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Star Wars: el ascenso de Skywalker – un churro situado en una galaxia muy, muy lejana

Escrito el 19 diciembre, 2019 @alessandra_kr

En dónde la puedes ver: cines

Director: J.J. Abrams

Elenco: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Issac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Billy Dee Williams, Keri Russell, Naomie Ackie, Anthony Daniels, Kelly Marie Tran, Ian McDiarmid, Richard E. Grant, Joonas Suotamo, Domhnall Gleeson, Billie Lourd, Lupita Nyong’o, Dominic Monaghan, Ian McDiarmid

País: Estados Unidos

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt2527338

Ya sabíamos que concluir la tercera sección de la saga más significativa de todos los tiempos no sería tarea sencilla. Por esto, mucha gente dio un suspiro de alivio cuando J.J. Abrams, director de Episodio XVII: el despertar de la fuerza, se anunció como el encargado de cerrar la historia de los Skywalker. Más al considerar el gran salto creativo que Rian Johnson dio en Episodio XVIII: los últimos jedi que provocó una revolución en este mundo cinematográfico (disclaimer: soy gran fan de esta entrega).

No obstante, al ver por fin en la pantalla grande Star Wars: el ascenso de Skywalker, un sentimiento de insatisfacción y completa furia hierve en la sangre, pues el gran camino de complejidad y conflicto establecido en las entregas anteriores – en especial en Episodio XVIII – se ve completamente omitido para presentar respuestas poco inspiradas y simplistas. El gran desafío quedó muy ambicioso para la premura e impaciencia de Abrams, pues ofrece resoluciones poco inspiradas y creativamente sosas (justicia para Kylo Ren y Rose).

Esto no implica que la película no tenga su gran dosis de diversión. Es difícil dejar de ver la pantalla a lo largo de las casi dos horas y media que dura la cinta, ya sea por la adrenalina que produce, las contadas risas que inspira, o el terror e incredulidad que provoca entre los espectadores. No importa que lo que se presente no tenga sentido, o que las resoluciones sugeridas provoquen más preguntas que respuestas, este espectáculo es estéticamente asombroso y atrapante. Si se dejan ir muchos detalles sobre lo que aparece en pantalla, se puede disfrutar la película.

Star Wars: el ascenso de Skywalker se sitúa un año después de la batalla final de Los últimos jedi. Hallamos a una Rey (Daisy Ridley) que sigue entrenando para el reencuentro inevitable con Kylo Ren (Adam Driver). Mientras tanto, Poe Dameron (Oscar Isaac), Finn (John Boyega) y Chewbacca (Joonas Suotamo) siguen en aventuras descifrando el camino para traer abajo a la Primera Orden. Por su parte, Kylo se encuentra ocupado buscando al nuevo villano de la cinta…y no, no es él y su camino por la oscuridad.

Ahora es momento de olvidar absolutamente todo lo que hemos aprendido en las películas anteriores porque el “nuevo” villano es más peligroso e importante que la lucha interna de Kylo Ren o el camino de Rey hacia la luz. Y su nombre es el Emperador Palpatin (Ian McDiarmid), quien supuestamente había muerto al final de la trilogía original, pero que milagrosamente aparece ahora como la mente maestra de todo lo que ha sucedido en las cintas anteriores (WHAAAAT?).

De esta forma, los conflictos principales son secuestrados y solucionados de manera inefectiva en un par de escenas. La historia es alterada por un nuevo conflicto más grande e importante que es incluido apresurada e insatisfactoriamente, sólo para complacer a los fanáticos de la cinta y no a lo mapeado en cintas anteriores. Pareciera que J.J. Abrams está más preocupado por hacer feliz a los fans y no en presentar una conclusión satisfactoria y cuerda a la historia.

Al respecto, la situación se vuelve incómoda cuando uno se da cuenta del gran esfuerzo que J.J. Abrams invierte por neutralizar las decisiones tomadas por Johnson. Esta ruptura creativa es desconcertante, igual merecedora de su propia trilogía trágica. Personajes, tramas y revelaciones son ignoradas y cambiadas bruscamente para convertir esto en un churro digno de alguna telenovela mexicana. Lo que prometía ser un camino de inclusión en temas de la fuerza y complejidad emocional, termina siendo un atajo a dramas familiares (nada como estropear la vida de millones de personas por los dramas internos de un puñado de familias) y lecciones cursis de hermandad y esperanza.

En vez de seguir con las múltiples posibilidades que Johnson dejó, Abrams retoma sus planes originales – desbaratando violentamente todos los cimientos dejados – y ofrece respuestas rápidas y ridículas (no miento cuando digo que en algún momento los espectadores en mi sala soltaron carcajadas incrédulas). Más allá de enfocarse en el sentido de las escenas, se enfoca en el espectáculo y la nostalgia.

Es un gran tributo a la calidad actoral del elenco para que aún así la película sea digerible y entretenida. Todos siguen comprometidos con sus partes, incluso si tienen poco que hacer – Billy Lourd, Kelly Marie Tran –, sólo pueden ofrecer las partes chuscas y divertidas de la cinta – Oscar Isaac, John Boyega -, o aportan las moralejas nostálgicas aleatorias – Anthony Daniels como C3PO o Billy Dee Williams como Lando Calrissian. No cabe duda de que es un increíble elenco – auxiliado por pequeñas partes de Richard E. Grant, Domnhall Gleeson en un arco sumamente cuestionable que merece su propia reflexión, Mark Hamill, Keri Russell y Carrie Fisher, quien aparece brevemente en un intento de tributo que termina arruinado por la falta de sentido en la historia.

Las partes emocionales más importantes de la cinta recaen en Adam Driver y Daisy Ridley, quienes ofrecen papeles satisfactorios para este final. Con tanto cambio y drama, se aprecia que por lo menos sigan igual de comprometidos que antes.

Para mí, el MVP de la película es Driver, quien tiene que lidiar con los diálogos más ridículos e increíbles como resultado de los cambios creativos de la historia. Si con este super actor se sienten débiles y forzados, no me quiero ni imaginar cómo se sentirían con alguien menos creíble. Aun así, Driver nos ofrece un vistazo de un hubiera fantástico, el cual únicamente ocasiona tristeza y congoja al saber que nunca lo tendremos. Su arco emocional merecía mucho más de lo que obtuvimos. La película sufre terriblemente cuando él no está en pantalla.

Con un final cursi e infantil, los últimos minutos dejan el sabor de una película para niños con una gran moraleja como aprendizaje. No obstante, minutos antes se presentan tantos shocks y cambios súbitos que obligan a que el espectador se queda en su asiento, intentando reponerse a la repentina conclusión y a las decisiones drásticas tomadas. No hay oportunidad ni inspiración para saborear el momento y disfrutar el desenlace. ¿Cómo se podría disfrutar ESE desenlace? Más bien, no nos queda de otra más que pensar en el hubiera y en las oportunidades perdidas (Rian Johnson te extrañamos). Ahora por favor, por el amor de Dios, dejen descansar a esta saga.

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