica si pueden o no con los colores rojo y verde, además de reportar a las autoridades toda acción que realicen. Se comparte que esa reforma fue aplicada tres años antes y que la mayoría de la población la aceptó sin mayor protesta, al grado de que los símbolos de rebeldía, resistencia y rechazo decoran las calles de Nueva York cual  campaña publicitaria fallida.

Todos los personajes se quejan del mandato con el mismo fervor expresado al hallar algo mal con su orden en algún restaurante. Allie, la romántica y recatada protagonista, se queja de que es la única oportunidad que tiene al año para conectar con otras personas, mientras su roomie Arya (Quintessa Swindell) alardea que las personas LGBTQ+ siempre sortean a la ley para vivir y que esa noche es “para los heteros”.

Owen, estructurado y averso a los riesgos, decide aprovechar la noche dado que su novia Malika (Maya Hawke), a quien pensaba proponerle matrimonio, lo botó para experimentar con un vecino. Entre las citas exprés de la noche, Allie encuentra a un techbro (Nicholas Braun) que está desarrollando una droga experimental para bloquear los receptores del tatuaje electrónico, de manera que todos puedan volver a tener relaciones sexuales cuando quieran. Luego conoce a un cantante de protesta (Charlie Gillespie) que le confiesa que no le parece tan mal que los fascistas hayan impuesto el mandato porque les permite enfocarse en el romance de una única noche. Los condones están agotados casi en su totalidad por la fecha, y quienes tienen pueden darse el lujo de venderlos a un precio exorbitante.

El guion de Travis Braun plantea un escenario muy pasivo respecto a la pérdida de privacidad, libertad de expresión y libre asociación de la población. En este futuro hipotético y cercano a nuestro presente – se hace referencia visual a Ben y Bea (Glenn Powell y Sydney Sweeney), protagonistas de la película de 2023 Anyone But You –, se da por hecho que la gente aceptó vivir en un estado de hipervigilancia, y que esto no significó cambios importantes en su cotidianidad. El ángulo novedoso es que no se justifica esta política con la seguridad personal ni comunitaria ante la imposición de la hipervigilancia, sino que se plantea como una forma de “mejorar la calidad de vida” de las personas mientras se regresan a los “valores tradicionales” que solían definir al país.

Sabemos que el cine refleja las ansiedades y preocupaciones del contexto en el que se crea, además de ser un método para compartir ideas para que germinen en el pensamiento colectivo. Si el cine de horror refleja, explora y profundiza en nuestros miedos, el cine romántico ahonda en nuestros deseos y perspectivas de la vida cotidiana, independientemente del tono dramático o cómico que tenga.

Asimismo, la representación en los medios considera que el uso de ciertos recursos en pantalla, con luz positiva o negativa, ayuda a normalizarlas en la realidad. Al considerar nuestro presente, donde el derecho individual a la privacidad está en ataque constante (al grado de promover lentes de sol con cámaras incluidas que no alertan a otras personas de su uso) e infinidad de gobiernos están haciendo acuerdos con empresas de tecnología para implementar aparatos respaldados por inteligencia artificial (“para no quedarse atrás”, “para ser innovadores y avanzados”, “para que vean que sí invertimos en tecnología”), que una romcom abogue que es, de hecho, muy romántico esperar a tener relaciones sexuales con otra persona por mandato gubernamental y no por deseo es, en el mejor de los casos, ingenuo, y en el peor, un llamado a cambiar a fondo y por completo, las dinámicas de convivencia y sacrificar libertades personales, de privacidad y gozo a favor de los valores y principios de un gobierno fascista.

Solo una noche no es romance, es material para vender ideologías reaccionarias y aceptar que quizás, ante un panorama pesimista sobre las relaciones personales, no estaría tan mal que nos vigilaran al extremo. No se me ocurre una mejor fórmula para aceptar proyectos sociales invasivos que, décadas antes, serían impensables.

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