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Roar: la película que situó a una familia con leones de verdad

Escrito el 15 agosto, 2022 @betovillaescusa
Roar. Dir. Noel Marshall. Filmways Pictures. 1981.

¿Habrá una película que muestre de mejor forma las consecuencias desastrosas de las buenas intenciones que Roar (1981)? La ópera prima de Noel Marshall, un agente de Hollywood y productor ejecutivo de El exorcista (William Friedkin, 1973) nació con el loable objetivo de concientizar sobre la protección de los felinos salvajes. La inspiración llegó cuando Marshall fue a África a visitar a su esposa Tippi Hedren, actriz mejor conocida por sus papeles en las películas de Alfred Hitchcock The Birds (1963) y Marnie (1964), durante el rodaje de una película. Ahí la pareja se encontró con una casa abandonada que había sido ocupada por una manada de leones. Conmovidos por la imagen, Marshall y Hedren empezaron a adoptar leones que mantenían en su casa de Los Ángeles. Cuando los vecinos, no sin razón, se empezaron a quejar del ruido, el olor y el peligro, reubicaron a los animales en un rancho 60 kilómetros al norte de la ciudad.

Fue aquí donde en 1974 empezó el rodaje de una tentativa aventura familiar con toques de comedia. Marshall y su familia estarían al frente y al centro. Los personajes principales serían interpretados por Marshall, Hedren, los hijos de él, John y Jerry Marshall, y la hija de ella, Melanie Griffith. En un principio se estimó un rodaje con un costo de tres millones de dólares y seis meses de duración, pero estos números pronto crecieron de manera exorbitante. La producción involucró a alrededor de 100 animales, incluyendo leones, tigres, pumas y guepardos, pero estos no estaban entrenados y terminaron atacando a varios actores y miembros del equipo, 70 en total. El director de fotografía Jan de Bont perdió parte de su cuero cabello, lo que requirió 120 puntadas para arreglar. Las heridas de Griffith necesitaron de cirugía de reconstrucción facial. Los financiadores originales se retiraron del proyecto después de dos años de filmación y Marshall terminó la película poniendo de su propio dinero.

La trama de Roar sigue a Hank, un experto en fauna que desarrolla una investigación sobre el comportamiento de distintas especies de felinos salvajes en África. Ocupado con la visita del comité supervisor de su proyecto, Hank se pierde la llegada de su esposa Madeleine y sus hijos, quienes vienen a visitarlo. Esperando encontrar a Hank, la familia se encuentra con que su rancho ha sido invadido por decenas de criaturas feroces que poco a poco los acorralan y empiezan a atacar. Hank, con ayuda de su amigo Mativo (Kyalo Mativo), debe apurarse para salvar a su familia, la cual desesperadamente trata de mantenerse con vida.

Cualquier emoción cinematográfica es desplazada por horror real cuando se vuelve claro que no son solo los personajes, sino los mismos actores quienes corren peligro. Particularmente horripilante es la escena en que una leona coloca sus extremidades y después sus fauces alrededor de Griffith. Una partitura alegre a cargo de Terence P. Minogue, así como un montaje final en el que la familia juega adorablemente con los animales que previamente los tenían en peligro mortal, son rastros de la tierna y aleccionadora aventura que Marshall probablemente quería hacer en un principio, pero que solo terminan creando una experiencia más bizarra. Si Roar hubiera sido concebida como una película de terror, no sería menos reprobable en su realización, pero por lo menos se acercaría más a sus intenciones originales.

Roar no fue un éxito. Su estreno original no duró más de una semana en cartelera, durante el que apenas recaudó dos millones de dólares, una fracción de su presupuesto final de 17 millones. Hedren y Marshall se divorciaron un año después, pero algunas cosas buenas salieron de ella. La experiencia no impidió que Hedren continuara protegiendo a los felinos salvajes a través de la Fundación Roar y el santuario animal Shambala. Roar fue eventualmente redescubierta por Drafthouse Films, una distribuidora especializada en películas inusuales que típicamente pasan por las grietas de la historia, y después de su exitoso reestreno, se convirtió en una película de culto.

Roar es un título que definitivamente merece tal distinción. No solo es una producción tortuosa, su mismo concepto tiene pocos equivalentes. Buscando enternecer al público a los felinos salvajes, Marshall terminó mostrando la cara más cruel e indiferente de la naturaleza, cosa que la acerca más al documental Grizzly Man (Werner Herzog, 2005) que a las películas live-action de Disney de la época. Roar subvierte el cliché de películas sobre asesinos de la naturaleza, pues no les atribuye malicia a sus animales. Esto, no obstante, puede que tenga menos que ver con el vínculo estrecho que Marshall desarrolló con ellos y más con su incapacidad de sacarles verdaderas “actuaciones”. Como dice una nota aclaratoria al inicio de la película, los animales mayormente hicieron lo que quisieron, al punto de compartir créditos de guion y dirección.

Más de 40 años después de Roar, Beast llegó a cines (Baltasar Kormákur, 2022), otra película que trata de extraer emociones del enfrentar personas y felinos salvajes. Es, por supuesto, una película muy diferente, recurriendo a efectos visuales modernos en lugar de a leones de verdad. Es un enfoque que favorece la integridad física de sus actores, pero que difícilmente podría producir una película tan memorable. Roar es un accidente de su tiempo, un espectáculo perverso, una película que produce perplejidad por el mero hecho de existir.

 

 

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