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La sociedad de la nieve: testeando la sangre charrúa

Escrito el 11 enero, 2024 @StarcoVision

Disponible en: Netflix.

Dirección: Juan Antonio Bayona.

Guion: Juan Antonio Bayona, Bernat Vilaplana, Jaime Marques y Nicolás Casariego basados en el libro homónimo de Pablo Vierci.

Elenco: Enzo Vogrincic, Matías Recalt, Agustín Pardella, Tomás Wolf, Agustín Della Corte, Andy Pruss, Esteban Bigliardi.

Países: España, Chile y Uruguay.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt16277242/

La sociedad de la nieve. Dir. Juan Antonio Bayona. Netflix. 2023.

“La gente necesita leyendas e historias que le levanten el alma.”

– Roberto Canessa

Al pueblo uruguayo se le conoce como “la garra charrúa”, una alocución reservada para aquellas veces donde hacen lo que parecía imposible. Es inexplicable, no tiene sustento científico, pero sí empírico y hasta moral. Cuanto más las circunstancias están en su contra, los uruguayos se las ingenian para dar una lección de resiliencia capaz de vencer cualquier adversidad. Como uruguaya doy fe de eso.

La famosa tragedia de los Andes ha marcado la identidad del pueblo oriental. Durante muchos años nos hemos jactado de que la historia es tan fuerte que Hollywood intentó apropiarse de ella haciendo una soporífera versión con actores anglosajones y un presupuesto millonario. Cierto es que Viven (Frank Marshall, 1993) no es una película mala, pero sí distante, el sueño americano que abrazó la historia del pueblo de tres millones de habitantes. Más que irreal, surrealista. Hasta ese entonces, mucho se hablaba de los Andes en estas latitudes del Cono Sur, pero poco se escribía. En 2009, el escritor uruguayo Pablo Vierci, quien fuese compañero de colegio de algunos de los protagonistas, publicó el libro homónimo del que se basa la película de Juan Antonio Bayona, que, a diferencia del texto de Viven, brinda una versión más cálida emocionalmente, pero no por ello menos fidedigna a los hechos. Hasta acá, La sociedad de la nieve es 100% Uruguay.

La historia tiene lugar en vísperas de una de las eras más oscuras de la historia reciente, algo que en sí no hace al relato, pero que tiene especial significancia para reacciones posteriores. En octubre de 1972, un equipo de rugby amateur perteneciente al Old Christians Club de Montevideo partían rumbo a Santiago de Chile para medirse con el Old Boys Club de esa ciudad. El viaje no tenía grandes particularidades, mucho menos sabiendo que el equipo uruguayo había contratado un avión de la Fuerza Uruguaya para el trayecto. Podían hacerlo, todo el contexto emana de personas con un muy buen pasar económico, pero hay cosas que van más allá de cualquier valoración del estatus social de las personas, y es que un viaje que parecía simple se convirtió en una pesadilla cuando el avión se estrelló contra la cordillera. Nada para hacer, una tragedia por donde se lo viera. La tragedia de los Andes.

Bayona toma como narrador a Numa Turcatti (Enzo Vogrincic), personaje que por azar del destino se convierte en uno de los protagonistas de la historia. Turcatti no era parte del equipo de rugby, incluso él mismo deja en claro desde el principio que apenas conocía a algunos de los que estaban en el vuelo, quienes sí eran sus amigos íntimos. Él es agua de otro pozo, diferenciándose de sus compañeros de accidente, pero no por ello menos estandarte de la sociedad montevideana. El estudiante de derecho oficia como hilo conductor de los hechos, afianzando su actuación en un Vogrincic –uno de los pocos actores uruguayos del filme–conocido para el oído del espectador de su país, a quienes algunos ya lo conocían (9, Martín Barrenechea y Nicolás Branca) y otros le terminaron de poner cara.

El filme tiene un corte central entre la presentación del viaje y el accidente per se, el cual es recreado con una intensidad tal que parece hasta maligno que sea una película de streaming. La secuencia del choque está a la altura de una escena de catástrofe que poco tiene que envidiarle a lo que Bayona hizo en Lo imposible (2012). Sería ilógico no darle el mérito al director en el cuidado de la escena y la manera en que abraza al espectador a ella. El corazón se le acelera a cualquiera porque se genera una conexión casi que palpable, como si uno chocara con ellos, más importante que ver como el avión se despedaza en los aires.

Hasta aquí, salvo el acento rioplatense, poco tiene de distinto de un filme de Hollywood. Subsiguiente, el relato se carga de una dramatización que carga la cuestión de un melodrama absoluto, plagado de diálogos antinaturales que colaboran con la carga emotiva, pero que le quitan realismo. En sí, nuevamente, no es nada que Bayona no haya hecho antes. Es como si se ablandara al espectador con el suceso al punto que está tan sobresaltado que no distingue lo irónico de los diálogos posteriores. Decir que uno no está emocionado es faltarse a la calidad humana, pero celebrarlo sin criticarlo es igual de ilógico. No se trata de una falla del filme, sino de una sobre dramatización que a algunos los vuelve fanáticos acérrimos y a otros simplemente los desconecta. Yo pertenezco al segundo grupo.

Durante el transcurso de una hora, la ficción emula la realidad. De haberlo querido, Bayona podría haber sido un magnífico director de documentales. Su destreza a nivel técnico es envidiable. Es cierto que un filme de estas características no podría haberse hecho sin un presupuesto millonario, pero eso no quita el mérito de una persona que meticulosamente se ha permitido generar un verdadero espectáculo visual. Aun cuando el filme peque de intenso, genera entretenimiento y tiene gusto por los detalles, como los ojos negros de Nando Parrado (Agustín Pardella) y la carta que alguno de ellos escribe a sus seres queridos. Tal vez este sea su error, el centrarse demasiado en la verdad al servicio del entretenimiento. Como todo en exceso, es apabullante. Las menciones a cada una de las víctimas y el momento exacto en el que los sobrevivientes recurren a comerse los cuerpos son necesarias, pero, ¿hasta qué punto? Un roce entre lo real y lo morboso es probablemente accidental, pero también nocivo.

Estar entre la minoría que no se siente complacida por el tratamiento de la historia es algo duro. Para algunos será fallar como ser humano. A no confundirse. El respeto al suceso está, muy meritorio. De la misma forma en que Francia apadrinó, sin él haberlo querido, una historia de Vinicius de Moraes y la apalancó a la cima, lo mismo hace Bayona con su amor por La sociedad de la nieve. Un poco está bien que las fronteras se desdibujen gracias al cine, pero hay algo en su trabajo que falta. Es que a Bayona se le sigue olvidando algo, él no es uruguayo. En ese afán por querer conectarse con la historia, es donde su conducción carece de algo: la garra charrúa.

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