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Vortex: extraordinaria e implacable elegía sobre la demencia

Escrito el 4 octubre, 2022 @CesarAndreZzZ

Disponible en: Mubi.

Dirección: Gaspar Noé.

Guion: Gaspar Noé.

Elenco: Dario Argento, Françoise Lebrun, Alex Lutz.

Países: Francia, Bélgica.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt14821150/

“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.”

– Edgar Allan Poe.

Vortex. Dir. Gaspar Noé. Mubi. 2021.

Desde sus inicios, el cineasta franco-argentino Gaspar Noé ha sido un provocador. Sus personajes suelen representar a miembros de la sociedad que consideramos moralmente reprochables y nos introduce a su mundo de una manera caótica y abrumadora. La violencia física, psicológica y sexual, tanto explícita como implícita, es el motor de muchos de sus personajes, así como la capacidad de autodestrucción del ser humano.

De manera visual y narrativa, Noé ha definido un estilo marcado que divide a los espectadores: hay quienes lo consideran un “genio loco” y los que piensan que es un agitador vulgar y reaccionario. Vortex, el séptimo largometraje de Noé, muestra una faceta diferente y necesaria del director, alejándose de la sangría con alucinógenos de Climax (2019), la pornografía hiperestilizada de Love (2015), y la violencia física despiadada de Irréversible (2002).

Limitada en escenarios y actores, Vortex es delicada para los estándares del director, quien crea experiencias cinematográficas atmosféricas que juegan constantemente con los sentidos del espectador. Si bien aquí la violencia descarnada de sus otras películas está ausente, la rumiación sobre temas sensibles y la capacidad de destruir emocionalmente al público son más potentes y resonantes que nunca. El resultado es la película más sincera de Noé, una historia profundamente emotiva, cargada de humanidad y empatía, que nos confronta con miedos primitivos: la vejez, la enfermedad, la soledad, la muerte y el olvido.

En la intimidad de un departamento parisino, una pareja de ancianos jubilados (personajes sin nombres propios) conviven en aparente tranquilidad. Él (Dario Argento) es un crítico de cine escribiendo un libro después de años de retiro, ella (Françoise Lebrun) es una famosa psiquiatra. Conversan en su balcón sobre cómo “la vida es un sueño dentro de un sueño”. Algo clave ocurre después de esta escena inicial. La pantalla se divide en dos recuadros, uno para cada miembro de la pareja. Durante casi toda la película, dos cámaras siguen a la pareja en su cotidianidad.

Este enfoque nos permite comprender sus perspectivas de los acontecimientos que ocurren durante el deterioro físico y mental de ella a causa de la demencia senil. Mientras el recuadro izquierdo la sigue a ella, confundida en un supermercado sin saber cómo llegó allí ni qué fue a hacer, el recuadro derecho muestra al esposo en un estudio del departamento, escribiendo un libro sobre cine que ha titulado “Psyque” en el que explica como “todas las películas son sueños”.

El evento del supermercado despierta una profunda preocupación en el esposo, quien solicita la ayuda del único hijo de la pareja, Stéphane (Alex Lutz), pero la resistencia y terquedad de sus padres ante cualquiera de las opciones planteadas se vuelve una frustración para él. Lo que sigue es una recopilación de momentos cotidianos cargados de un simbolismo poderoso, pues Noé es plenamente consciente de qué tipo de película está ofreciendo: una en la que los pequeños detalles son vitales para armar la historia como un rompecabezas y reinterpretarla de manera individual: desde el muro de piedras que aparece al inicio y final de la película, hasta el ruido de la radio de fondo, en la que un hombre habla sobre el proceso de duelo.

Vortex tiene más similitudes con Amour (Michael Haneke, 2012) que con cualquiera de las anteriores películas de Noé. Todos los artefactos audiovisuales que el director acostumbra para brindar sensaciones viscerales a la audiencia (luces estroboscópicas, sonidos de baja frecuencia, planos invertidos o cámara flotante), quedan alienados aquí para conseguir una naturalidad inquietante. El filme es una aproximación a la pérdida de la identidad durante la demencia en la que no hay distractores para confrontarnos con una realidad incómoda a la que todos nos enfrentamos en cierto punto de la vida, viviéndola con padres y otros familiares, o hasta en carne propia.

