Palomita de maíz

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Wendy and Lucy: balada amarga de una mujer, un perro y un Estados Unidos lúgubre

Escrito el 4 julio, 2022 @CesarAndreZzZ

Dirección: Kelly Reichardt.

Guion: Kelly Reichardt y Jonathan Raymond.

País: Estados Unidos.

Elenco: Michelle Williams, Lucy, Wally Dalton, Will Patton.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt1152850/

Wendy and Lucy. Dir. Kelly Reichardt. Oscilloscope Pictures. 2008.

Con ocho películas desde su debut cinematográfico en 1994, la directora Kelly Reichardt es una de las voces más importantes del cine independiente contemporáneo. Su estilo metódico, paciente y minimalista observa principalmente a la clase trabajadora estadounidense en situaciones de apariencia mundanas, pero que transmiten la humanidad de sus personajes que se ve reflejada en el espectador, así como agudos comentarios sociales que derrumban el idealista “sueño americano” que con nacionalismo vende el país.

Con casi todas sus películas filmadas en Oregón, el estado se ha convertido en la cuna del cine de Reichardt, uno cuyos paisajes le permiten viajar de manera lírica y simbólica por la cara oculta del país del norte. Wendy and Lucy (2008), la tercera película de Reichardt, es uno de los exponentes más sólidos de su filmografía para comprender la esencia de su estilo. Coescrita por Jon Raymond, el relato de una mujer solitaria no da mucho contexto, pero por el año en el que se ambienta, 2008, es lógico hacer una conjetura de que la historia transcurre durante la Gran Recesión, época de severa crisis económica mundial que inició en Estados Unidos.

En Wendy and Lucy tenemos un drama sobrio que se resiste por todos los medios a ser empalagoso y explotador, pero que permite comprender las repercusiones sociales de esta crisis. Wendy (Michelle Williams) es una mujer que, junto a su perra labradora Lucy, va camino a Alaska con la posibilidad de aceptar un trabajo en su viejo Honda Accord 1998. En lo discreto y sutil se intuye que Wendy tiene escasos recursos económicos, no es cercana a su familia, es resistente a recibir ayuda de otros y dejó todo lo que tenía en Indiana, su estado de origen, como una forma de empezar de cero.

El problema es que el auto se avería luego de un largo viaje al llegar a Oregón, lugar donde se suscitarán los acontecimientos que entorpecerán los planes de Wendy. Gran parte de la brillantez de Reichardt recae en que sus personajes son seres humanos comunes sin personalidades que hagan alardes, y comprende perfectamente sus motivaciones, aspiraciones y problemas, sin establecer juicios de valor. El Oregón que la película muestra es opaco y desolado en el que solo falta una planta rodante​ del desierto para complementar el paisaje.

El mayor hincapié que hace la cinta es en la desolación de humanidad que se respira en el ambiente. La angustiosa sensación de que algo ha cambiado en el país, y el egoísmo, la falta de empatía y la prepotencia están a la orden del día. Esto queda representado en una enervante escena en la que un empleado de supermercado atrapa a Wendy hurtando comida en lata para Lucy.

Wendy and Lucy. Dir. Kelly Reichardt. Oscilloscope Pictures. 2008.

Wendy encuentra humanidad en lugares poco comunes, siendo el principal un guardia de seguridad (Walter Dalton) que la ayuda en sus momentos más vulnerables. Aun así, ninguno de los eventos altera más a Wendy que la desaparición de Lucy, su fiel compañera con quién tiene un vínculo estrecho, inalienable y duradero. Lucy se pierde, y con ella, las esperanzas de Wendy de seguir el rumbo de su viaje.

Contemplar a Wendy es simplemente fascinante. Es una mujer que contantemente se queda sola en sus pensamientos y comprendemos quién es y qué quiere, tanto por el talento de la directora para observar lo sutil, como por el talento de Williams para las expresiones faciales, las miradas de tristeza, la sensación progresiva de desesperanza que se va gestando mientras más cosas lamentables le ocurren, y la fuerza e ímpetu constante de encontrar una solución a la adversidad y sobrevivir a lo que lo ocurre con dignidad y resiliencia. Ella es una mujer desconectada que al inicio de la cinta vemos tararear mientras pasea a su perra, como si estuviese ajena al entorno. Es tan bien testaruda, resistiéndose a recibir ayuda de otros al sentir que puede ser una molestia, pues ha aprendido a resolver sus problemas por cuenta propia.

La sobriedad de la cinta evita que esto sea un ejercicio de motivación condescendiente o una historia que explota la pobreza. Es un relato paciente que muestra muchas facetas de Estados Unidos en poco tiempo: desde el clasismo e indiferencia de algunos que juzgan sin misericordia a alguien que roba alimentos en situaciones obvias de desesperación, hasta momentos en los que la misma Wendy comprende que hay personas que están en una situación económica peor a la de ella.

En el centro de esto, la encantadora compañía canina no es un recurso manipulador. Lucy era la perrita de Kelly Reichardt, quien acompañó a la directora por muchos años desde que la adoptó siendo una cachorra. Esto se traduce a la pantalla cuando Lucy parece ser lo único que ilumina el opaco pueblo en el que la protagonista está estancada. El afecto que brinda Lucy no solo a Wendy, sino al espectador, es único y emotivo, creado para conmover a cualquiera que haya tenido un perro en su vida y conozca el vínculo que se forma con estos animales, más aún, en momentos vulnerables.

En la minimalista fotografía de Sam Levy y la ausencia de banda sonora se complementa este relato que no nos permite mirar a otro lado, como estamos acostumbrados con este tipo de realidades sociales. No hay una sensación hipócrita de que “todo saldrá bien” al final de Wendy and Lucy, sino una incertidumbre demoledora que deja un silencio meditativo. Aunque Reichardt no lo dice directamente, sabemos que el rumbo de Wendy, cómo el de muchos otros alrededor del mundo, estará cargado de momentos de humanidad que nos hacen sentir menos solos en un mundo caótico y hostil.

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