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Un actor malo: sensacionalismo desbocado

Escrito el 3 abril, 2024 @bmo985

Dirección: Jorge Cuchí.

Guion: Jorge Cuchí.

Elenco: Alfonso Dosal, Fiona Palomo, Karla Coronado, Patricia Soto, Gerardo Trejoluna, Juan Pablo de Santiago, Ana Karina Guevara.

País: México.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt21873280/

Un actor malo. Dir. Jorge Cuchí. Catatonia Cine. 2023.

Las repercusiones del movimiento #MeToo, durante el cual acusaciones de acoso y abuso sexual se lanzaron en contra de hombres poderosos de Hollywood, incluido el futuro presidente de Estados Unidos de América, llegaron a prácticamente cada rincón del mundo, México incluido. La última película de Jorge Cuchí (50 (o Dos ballenas se encuentran en la playa) de 2020) aborda este tema a través de una situación en un set de grabación en el cual ocurre una violación frente a las cámaras.

Sandra (Fiona Palomo) y Daniel (Alfonso Dosal) protagonizan una película de tinte sórdido en la que interpretan a madrastra e hijastro que tienen un amorío a espaldas del padre de aquel, a quien asesinan. Sus papeles requieren de al menos una escena íntima, en anticipación de la cual la peluquera de la producción les sugiere hacerlo “de verdad”. Esto provoca una discusión en la que Daniel expresa su entusiasmo y Sandra su rechazo. Cuando se cita un ejemplo en el que la toma “de verdad” llegó al corte final sospechamos el derrotero de Un mal actor, pues la posterior agresión sexual se achaca a este momento, el cual una de las partes pretende como un malentendido.

Después del suceso, Sandra se atrinchera en el set junto a las atónitas, pero solidarias Regina (Karla Coronado), asistente de dirección, y Ximena (Patricia Soto), la vestuarista, quienes le preguntan qué quiere hacer. A Sandra no le da la voz para nada más que para asentir entre lágrimas cuando finalmente le preguntan si quiere denunciar. Estas escenas de aislamiento, en las que las mujeres trazan un rumbo a seguir frente a un problema mayúsculo que pone a prueba su entereza moral, es la mejor parte de la película, pues la cámara en mano de José Casillas, director de fotografía, permite un naturalismo que raya en lo documental. Uno podría imaginar cuán diferente sería una película que se enfocara en ese momento en el que una acusación permite a tres mujeres reflexionar sobre sus experiencias. Desgraciadamente no es el caso y nada se gana por lamentarse por lo que no ha sido.

Un actor malo se divide en dos secciones, el antes y el después de la violación, posterior a esta la narración adquiere urgencia, desembocando en una secuencia que sería bastante memorable por su violencia si no fuera por su carácter insólito y sensacionalista. Adicionalmente, después de la agresión, la historia se desenvuelve casi en tiempo real en el ir y venir en el set de grabación, camerinos e intercambios entre abogados, así como las reacciones y diálogos entre el crew de filmación.

Esta elección tiene sus pros y contras, pues la historia es reiterativa casi hasta el cansancio y cuando llega el gran momento de Sandra (un monólogo en primer plano sin cortes en el que Fiona Palomo aprueba con moco pelado su último examen de actuación), uno ya está cansado de escucharla describir la violación que no solo hemos visto a cuadro (pero que, es necesario aclarar, de ninguna forma es explícita), sino que la hemos visto describir a Ximena, Regina, su abogado y el director. El intento de Cuchí por alcanzar un grado elevado de realidad hace que la película sea tediosa en sus 129 minutos de duración.

Más o menos intuimos qué es lo que desea su director con toda esta repetición (provocar la indignación entre los asistentes), por lo que es de esperarse que Un actor malo sea calificada como “importante”, epíteto de tan buscado en la actualidad. Sin embargo, ¿en realidad lo es? Más bien se antoja decir que es “sensacionalista” porque a pesar de cultivar un estilo cuasidocumental y de rehuir grandes gestos dramáticos, retratando el tedio y la incertidumbre para todas las partes, culmina en una situación inexplicable e insólita que representa un viraje tan brusco de tono que creo no haber sido el único de la sala en estar desconcertado. Sin ánimos de arruinar esta sorpresa, solo mencionaré que, a pesar de contar con una excelente coordinación de acción y preparación de escena con suficiente violencia multitudinaria para recordarnos a Canoa (Felipe Cazals, 1971), es una secuencia que no tiene coherencia con lo transcurrido en los minutos anteriores ni con la escena final, que además supone una revelación irrelevante. Vamos, que ni siquiera tiene sentido con la realidad nacional ni la del movimiento feminista capitalino.

Un actor malo representa un intento de poner en la mesa de discusión uno de los temas más relevantes de nuestra era, uno que cruza el ámbito político con el personal y que, además, pone en duda los paradigmas silenciosos de la sociedad patriarcal, pero lo hace de una manera tan poco interesante, tan burda y tan frustrante, que solo es capaz de producir reacciones viscerales. No hay reflexión, solo regodeo en el dolor. No hay más que la repetición tortuosa de lo que ya sabemos: hay un culpable, una víctima y un sistema dispuesto a protegerlo.

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