Vortex. Dir. Gaspar Noé. Mubi. 2021.

Tanto Haneke como Noé emplean en sus historias sobre vejez y demencia un toque de lirismo, una prudente dosis de terror y una ambigüedad moral en la que no hay bandos correctos o incorrectos ni juicios a las decisiones de los personajes. Resulta desolador observar cómo una relación de esposos se ha transformado en una de padre e hija, por el cuidado y supervisión constante que necesita ella, tomando acciones cada vez más riesgosas para la vida cotidiana de la pareja entre descuidos en la cocina y actos erráticos que parecen ser producto de la ausencia de filtros y resentimientos acumulados.

Sus intenciones se hacen más evidentes por el uso inteligente de la pantalla dividida. La fotografía de Benoît Debie demuestra no ser un capricho estético, sino una visión necesaria de lo que se hace y no se hace en cada recuadro de 2,35:1. Noé trata al espectador como un ser inteligente. Fácilmente, podríamos focalizar nuestra atención en el recuadro en el que exista más acción, movimiento y diálogo, pero la película toma nuevos significados cuando nos focalizamos en el opuesto. La línea que los separa al inicio de la película es simbólica a las soledades individuales que afrontan, los universos psicológicos y físicos por los que deambulan, un quiebre doloroso que denota una fractura inalienable en su vínculo.

Estos pequeños detalles hacen de Vortex una película que derrocha amor por sus personajes y que no cae en el acostumbrado recurso de Noé de utilizar a sus personajes como despojos de miseria y sufrimiento. Posiblemente esto se debe a que el director ha comentado cómo la experiencia de ver a su madre lidiar con la demencia y de él mismo sufrir una hemorragia cerebral en 2020 fueron inspiraciones para escribir el guion de la película. No hay un atisbo de condescendencia, manipulación emocional o victimismo y cuando Noé apela a reflexiones filosóficas sobre el significado de constructos complejos, demuestra que Vortex es más de lo que aparenta.

El personaje de Dario Argento permite trazar relaciones sinceras entre el cine y la vida. El reconocido director italiano despliega un carisma enternecedor como un esposo protector que afronta en un silencio doloroso el deterioro de su esposa, así como los deseos de mantenerse en actividad laboral para sentirse útil. El departamento lleno de pósteres de películas clásicas y sus llamadas telefónicas en las que compara el cine con la vida misma resultan fascinantes. Expone el séptimo arte con un vehículo de canalización emocional y es inevitable sentir que Noé está siendo autorreferencial cuando dice que las películas son sueños (y pesadillas), aludiendo al surrealismo lírico de sus historias.

Por su parte, la reconocida actriz francesa Françoise Lebrun es extraordinaria e inolvidable, y recuerda a Emmanuelle Riva de la mencionada Amour como una mujer al borde sus facultades, que se aferra con desesperación a la poca independencia que le queda y lidia con el terror de desconocer su entorno. Frágil y vulnerable en casi toda la historia, Lebrun ofrece más facetas que la de una mujer afligida por la enfermedad: sus roles como madre, esposa y persona se exploran en interacciones delicadas o en silencios devastadores. Queda a la imaginación del espectador pensar qué transita por la mente de esta mujer cuando tiene una mirada perdida, podrían ser sus esfuerzos por recordar algo específico, atesorar memorias de tiempos mejores o simplemente tratar de descubrir dónde se encuentra.

Vortex es sombría, estimulante, desgarradora y preciosa. Una de las mejores películas del año que al final demuestra que pocas cosas en la vida importan. El vacío que deja su resolución es tan duro como necesario. Da la sensación de tener un fantasma observándonos en silencio, en un rincón de nuestra habitación porque nos confronta con lo inevitable, los destinos seguros que la vida tiene deparados para nosotros sin importar las decisiones que tomemos.

En esa pantalla dividida se encuentran angustias que han atormentado a los seres humanos desde el inicio de los tiempos. La vida misma se plantea como un sueño porque se desvanece y está destinada a hacerlo una y otra vez. Lo único que vale la pena son los escasos momentos en los que se puede romper la división de esa pantalla (tal y como ocurre en Vortex en un par de ocasiones) y conectar con el otro, como si fuese la última vez que lo haremos.

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