Queen at Sea (FICCI 65): el cuidado a la deriva
Sección: Largometrajes internacional.
Dirección: Lance Hammer.
Guion: Lance Hammer.
Elenco: Juliette Binoche, Tom Courtenay, Anna Calder-Marshall, Florence Hunt.
Países: Estados Unidos.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt27541205/

Hay preguntas que exceden al cine, aunque a veces se atreva a sostenerlas: ¿qué queda de una persona cuando pierde la memoria? ¿Dónde se sitúa el deseo cuando la identidad empieza a deshacerse? ¿Qué significa decidir por otro cuando ya no sabemos del todo quién es aquél?
Decidir por otros nunca ha sido sencillo —lo hacemos con los niños, bajo la idea de que aún no pueden hacerlo por sí mismos—, pero ¿qué ocurre cuando esa incapacidad aparece al final de la vida? ¿Cuándo se deja de ser capaz de consentir y bajo qué criterios? Queen at Sea, de Lance Hammer, se instala precisamente en ese terreno incierto, no tanto para responder estas preguntas, sino para sostenerlas hasta volverlas irresolubles.
La película abre con una escena que el séptime arte ha repetido en innumerables veces: alguien entra a una habitación y sorprende a otros teniendo relaciones sexuales. No obstante, aquí no hay adolescentes avergonzados ni una figura de autoridad que interrumpe; más bien, hay una hija que encuentra a su padrastro con su madre, una mujer con demencia avanzada. El gesto de irrumpir en una escena íntima es, en apariencia, el mismo, pero el sentido se desplaza por completo. La incomodidad inicial no proviene solo de lo que se ve, sino de lo que no puede determinarse con claridad.
Amanda (Juliette Binoche), la hija, reacciona con violencia, llama a la policía y precipita una cadena de acontecimientos que desbordan rápidamente cualquier certeza. Lo que en otro contexto podría leerse como una escena de intimidad conyugal, se convierte aquí en un posible abuso, aunque la película se resiste a fijar esa lectura.
Desde el inicio, Queen at Sea introduce un dilema que no se estabiliza: si Leslie (Anna Calder-Marshall) ya no puede expresarse con claridad, ¿qué valor tienen sus gestos? ¿Es posible leer en ellos una forma de consentimiento? ¿Puede alguien en ese estado afirmar o rechazar algo de manera inteligible? Más que ofrecer respuestas, la película insiste en esa zona opaca donde el deseo persiste, pero ya no puede ser interpretado con las herramientas habituales.
Lejos de reducirla a un mero enigma, la historia construye a Leslie como una presencia ambigua, pero persistente. Su cuerpo responde, se resiste, se angustia, se calma. La vemos incómoda durante el examen médico, se niega a comer, disfruta de ciertos placeres mínimos y busca a quiénes ama incluso sin nombrarlos. Hay en ella algo que insiste, que no desaparece del todo, pero que tampoco puede ser plenamente interpretado. Leslie no es solo aquello que ha perdido, pero tampoco es del todo accesible. Es en ese espacio —entre lo que permanece y lo que se desvanece— donde la película instala su conflicto más inquietante.
Martin (Tom Courtenay), el padrastro, encarna la ambigüedad del argumento de manera particularmente incómoda. En un primer momento, la película lo presenta desde la distancia: su cuerpo aparece fragmentado, observado desde arriba o abajo, como si ya estuviera inscrito en una posición sospechosa. Es fácil, al inicio, situarse del lado de Amanda, pero a medida que los minutos avanzan, esa distancia se reduce. Martin empieza a hablar, explicar, sostener una idea del amor que no se ajusta del todo a las categorías disponibles. No es simplemente un agresor, pero tampoco puede ser plenamente absuelto. Su insistencia en continuar la relación sexual con Leslie no se presenta como un acto puramente egoísta, sino como una forma —problemática e insistente— de sostener un vínculo que la enfermedad ha empezado a deshacer. La película no lo justifica, pero tampoco lo reduce: le da un espacio para explicar desde dónde actúa.
