Un cabo suelto: el inigualable gusto de la libertad
Dirección: Daniel Hendler.
Guion: Daniel Hendler.
Elenco: Sergio Prina, Pilar Gamboa, Alberto Wolf, Néstor Guzzini, Daniel Elías, César Troncoso.
Países: Uruguay, Argentina, España.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt36980776/
“Búsquenme donde se detiene el viento
Donde haya paz o no exista el tiempo
Donde el Sol seca las lágrimas
De las nubes en las mañanas”.
En el país de la libertad, León Gieco (1973).

“¿Uruguayo o argentino?” es una de las preguntas más recurrentes que se le hace a cualquier rioplatense cuando atraviesa una frontera. La rivalidad entre los vecinos es, en efecto, un mito del identitario popular. El acento montevideano parece asemejarse al porteño salvo por algunos modismos que solo los lugareños identifican a cabalidad. Al salir de las zonas metropolitanas, la cuestión cambia: las particularidades abundan, sí, pero el acento es imperceptible para cualquier foráneo. ¿La pregunta es capaz de ofender? Es evidente que no.
Un cabo suelto sigue, o más bien persigue, a Santiago (Sergio Prina), un policía argentino que busca atravesar, de manera ilegal, la frontera con Uruguay. Sabemos poco de él. Más allá de un gusto tonto por la gaseosa de naranja y un conocimiento, hasta absurdo, de quesería, el resto es una incógnita. Durante su travesía, el hombre va encontrándose con desconocidos que ilustran la bondad altruista de ambos pueblos. Así, conoce a Rocío (Pilar Gamboa), una empleada de un free shop con una vida más o menos aburrida que termina metiéndose en un lío simplemente por causa de su fría, aunque sincera, cordialidad. En toda la premisa loca, pero sin sobresaltos, uno se sumerge en el viaje de Santiago por alcanzar aquello que más anhela el individuo: ser verdaderamente libre.
Lo de Santiago es un verdadero roadtrip, solo que en lugar de tener como eje central una ruta empinada o un lugar montañoso que se vuelve grandilocuente, el único desafío “grande” que tiene el cabo es otro policía puesto allí para vigilar. Es hasta una burla a la cotidianeidad entre Argentina y Uruguay. En Europa, es normal que los coches crucen como si nada, porque, en efecto, la magia de la integración borra las fronteras. En el Mercosur, esto también sucede, pero sin esa mística del primer mundo, nomás como un trámite. Ese proceso burocrático es una prueba de fuego para un “prófugo” como el protagonista.
La película termina siendo también una enseñanza. En sí, el propio título es una metáfora con la que juegan Santiago y Rocío. La expresión “cabo suelto” deja entrever un asunto pendiente, sin resolver, un detalle que quedó abierto y que, en efecto, puede traer consecuencias con el paso del tiempo. Muchas veces la alocución termina refiriéndose a investigaciones complejas, de esas que se terminan aclarando de la forma más tonta o incongruente. Aquí, el cabo, literalmente, está suelto, a la merced del mundo, buscando una salida creativa ante un lío que nadie, ni siquiera él, comprende a cabalidad.
Algo fascinante del realismo en el cine latinoamericano es la simpleza de sus hipótesis. El protagonista, actor desconocido para muchos, no busca ser el héroe de nada, sino el retrato de un tipo común, sin ambiciones. El rostro de Prina transmite a la perfección eso, como también lo hace Hendler cuando está ante cámara, recordando que la persona más mundana puede resultar la más interesante. El elenco secundario, más familiar para el público uruguayo, complementa de forma armoniosa la secuencia, aportando desde pequeñas escenas para construir un relato curioso.
Mención especial la de Pilar Gamboa. Quizás la actriz más completa del medio artístico argentino en este año. Si existiera un concepto de “rostro rioplatense”, sin duda, Gamboa sería su principal exponente. Haciendo uso de su característica expresividad, la actriz da vida al personaje más terrenal de la trama, brindando un alivio cómico casi que por accidente.
Daniel Hendler, aprovechando de su carácter de hombre de las dos orillas, vuelve a ponerse tras la cámara para ilustrar un retrato fronterizo que retrata el ingenio de los tipos más simples. Un cabo suelto bien podría ser una de esas historias que uno escucha al pasar en algún pueblo perdido, que se ha contado tantas veces que, probablemente, haya sufrido miles de distorsiones, pero que aun así continúa resultado tan hilarante como interesante.
Hendler debe su reputación a personajes mundanos, tales como el Ariel de El abrazo partido (Daniel Burman, 2004), un joven que, curiosamente, comparte esa búsqueda de identidad con Santiago. Al final, uno se da cuenta de que el realizador deja en la historia un misterio sin resolver y, a ciencia cierta, eso poco importa.
El mensaje de Un cabo suelto parece ser el buscar centrarse en la lucha por la libertad del individuo, no tanto en buscar culpables o relatos heroicos. La magia radica en la simpleza de la premisa, no exenta de recovecos, pero tampoco entrando en grandilocuencias.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.
