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The Eternal Daughter: onírico relato gótico sobre el amor y el olvido

Escrito el 3 enero, 2023 @CesarAndreZzZ

Dirección: Joanna Hogg.

Guion: Joanna Hogg.

Elenco: Tilda Swinton, Joseph Mydell, Carly-Sophia Davies.

País: Reino Unido.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt13874422/

The Eternal Daughter. Dir. Joanna Hogg. A24. 2022.

De entre la niebla en una carretera galesa aparece un taxi. En este viajan madre e hija, Rosalind y Julie (Tilda Swinton en una interpretación doble), junto al perro de la primera. Su destino es un hotel clásico que era el hogar de Rosalind cuando era niña. Los motivos para su visita se desvelan lentamente: Julie, directora de cine, busca librarse de un bloqueo creativo y trabajar en una película sobre la vida de su madre, además de celebrar el cumpleaños de esta.

La intención subyacente de Julie es llevar a su madre Rosalind a un lugar que, ella supone, traerá recuerdos positivos de su infancia. Sin embargo, tal y como la directora Joanna Hogg ha mostrado antes, la memoria puede ser nuestro peor verdugo, y la estadía de madre e hija en el hotel saca a flote sensaciones y memorias desagradables.

The Eternal Daughter es la más reciente cinta de Hogg, una que llega después de las aclamadas The Souvenir (2019) y The Souvenir Part II (2021), historias profundamente personales para la directora, en las cuales, a través de Julie (Honor Swinton Byrne), revivió recuerdos de sus años estudiando cine, la agonía de una relación abusiva y la canalización del dolor en el arte como válvula de escape.

Las dos películas de The Souvenir son extraordinarios logros narrativos, canalizando emociones densas con facilidad inquietante. El pilar de aquella historia era el vínculo imperfecto, pero puro, entre madre (Rosalind) e hija (Julie), marcado por la necesidad de complacer, resentimientos ocultos, críticas pasivo-agresivas y la codependencia. Sin ser una tercera parte directa, The Eternal Daughter retoma el vínculo en un punto diferente de la vida de ambas: Julie es ahora una mujer adulta y una cineasta establecida, y su madre Rosalind, una anciana físicamente débil, pero con facultades mentales conservadas.

La decisión de tener a Tilda Swinton en un rol dual, haciendo de madre e hija, resulta desconcertante en un inicio, pero eventualmente se reafirma como necesario por el carácter teatral de la cinta. Julie y Rosalind nunca comparten una escena en pantalla, pero sus conversaciones están ahí, sintiéndose intencionalmente como monólogos sobre su relación.

Ahora que el padre de Julie ha muerto, el vínculo con su madre se ha hecho más estrecho que nunca. Los días en ese hotel en el medio de la nada, sacado de una novela de Edgar Alla Poe, no resultan lo que tenían planeado, tanto por una poco amigable recepcionista/camarera (Carly-Sophia Davies), como por ruidos y sensaciones espectrales que se ciernen sobre Julie, haciéndola cada vez más inquieta y perturbando su objetivo de escribir una película.

Las capas del filme se desvelan con inteligencia, con Hogg recurriendo a sus exquisitos diálogos habituales, punzantes y mordaces, sobre situaciones con las que es fácil identificarse. La dinámica de Julie y Rosalind ha cambiado poco en sus cimientos, siguen presentes la complacencia falsa, las respuestas condescendientes y el amor mutuo que las hace desear proteger a la otra de sus peores facetas. La preocupación de Julie por la salud de su madre y la diatriba de ser una mujer adulta sin hijos son otros temas que se rumean. La ausencia de otros personajes y las escasas locaciones hacen de la experiencia algo claustrofóbico, casi terrorífico.

The Eternal Daughter. Dir. Joanna Hogg. A24. 2022.

La interpretación doble de Swinton es notable. Juega con la corporalidad y los manierismos de ambas mujeres con facilidad. El tener a la misma actriz interpretando madre e hija obliga al espectador a notar detalles más allá del físico para entablar las diferencias. Los hijos no son una extensión de sus padres, conversación planteada de manera sutil en las películas de Hogg, y es algo que se vuelve obligatorio de notar aquí, estudiando la psicología de cada una con sinceridad y empatía.

Julie entabla conversaciones con Bill (Joseph Mydell), guardián del hotel, que hablan sobre la ética del artista y la preocupación de sentir que puede explotar su propia vida y la de su madre con excusas pedantes de cineasta provocador. La autocrítica ha sido otras de las virtudes de Hogg como escritora, planteando dilemas necesarios y angustias reales en el proceso de canalizar el dolor personal en algo artístico.

El centro de The Eternal Daughter es la dualidad de temer y atesorar los recuerdos, la manera en que la memoria puede ser la mayor virtud y la peor condena del ser humano, a veces, al mismo tiempo. Julie y Rosalind transitan por un limbo tétrico en el hotel, ya que rara vez percibimos la distinción entre día y noche. El confinamiento las lleva a la nostalgia, y resulta desgarrador reflexionar sobre la dependencia que entablamos con nuestros seres queridos y el sentimiento de insuficiencia que golpea en los momentos más inoportunos.

La ambientación es excelente. Hogg ya había trabajado con el director de fotografía Ed Rutherford en la Archipelago (2010) y con la editora Helle le Fevre en las dos entregas de The Souvenir. Junto al diseño de producción de Stéphane Collonge, el resultado es un exquisito mundo inspirado en novelas góticas. El demacrado hotel lentamente se convierte en otro personaje con habitaciones que parecen diseñadas para coexistir junto a las protagonistas según la emoción que estén atravesando.

Las escenas nocturnas en las que Julie intenta conciliar el sueño o simplemente distraerse caminando tienen un aura espectral, inquietante y mórbido. Los delicados movimientos de cámara transmiten la sensación de sentirse observado y el foco minucioso a paredes, ventanas, árboles y, sobre todo, la niebla, incrementa una tensión que es un vehículo para desorientar a Julie: los confines de su mente se ven como un hotel viejo de pasadizos confusos.

The Eternal Daughter funciona de una forma abrumadoramente emotiva. Como si aquella densa niebla que rodea el hotel fuese un símil para las defensas y barrera intelectuales que utilizamos para frenar el dolor y el trauma que vienen con la vida. Joanna Hogg se reafirma como una maestra de la metaficción al explorar los matices de esta relación madre-hija, hablando con honestidad sobre la dependencia y la alienación emocional en vínculos complicados. Es un viaje catártico y desgarrador por todos los pasajes fantasmagóricos del amor y la memoria: cómo estos nos mantienen vivos a merced de la crueldad de nuestras propias emociones.

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