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The Quiet Girl: la infancia frágil y la paternidad agridulce

Escrito el 30 enero, 2023 @CesarAndreZzZ

Dirección: Colm Bairéad.

Guion: Colm Bairéad basado en el cuento “Foster” de Claire Keegan.

Elenco: Catherine Clinch, Carrie Crowley, Andrew Bennett, Michael Patric, Kate Nic Chonaonaigh, Carolyn Bracken, Joan Sheeh.

País: Irlanda.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt15109082/

The Quiet Girl. Dir. Colm Bairéad. Neon. 2022.

Cada tanto llegan películas que se sienten proezas porque en su aparente sencillez resguardan capas de belleza, sinceridad y comprensión humanista de temas universales. Lo cortés no quita lo valiente, dice un refrán, y a veces en las películas más aparentemente pequeñas y simples se encuentran tesoros cinematográficos que conquistan corazones y hacen recordar por qué amamos tanto el séptimo arte.

Este es el caso de The Quiet Girl, una cinta que navega por las tribulaciones de lo que significa ser niño y ser padre, entre la gracia y lo sombrío. El debut de Colm Bairéad es un hito para Irlanda, su país de origen. Obtuvo siete premios por parte de la Academia Irlandesa de Cine, más que cualquier otra película en la historia de la organización, y se convirtió en la primera película irlandesa en ser nominada al Óscar en la categoría de mejor película internacional.

Adaptando la historia de Claire Keegan, el director nos lleva a la Irlanda rural de 1981, en el condado de Waterford. Cáit (Catherine Clinch) es una niña de 10 años que hace justicia inequívoca al título de la cinta. Callada, tímida y constantemente sintiéndose al margen de lo que ocurre a su alrededor, representa a esa persona introvertida que todos piensan que nada le afecta porque responde con silencio a las situaciones. El hogar de Cáit es disfuncional, y no hacen falta escenas histriónicas para demostrarlo, solo es suficiente la contemplación pura de los 15 minutos iniciales de la película.

Su casa se ve desprolija; es la menor de cuatro hermanas que la tratan con indiferencia; su madre (Kate Nic Chonaonaigh), exhausta de las labores domésticas, está embarazada nuevamente; y su padre (Michael Patric) de actitud déspota, cínica y desagradable, es un granjero frustrado que se despierta con resaca entre semana y trata con palabras punzantes a quien se le pone enfrente. Cáit va a la escuela sin desayuno, algo que intuimos pasa a menudo, y actúa como observadora pasiva ante las crisis económicas y afectivas por las que pasa su familia, ya sea escondiéndose bajo la cama o escuchando discretamente las discusiones de sus padres.

El cambio para Cáit llega en el verano cuando sus padres la envían con parientes maternos mientras el embarazo de su madre llega a término. Aunque no se diga de manera explícita, también representa una boca menos que alimentar en la casa y una hija menos que tolerar para el padre. A Cáit la recibe la pareja Cinnsealach, Eibhlín (Carrie Crowley), la prima lejana de su madre, y su esposo Séan (Andrew Bennett), en una bella casa granjera.

La estadía de Cáit con los Cinnsealach es el cuerpo de The Quiet Girl, mientras la protagonista descubre un mundo diferente a través de una crianza enfocada en la compasión y el afecto sincero. Sin embargo, las cosas no son tan obvias como aparentan en el hogar y gradualmente descubrimos secretos familiares, que, aunque sean negados, salen con crueldad a la superficie. Mientras Eibhlín muestra un cariño puro y delicado hacia Cáit, enseñándole la rutina del hogar y peinando su cabello como si de una princesa se tratase, Séan es arisco, tosco y emocionalmente distante con la niña.

The Quiet Girl. Dir. Colm Bairéad. Neon. 2022.

The Quiet Girl nos transporta a esos momentos de incertidumbre infantil en la que el mundo parece demasiado grande y los adultos muy ocupados para guiarnos por nuestras propias experiencias. Recuerda a la etérea belleza de Petite Maman (Céline Sciamma, 2021) por su magnética capacidad de crear un idilio visual y seguir las vivencias de un infante, viendo las angustias del mundo desde sus ojos. Ese silencio característico de Cáit es una herramienta de supervivencia, un mecanismo de defensa para adaptarse a un hogar en el que no hay afecto y todo se siente pragmático. No obstante, su voz está presente, y cuando desarrolla confianza en su hogar temporal, se siente.

