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Querido Thomas (21 semana de cine alemán): libros, prisiones y exilio – la vida del escritor Thomas Brasch

Escrito el 12 agosto, 2022 @bmo985

Dirección: Andreas Kleinert.

Guion: Thomas Wendrich.

País: Alemania.

Elenco: Albrecht Schuch, Jella Haase, Joel Basman, Jörg Schüttau, Ioana Iacob.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.goethe.de/ins/mx/es/kul/fil/21s/pel/fi1.html

Querido Thomas. Dir. Andreas Kleinert. The Match Factory. 2021.

¿Qué contiene una vida? Recuerdos, convicciones, creencias, en fin, pocas cosas tangibles. ¿Cómo, entonces, es posible dar idea de una vida vivida más allá de los hitos? Esa es la escabrosa tarea de la película biográfica, cuyo ascenso en años recientes se ha visto marcado por la sobre simplificación de los sujetos retratados, el sentimentalismo fácil y el retrato maniqueo de grandes mentes. Querido Thomas, una película alemana que retrata la vida del escritor Thomas Brasch, en gran medida libra estos obstáculos al configurarse en una epopeya en blanco y negro de 150 minutos sobre uno de los artistas que marcaron el panorama intelectual alemán en los años previos a la caída del muro de Berlín. Capturado en toda su arrogante, titubeante, escurridiza y, a ratos, insoportable grandilocuencia, el filme de Andreas Kleinert nos ofrece al escritor, director y guionista en toda su compleja gloria.

Brasch inició su vida en la República Democrática Alemana, aquella alineada ideológicamente con la Unión Soviética y, su padre, un militante convencido, trató de orientarlo hacia una vida de servicio al Estado. Así, enrolado en la academia para oficiales, y tras presenciar la violencia a la que se sujetaban los jóvenes casi niños,  la cual replicarían en la ciudadanía en nombre del gobierno, expresó su determinación por convertirse en escritor.

Este temprano acto de rebeldía lo colocó en un camino peculiar de confrontación: hacia el Estado, hacia su padre, hacia el Pacto de Varsovia, pero no se trató de un disidente político que encontró refugio en la ideología occidental, sino de un artista que buscó la expresión, el diálogo y la libertad de experimentar una vida sin ceñirse a los permisos del Politburó, o al menos eso es lo que el guion de Thomas Wendrich da a entender. En este sentido, Querido Thomas no es la beatificación de su personaje central. No se trata de la justificación de sus decisiones de vida ni de demostrar que siempre tuvo las opiniones correctas, sino de representar una vida en sus circunstancias precisas. No le adscribe más que lo justo para cada momento. La película es el retrato de una vida errática, sin respuestas y no alineada en un mundo maniqueo que todo simplificaba.

Como buen aspirante a escritor, el joven Thomas es un cretino insoportable: mujeriego, revolucionariamente abusivo con su maestra universitaria, desafiante y, lo peor de todo, desbordante de carisma. Es difícil entablar una relación de empatía en esta etapa de su vida y hasta sentimos alivio cuando termina en la prisión debido a su campaña de protesta ante la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Es entonces que comienza su lento camino hacia la verdad propia, aquel por el que todo joven artista debe pasar, en el que la actividad artística se revela como una necesidad biológica y no solo como una aspiración por fama y dinero. Orillado al lumpenproletariado tras su liberación anticipada de la cárcel, Thomas persigue su sueño con la misma firmeza de los metales que manipula en la fábrica metalúrgica. Es en ese momento en que, como espectadores, nos sentimos más cercanos a él. Desprovisto de su fachada de intelectual de vanguardia y galán desvergonzado con hijos por todo Berlín oriental, nos sentimos a su lado cuando se enamora de su futura esposa, la actriz Katharina Thalbach (Jella Haase), cuando se sienta a escribir páginas y páginas, cuando mira los días pasar en la fábrica, cuando hace planes con su hermano para hacer una película o cuando deambula por las calles de noche.

Querido Thomas. Dir. Andreas Kleinert. The Match Factory. 2021.

En este punto, la actuación de Albrecht Schuch demuestra su poder al dar cuenta de las complejidades de Brasch. Inicia como un malcriado ácido y encantador, un merolico pretencioso de fácil sonrisa, un engañador sarcástico que se antoja falso revolucionario y cuya honestidad se caracteriza por su agresividad, y ante la cual un puñetazo en el rostro no sería una respuesta exagerada. Después pasa a ser un enamorado de la bella Sanda (Ioana Iacob), romance teñido por la tragedia de la interrupción primero por su estancia en la prisión y después por la aparición de la mencionada Thalberg, cuyo cortejo está definido por el romanticismo idealista de dos artistas bohemios con poco o nada que perder en el Berlín oriental de la década de 1970.

Estoy hablando como alguien que no está familiarizado ni con la obra de Brasch ni con su imagen, pero me parece que Schuch canaliza de forma perfecta al artista en sus distintas etapas, imprimiéndole la urgencia de la creación, lo frenético de la búsqueda de respuestas ante el abandono de la madre patria, el hedonismo que viene con la fama y el dinero, y el dolor de verse obligado a abandonar su país. Su interpretación es nada menos que magnética, pintando un retrato de cuerpo entero que, si bien no podemos comprobar en cuanto a su verosimilitud – aspecto sobrevaluado a la hora de evaluar películas biográficas –, evoca eficazmente a un artista complicado.

La dirección de Kleinert ilustra con eficacia la intrincada vida interna de una mente ágil como la de Brasch, dejando que su propia ficción se apodere de la trama en secuencias de violencia catártica. La fotografía en blanco y negro a cargo de Johann Feindt es austera, eficiente, pero no carente de imaginación ni de la nostalgia por el tiempo pasado. La monocromía parece adecuada para una vida transcurrida en un tiempo y país que ya no existen, dejando lugar para el romanticismo idealista de su juventud y el laberinto de la soledad y los excesos de su madurez.

Querido Thomas es, en recuento, una película difícil, debido a que no estamos familiarizados con su figura central, pero poco hay en ella que no encontremos como parte de la experiencia humana. El dolor, la búsqueda del amor, el écstasis de la creación, el ánimo revolucionario de la década de 1960, la forja de una identidad propia, la familia y todas sus complicaciones, y los sueños por realizar están representados con vigor por el director Andreas Kleinert, con la actuación de Albrecht Schuch como figura central.

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