Amanda, por su parte, tampoco ocupa un lugar estable. Su reacción inicial —llamar a la policía— parece responder a una certeza ética inmediata, pero pronto se revela como un gesto atravesado por el desborde. Ella misma reconoce que no esperaba que la situación escalara de esa manera. No busca necesariamente castigar a Martin ni separarlos definitivamente, pero tampoco puede sostener la ambigüedad de lo que ha visto. Su posición está marcada por una tensión constante: quiere proteger a su madre, pero también teme asumir completamente las decisiones que esa protección implica. Como Martin, Amanda se enfrenta a una pérdida en curso: la de una madre que sigue estando ahí, pero que ya no es la misma. Entre ambos se instala una disputa que no es simplemente moral, sino afectiva: ¿quién tiene derecho a decidir cuando el otro ya no puede hacerlo?
En ese sentido, Queen at Sea desplaza el problema del consentimiento hacia un terreno inestable. No se trata únicamente de determinar si Leslie puede o no consentir, sino de reconocer que cualquier decisión que se tome sobre ella estará atravesada por interpretaciones, proyecciones y formas de cuidado que no son neutrales. Aquí, cuidar no es solo proteger, sino también imponer. Tanto Martin como Amanda actúan en nombre de Leslie, pero lo hacen desde lugares distintos, atravesados por el amor, el miedo y la imposibilidad de aceptar la pérdida. No hay una forma correcta de proceder porque el problema mismo resiste ser ordenado en términos de corrección.
La irrupción del sistema —la policía, los médicos, los trabajadores sociales— introduce un intento de orden que pronto revela sus propios límites. Lo que ocurre en la intimidad de esa habitación es traducido al lenguaje jurídico y clínico: protocolos, exámenes, declaraciones. La relación entre Martin y Leslie se convierte, de un momento a otro, en un posible caso de agresión que debe ser evaluado, clasificado y resuelto. Este pasaje, necesario en términos institucionales, resulta también profundamente inadecuado no porque el sistema actúe de forma incorrecta, sino porque aquello que intenta abordar desborda sus categorías. La escena del examen médico, en particular, pone en evidencia esa violencia involuntaria: un cuerpo que ya no comprende del todo lo que ocurre es sometido a procedimientos diseñados para producir certeza en donde lo que predomina es la opacidad.
En ese contexto, la película insiste en algo incluso más incómodo: la vulnerabilidad radical de la vejez. No solo la pérdida de memoria o de autonomía, sino la exposición total del cuerpo, la dependencia de otros para lo más básico, la imposibilidad de controlar cómo se es visto, interpretado y cuidado. Leslie habita ese estado de fragilidad, pero no desaparece en él. Sigue reaccionando, buscando, rechazando, incluso deseando. Y es precisamente esa persistencia el dilema más difícil de resolver. No se trata de alguien completamente ausente, ni de alguien plenamente presente. Esa zona intermedia obliga a quienes la rodean a tomar decisiones sin apoyarse en certezas.
Sara (Florence Hunt), la nieta, introduce un contrapunto. Sus escenas, centradas en el despertar del deseo y las primeras experiencias afectivas, funcionan como un espejo en negativo de lo que ocurre con Leslie. Si en un caso el cuerpo se abre al mundo, en el otro parece cerrarse sobre sí mismo. La comparación es evidente, y por momentos incluso subrayada, pero no termina de integrarse con fuerza al resto del relato. Más que expandir el conflicto, estas escenas lo desplazan, ofreciendo un respiro que, aunque efectivo, resulta menos denso que el núcleo de la película. Aun así, introducen una variación importante: otra forma de habitar el cuerpo, de explorar el deseo y de relacionarse con otros que pone en evidencia lo que está en juego en la historia principal.
Al final, lo que deja Queen at Sea es una forma silenciosa de desasosiego. No hay revelación, ni toma de posición clara, ni alivio moral, sino la sensación de haber asistido a una serie de decisiones imposibles y de haber acompañado a personajes que intentan hacer lo correcto sin saber qué significa eso. La película no resuelve su dilema porque entiende que no puede hacerlo, solo lo despliega con una honestidad dolorosa hasta dejarnos frente a una pregunta que el cine rara vez sostiene por tanto tiempo: ¿qué significa cuidar —y amar— cuando ya no sabemos del todo a quién tenemos enfrente?

Alejandra López Aguilar es politóloga, feminista y apasionada por el cine y la crítica cinematográfica desde hace algunos años. Comenzó a escribir sobre cine durante la pandemia y desde entonces su obsesión por el cine no ha dejado de crecer. Su director favorito es Wong Kar-wai y su imperio romano es Retrato de una mujer en llamas. Es una ferviente defensora del cine de otras latitudes más allá de Estados Unidos, y de la importancia de mantener viva la escritura y tomarse el tiempo de leer.
