Scream: sobre morbo, violencia y entretenimiento

Escrito el 1 marzo, 2021 @ECinematografo
Están viendo una película de terror. Una terrible figura acosa, intimida y persigue a una adolescente…

Como espectadores pueden invertir su empatía en la muchacha, rogando porque sobreviva a su agresor. O tal vez pueden estar entretenidos con lo que están viendo, esperando un espectáculo de este posible asesinato…

Scream (1996), película escrita por Kevin Williamson y dirigida por Wes Craven, lidia con los efectos de la violencia en la mente de un público que la consume directamente del cine. Su trama es sencilla: unos adolescentes son acosados por un psicópata aficionado al género de terror, que les persigue uno a uno para asesinarlos.

La película es consciente de los tropos del género y por eso funciona mejor como un cuestionamiento del uso de violencia en el cine de terror, particularmente cuando ésta es dirigida hacia mujeres. Scream abre con una secuencia brutal en contenido y desgarradora en suspenso. Casey Backer (Drew Barrymore) recibe la llamada de un hombre que la distingue directamente como una presa. El acosador estalla en referencias a múltiples películas y manufactura una tortura psicológica para que ella salga de la seguridad de su casa y termine siendo asesinada por él.

Estas circunstancias son crueles, pero la ciudad de Woodsboro, en donde se sitúa la historia, reacciona de forma extraña. Decenas de reporteros amarillistas invaden el campus del colegio de Casey, mientras que sus compañeros son entretenidos por la noticia de su asesinato. Estos jóvenes se disfrazan del presunto asesino y se alegran de que los acontecimientos sean una excusa para que suspendan clases y puedan salir de fiesta.

Estos eventos, tan divertidos para algunos, son dolorosos para aquellos que sintieron el drama en carne propia, como es el caso de Sidney Prescott (Neve Campbell), la protagonista de la cinta. Sidney es un personaje con un diseño particular, pues no ingresa a la trama como una chica ingenua e inocente, sino como alguien que ya está traumatizada. Un año antes de los eventos de Scream, Sidney encontró a su madre asesinada (después de ser violada) y ahora es presa del escrutinio público por ser la hija de una víctima “que lo merecía”.

El acoso que recibe Sidney es preocupante, y más al considerar que la opinión pública es guiada por un periodismo insensible. Gale Weathers (Courtney Cox) es una reportera oportunista que trivializó el testimonio de la joven, pintándola como una niña confundida que señaló como culpable al hombre equivocado. Esto repercutió en que las personas crearan un imaginario de Sidney como una muchacha malcriada y mitómana. Aunque las acciones de Gale son cuestionables, Craven y Williamson hacen que sus argumentos sean lo suficientemente ambiguos como para darnos la idea de que alguien más se aprovechó del dolor de Sidney.

Cuando los asesinatos aumentan, Randy (Jamie Kennedy), el cinéfilo local, cae en cuenta de algo obvio: el criminal detrás de todo está siguiendo las reglas y la semántica de una película de terror, y ahora su siguiente blanco es Sidney.  Históricamente, las mujeres en la ficción, sobre todo en el cine de terror, han sido definidas como objetos de la mirada masculina. En las películas de la saga de Halloween, por ejemplo, las mujeres aparecen desnudas para el deleite de los hombres en el público, aunque esto no tenga ningún impacto en la trama, para ser asesinadas después en este estado.

Scream hace referencia a esto al revelar las razones por las cuales Sidney es perseguida por el asesino enmascarado. Tan adolescente y virginal como las presas de Michael Myers y Jason Voorhees, nuestra protagonista es contactada por teléfono y perseguida en su casa.  La atención recibida por Sidney por parte de la prensa y los chismosos del pueblo, sumada a la reputación de su madre, justifican en los ojos del asesino que esta adolescente, así como las mujeres del cine de terror de antaño, sea más objeto que persona y, por lo tanto, el blanco de la mirada de un espectador que disfruta su sufrimiento.

Contrario a matones que asesinan más por instinto que intención, por ejemplo, en Halloween, el villano de Scream es un psicópata trastornado por su maligna interpretación de las películas de terror. Toda la violencia representada en la cinta es intencional y tiene razón de ser dentro de un plan sádico que tiene el homicidio de Sidney como meta final. “Las películas no crean psicópatas, solo les hacen más creativos” le dice el asesino a Sidney tras revelarle su identidad y hacerle sentir impotencia por su ingenuidad y culpabilidad por ser hija de la mujer que fue su madre. De manera física, psicológica y sexual, Sidney comprende el poco valor que tiene para su agresor, una persona que armó todo un espectáculo solo para humillarle.

Incluso si Sidney Prescott derrota a su victimario, Scream deja un sinsabor muy grande. Sus antagonistas citan películas de terror con una admiración macabra, inspirados para acabar con la vida de cualquiera a partir del cine que consumen. Aunque Craven y Williamson entienden que no todo público está presto a reproducir la violencia de las películas que ven, las posibilidades resultan palpables dependiendo del abandono social de estos individuos y el nivel de misoginia de sus comunidades. Pese a la sátira tan clara que presenta, Scream ha sido citada como la inspiración de varios asesinatos perpetuados posteriores a su estreno, lo que demuestra que incluso un comentario crítico de violencia puede inspirar actos violentos.

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