Bairéad no es condescendiente, y aunque se puede intuir cuál es el secreto que la pareja resguarda, no hace menos dolorosa su revelación. A través de las actuaciones de Carrie Crowley y Andrew Bennett se presenta un emotivo viaje por lo que significa la paternidad: la belleza que hay en amar a un hijo, en ofrecerle cuidados y atención, en verle descubrir el mundo, adquirir independencia y crear recuerdos para atesorar en el futuro. La reconfortante interpretación de Crowley como Eibhlín transmite esa pureza, así como una tristeza frágil y contenida detrás de sus ojos, como si la presencia de Cáit evocara recuerdos agridulces.

Asimismo, la película se enfoca en lo aterrador que resulta ser padre. El miedo y el terror a los peligros del exterior que se muestran a través de la sobreprotección. Hay horror puro en imaginar la posibilidad de que algo pueda pasarle a un ser amado y cuando se trata de un hijo, ese miedo es simplemente indescriptible. Bennett representa esa polaridad en el espectro de la paternidad con Séan, y sus tratos inicialmente fríos hacia Cáit lo demuestran. Eventualmente, se torna en una figura emblemática y le recuerda a Cáit la belleza que hay en su silencio y quietud.

Enfocando lo cotidiano a través de la triangulación protagonista, la película nos lleva por un mar de emociones impresas con delicadeza sin dar golpes bajos. Angustias generales son arrojadas sobre una Cáit al borde de la pubertad. En Clinch, quien da una actuación debut notable, seguimos la inocencia personificada. Con su vestido viejo y cabello largo, Cáit parece un personaje sacado de un cuento de hadas. En sus silencios se ocultan un torrencial de pensamientos y emociones, transmitidos en pausas y titubeos al hablar y pequeñas expresiones faciales que dan al espectador la información necesaria para entenderle.

Esa fragilidad de la infancia, en la que observamos con asombro y temor el mundo e intentamos conocer lo mejor que podemos a nuestras imperfectas figuras parentales que inevitablemente idealizamos, se comprende a la perfección. Las capas del matrimonio de Séan y Eibhlín son exploradas. La química de los actores ayuda a transmitir que se trata de una pareja en la que el amor parece haberse puesto en pausa, pero sigue presente de manera mecánica. No se ha perdido el respeto y la preocupación mutua, pero el dolor de las experiencias y los secretos que meten bajo la alfombra son insoportables. La presencia de Cáit en el hogar trae una luz de esperanza y las sonrisas resplandecientes en los rostros de los tres personajes principales otorga una gracia sobrecogedora.

Los aspectos técnicos demuestran que se ha aprovechado el talento detrás de cámaras al máximo con el bajo presupuesto. La fotografía de aspecto 4:3 de Kate McCullough transmite la asfixia y la contención de emociones de los personajes. Juega de manera exquisita con las luces y sombras, otorgando planos bellos, como una escena nocturna en la playa o las secuencias en cámara lenta de Cáit corriendo. La banda sonora de Stephen Rennicks eriza la piel por su utilización de instrumentos de cuerda en momentos emotivos claves. El diseño de producción de Emma Lowney termina de crear este idilio de cuento con un aura mágica en los paisajes y locaciones que Cáit contempla.

The Quiet Girl es una película sobre lo que no se dice. Lo que resguardamos en nuestros corazones por miedo, culpa o tristeza. Cáit no es la única silenciosa; los Cinnsealach, sus padres y la audiencia también ha empleado el silencio como mecanismo de defensa para no afrontar realidades propias. Se trata de una historia que celebra la bondad humana, la belleza del acompañamiento mutuo y la sanación mutua a través de los vínculos y la empatía. No se necesita decir nada para estar ahí para otros. “Muchas personas pierden la oportunidad de quedarse calladas,” dice Séan en una escena, recordando lo bello y sanador que puede ser un simple abrazo en silencio.

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