La cabeza de la araña: ciencia ficción que no inventa el hilo negro

Escrito el 23 junio, 2022 @bmo985

Disponible en:

Dirección: Joseph Kosinski.

Guion: Rhett Reese, Paul Wernick basados en un cuento de George Saunders.

País: Estados Unidos.

Elenco: Chris Hemsworth, Miles Teller, Journee Smollett, Tess Haubrich.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt9783600/

La cabeza de la araña. Dir. Joseph Kosinski. 2022. Netflix.

Un científico loco busca cambiar al mundo, cuando lo único que debería cambiar es su falta de escrúpulos, y un puñado de personajes no tan inocentes cuyo único propósito en la vida es fungir como experimentos humanos para aquel, conforman la premisa básica de tantas películas de ciencia ficción, terror o acción que poco vale la pena en detenerse a hacer un recuento, porque entonces estaríamos hablando desde clásicos indiscutibles como Alien (Ridley Scott, 1979) hasta churros entretenidos como La isla (Michael Bay, 2005). Durante los primeros cinco minutos de La cabeza de la araña (Spiderhead), nos queda bastante claro que por ahí va la cosa, así que en ese aspecto, es mejor sentarse a verla con una cosa en mente: estamos en el terreno del cliché, así que veamos al menos cómo la libra el director Joseph Kosinski en su segunda película de 2022 después de la híper exitosa (merecidamente, si puedo apuntar) Top Gun: Maverick.

Jeff (Miles Teller) es un prisionero en una cárcel de mínima seguridad, cuya disposición de sillones comunales, videojuegos y cocina completamente equipada la hacen parecer más como la vivienda de una temporada de Big Brother que un reclusorio. Este detalle no es accidente, pues al igual que en aquella casa habitada por estrellas que perdieron su brillo, el propósito es el mismo: la vigilancia. Este agradable panóptico es supervisado por Steve Abnesti (Chris Hemsworth), un güero buena onda que insiste que los sujetos de estudio/presos lo llamen por su nombre Steve. Hemsworth lo interpreta como una mezcla entre un jefe simpático que se esfuerza demasiado por caerle bien a todos (al igual que Steve Carrell en The Office) y un apóstol de la tecnología salido de Silicon Valley, quien es a partes iguales un narcisista irredento, un explotador inclemente y, en el fondo, un cretino miedoso (cualquier parecido con, digamos, Elon Musk es pura coincidencia).

Abnesti ha desarrollado drogas que pueden inducir emociones, sentimientos y afectar la percepción de la realidad en los seres humanos. En uno de sus discursos utópicos pinta un cuadro de lo que su invento podría cambiar en la sociedad: no habría crimenes, todos podrían llevarse bien y las guerras no tendrían razón de ser.

Jeff, un bruto bonachón acongojado por los acontecimientos que lo llevaron allí y quién solo acepta participar en los experimentos con tal de no cumplir su condena en la penitenciaría estatal, no puede más que dar un rodeo con la mirada (como cuando uno escucha a uno de esos multimillonarios afirmar que podemos y debemos colonizar Marte o alguna idiotez por el estilo). El problema es que los experimentos rápidamente se salen de control y amenazan el bienestar de Lizzie (Jurnee Smollett), la amiga de Jeff en esta cárcel fifí. Steve no solo estaba equivocado en experimentar con humanos, sino también en subestimar al personaje de Teller.

Tomada como un churro de fácil entretenimiento, La cabeza de la araña cumple su cometido, al menos alejándose del miasma grisáceo que Netflix le otorga a todas sus producciones. Kosinski, como lo ha demostrado con Oblivion (2012) y la mencionada Top Gun: Maverick, es un hábil narrador en términos visuales. A lado de Claudio Miranda, su habitual director de fotografía, diseña planos repletos de interés, jugando con la profundidad de campo, colocando al elenco en distintos niveles de este, como sugiriendo las cosas que Jeff y Steve se ocultan entre sí y contrastando con las escenas compartidas entre Jeff y Lizzie, quienes comparten sus secretos y se convierten en el refugio mutuo en medio de la crueldad casual de esta prisión de arquitectura modernista. Asimismo, Kosinski le imprime un buen ritmo a la historia, la cual, por fortuna, apenas sobrepasa los 100 minutos, concentrando en sus últimos 20 minutos el clímax emocional repleto de acción e inesperado humor, aunque queda la impresión de que cierta secuencia pudo haber tenido mayor impacto.

La cabeza de la araña. Dir. Joseph Kosinski. 2022. Netflix.

Hemsworth ha tenido una carrera desigual, destacando como el hombre-dios de Marvel desde su primera aparición como Thor en 2011 y de vez en cuando haciendo proyectos interesantes con directores como Michael Mann (Hacker de 2015), Ron Howard (Rush de 2013 y En el corazón del mar de 2015) y George Miller (la próxima Furiosa, programada para 2024), así como blockbusters como Men In Black: Internacional (F. Gary Gray, 2019) y Ghostbusters (Paul Feig, 2016). Con esta película, dos cosas me parecen claras: que el hombre no está dispuesto a soltar a la gallina de los huevos de oro después de más de 10 años en el papel de Thor, y se va sintiendo más cómodo en su papel de estrella de la era del streaming (que no nos sorprenda si Marvel le da su propia serie en Disney+ después de la siguiente entrega de Thor, en la que asoma su reemplazo con Natalie Portman). Su éxito producido por Netflix, Misión de rescate (Sam Hargrave, 2020) ya tiene confirmada una secuela, mientras que La cabeza de la araña es el tipo de cinta preferida por la casa productora ahora que renuncia a ser el hogar de los autores de cine: una historia modesta hecha con un presupuesto razonable.

Personalmente, prefiero al Hemsworth que apareció en Rush, pues aprovechaba al máximo su atractivo físico y carisma para interpretar al piloto inglés de Fórmula 1, James Hunt. Kosinski aprovecha, o más bien, convierte en un arma la simpatía natural del rubio australiano para colocarlo en el papel del villano en La cabeza de la araña. Como audiencia, es imposible resistirse a sus encantos y, por más que sus monólogos apesten a falta de ética y egolatría desmedida, queremos confiar en él. Teller se convierte entonces en su mejor contraste, trayendo consigo una actitud excepcionalmente normal. Es un tipo común y, como tal, es el vehículo perfecto para que la audiencia se sienta reflejada. Es a través de él que conocemos la verdad acerca del bello monstruo interpretado por Hemsworth.

Este filme no resiste los embates de la lógica que el espectador promedio puede blandir en su contra, pues la historia que adapta tampoco es un parangón de la literatura de ciencia ficción, sino más bien una idea apenas esbozada. Para su adaptación, se comprenden ciertas licencias cinematográficas, así como ciertos compromisos con la visión maniquea de Hollywood (por ejemplo, esa secuencia final que poco convence y la creación del personaje de Lizzie), pero es innegable que Kosinski y compañía hacen que sea un viaje entretenido, vistoso y hasta musicalmente agradable (siempre se agradece la inclusión de Supertramp en una escena).

Podrá no superar su estatus de cliché andante, ni inscribirse en el canon de grandes cintas de ciencia ficción, pero por el momento es suficiente, además de demostrar que no es necesario (para Netflix) gastar 200 millones en películas anónimas de acción cuyos escenarios son 85% pantalla verde. Me doy cuenta de que decir “esto es suficiente” para calificar una película no es lo más convincente y hasta raya en lo complaciente, pero me parece un milagro que Netflix realice una película sin Ryan Reynolds y que, además, se vea como una película de verdad. Brindemos por la ligereza palomera que comienza y termina en una sola entrega.

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