Palomita de maíz

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Lo demás es ruido (TIFF 2026): la vida cuando alguien más decide filmarla

Escrito el 1 octubre, 2026 @StarcoVision

Dirección: Nicolás Pereda.

Guion: Nicolás Pereda, Juan Francisco Maldonado.

Elenco: Teresita Sánchez, Rosa Estela Juárez, Lázaro G. Rodríguez, Luisa Pardo, Francisco Barreiro.

Países: Canadá, Alemania, México.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt39383384/

“¿De qué sirve la libertad si no haces algo contundente, edificante, constructivo?”

Lo demás es ruido. Dir. Nicolás Pereda. 2026.

El ruido es, por definición, una interferencia. Algo que invade un espacio y altera aquello que intentábamos escuchar, perturba el ambiente, distorsiona hasta la nada misma. Puede ser estridente, molesto, incluso corrosivo; también mucho menos evidente, desde una conversación que se superpone a otra, un perro ladrando, una discusión familiar, coches en movimiento o un apagón que destroza la supuesta solemnidad de una entrevista.

En Lo demás es ruido, Nicolás Pereda parece preguntarse qué queda de una persona cuando todo ese ruido desaparece. Quizás, con mayor precisión, la premisa busca mostrar qué sucede cuando intentamos separar el ruido de aquello que consideramos significativo. Pulir una vida, quitarle sus interferencias, dejarla en su supuesta esencia.

Todo comienza con Rosa (Rosa Estela Juárez), una compositora de música contemporánea que está a punto de dar una entrevista televisiva. Para hacerlo, le pide a su, algo distanciada, amiga Teresa (Teresita Sánchez) que le preste su casa, un espacio ajeno que funciona también como escondite para ocultar a su marido que decidió exponerse ante las cámaras. Antes de que lleguen los entrevistadores, Rosa ensaya la versión de sí misma que el periodista debería producir. Teresa escucha sus respuestas, las corrige y, frente a una biografía que no parece ofrecer suficiente material dramático lanza una solución tan brutal como divertida: “¿Y si mejor te inventas algo? No es que tu vida no sea interesante, pero tampoco tanto”.

Ahí aparece el verdadero juego de la docuficción de Pereda. Porque si una persona modifica su historia en función del show, ¿cuándo deja de ser un testimonio y comienza a convertirse en entretenimiento? Más todavía, ¿existe realmente una versión de nosotros mismos que no sea un poco falsa para con el mundo? El realizador no parece tan interesado en resolver esa pregunta, sino que se instala en la incomodidad que produce. Rosa ensaya cómo narrarse, el entrevistador llega con una idea previa de quién debería ser ella y la cámara comienza a registrar algo que pretende funcionar como testimonio. Hasta que, en efecto, el ruido aparece y perturba la supuesta solemnidad.

Desde el inicio, todo conspira contra esa ilusión de transparencia. Hay coches que pasan, perros que ladran, conversaciones que se pisan y una electricidad que se corta hasta convertir el simple acto de grabar una entrevista en un pequeño ejercicio de resistencia. Lo más irónico es que todo aquello que debería quedar afuera termina por invadir el centro. El ruido que normalmente sería eliminado en la edición, tratado como un error o como aquello que impide acceder al contenido más puro, empieza a decir más de la situación que las propias respuestas de Rosa. Es ahí donde la ficción permite acercarse a algo todavía más reconocible.

Hay algo caótico en intentar controlar cómo somos percibidos por los demás. Rosa quiere contar una historia, pero el contexto introduce información que no encaja con la imagen que se intenta construir. Algo similar a lo que sucede en la serie Beef, donde el ruido emocional funciona como mecanismo de presión hasta transformar molestias absurdas en depósitos de ira. Aquí, por el contrario, Pereda trabaja en un registro más seco, donde la presión no explota, sino que se acumula.

En medio de todo aparece Luisa (Luisa Pardo), la hija de Teresa. Aquí Rosa muestra que, en efecto, jamás fue la protagonista. La presencia de Luisa rompe con cierto aire sepulcral que podría apoderarse de la película. Frente a personajes preocupados por el prestigio, la creación y la necesidad de que las cosas tengan algún significado trascendente, Luisa introduce una liviandad que roza lo absurdo. Es capaz de romper la ceremonia sin destruirla, recordando al espectador que incluso las conversaciones más intelectuales ocurren dentro de un mundo que no se detiene para convertirse en un discurso grandilocuente.

Pereda entiende muy bien ese absurdo. La música clásica, el instrumento, la solemnidad artística son elementos que, en otro contexto, podrían filmarse desde una admiración casi religiosa. Aquí son corridos del lugar. El chiste nunca necesita convertirse en un gag. Basta con sostener un plano unos segundos más (tales como cuando Luisa pide a los presentes que cierren los ojos para concentrarse mejor en su obra) o dejar que una situación pierda por sí sola la dignidad que parecía exigir. Quizás el buscar prestigio también es una forma de hacer ficción.

Si elimináramos todas las interrupciones para conservar los momentos más contundentes, probablemente creeríamos que se obtuvo una entrevista cuasi perfecta, pero también nos alejaríamos de la torpeza de vivir. Lo demás es ruido trabaja en esa contradicción. Queremos encontrar sentido en las personas, organizar sus historias y convertirlas en relatos coherentes, sí. Es que el cine mismo depende de esa pulsión, pero la vida muestra que la existencia está hecha también de silencios incómodos, accidentes, peleas ridículas y momentos que jamás encajarían en una biografía.

Aquí aparece, quizás, la paradoja más interesante de Pereda: la película parece un documental incluso cuando sabemos que está manipulando mucho de lo que estamos viendo. Un apagón puede repetirse, una conversación puede reconstruirse, un momento aparentemente espontáneo puede haber sido organizado para la cámara; no obstante, nada de eso destruye su verdad. Es que esa verdad no depende tanto de saber qué ocurrió realmente, sino de la sensación de estar mirando una vida desde dentro sin terminar nunca de comprenderla a cabalidad. Quizás todo lo demás no sea ruido. Quizás el ruido es aquello que hace imposible pulir una vida hasta volverla una ficción perfecta. Si esto pasa, le estamos quitando aquello que más se parece a estar vivos.

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