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El secuestro del Papa: ¿un traidor o un iluminado?

Escrito el 22 abril, 2024 @bmo985

Dirección: Marco Bellochio.

Guion: Marco Bellochio y Susana Nicchiarelli basados en Il caso Mortara de Daniele Scalise.

Elenco: Paolo Pierobon, Fausto Russo Alesi, Barbara Ronchi, Enea Sala, Leonardo Maltese.

País: Italia.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt14137416/

El secuestro del Papa. Dir. Marco Bellochio. Zima Entertainment. 2023.

En el siglo XIX, cuando la autoridad del Papa, figura máxima de la Iglesia católica, todavía valía para algo más que para ocultar a pederastas y delincuentes, detentaba un poder casi absoluto como cabeza de Estado de los llamados Estados papales en la península itálica. No solo era infalible, también era inatacable. En ese contexto, el ejercicio del poder se parecía más al que había ejercido el “rey Sol”, Luis XIV en la Francia dieciochesca, que a las imperfectas monarquías constitucionales que comenzaban a surgir en Europa. La verticalidad jerárquica de la Iglesia obedecía a las excentricidades del portador de la tiara papal, al igual que la maquinaria de la burocracia estatal. El poder se ejercía porque podía ejercerse.

El secuestro del niño Edgardo Montara por el papa Pío IX en 1858 no puede explicarse de otra forma. Bautizado clandestina e inadecuadamente por una empleada doméstica de la familia judía Montara, el pequeño Edgardo debía – bajo la lógica del estado papal – ser removido del seno de su familia y criado en un orfanato católico, donde se le iniciaría en la fe que supuestamente le fue otorgada por la gracia de una mujer analfabeta que, al creerlo cercano a la muerte, decidió salvarlo con agua sin bendecir y un gesto de la mano que podría o no ser una cruz. Marco Bellochio, el veterano director de El secuestro del Papa, está al corriente del absurdo de la situación y algo de este absurdo se deshilvana en forma cómica a lo largo del filme, desde la extrañeza del pequeño Edgardo con los ritos católicos hasta la frustrante batalla legal que la familia Montara comienza para recuperar a su hijo. Sí, el material da para un festín lacrimógeno, pero a Bellochio no le interesa eso, sino que enfoca su mirada en los mecanismos de la religión, la familia y el poder, temáticas centrales de esta historia. Bellochio enmarca este relato de tal forma que transita de lo micro (la familia, el individuo) hacia lo macro y a la marea imparable de la historia.

La crítica hacia la milenaria institución no es del todo satírica, pero la actuación de Paolo Pierobon como Pio IX es devastadora: una dignidad repugnante, paranoica, vengativa, colérica, cuya lógica de operación escapa a cualquier explicación. Un hombre patético llevado al borde de la locura debido a la abundancia de su poder. En contraste se alzan los muy dignos Momolo y Marianna Mortara, padres de Edgardo, quienes hacen todo lo posible – para una familia perteneciente a una minoría étnica en un reino gobernado por un líder religioso – para recuperar a su hijo.

A pesar de esta caracterización, la mirada inquisitiva de Bellochio también expresa sus dudas sobre la estructura patriarcal de la familia, encontrando algunos paralelos entre las dos instituciones, ahora en crisis. Es notable, por ejemplo, la relación que se establece a través de la sucesión de planos, entre el fervor de los credos según se expresan a través de sus figuras masculinas. Aquí, el estricto inquisidor que ha orquestado el secuestro de Edgardo reza en su celda durante el juicio que el recién unificado reino de Italia le practica, aceptando su martirio y entregándose a la causa católica. Allá, Momolo, cabeza de una numerosa familia burguesa, lidera los rezos judíos con su mujer, hijas e hijos silenciosos y cabizbajos. Son dos jerarquías verticales en las que el poder lo ejerce el hombre por decreto divino.

Igualmente, los mecanismos de la religión son desvelados por Bellochio en El secuestro del Papa. ¿No es la fe nada más que el resultado de una niñez vivida en obediencia? ¿Es posible que un niño de seis años – la edad en la que Edgardo es arrebatado de su familia – pueda decidir entre una religión y otra? ¿No hay acaso algo de recitación memorística en los ritos de ambos? ¿Es posible acceder a su significado verdadero, es decir, repetir equivale a creer? El secuestro del Papa no ofrece respuestas fáciles a estas y otras preguntas, optando en cambio por hacer de Edgardo (primero interpretado por Enea Sala y posteriormente por Leonardo Maltese, ambos impecablemente elegidos) una figura compleja y no el mártir que el caso de la vida real inspiró en la prensa europea del momento. ¿Se pueden explicar las elecciones que realiza como adulto? ¿Significa su rechazo de una religión y su entrega a otra una traición para su familia? Es difícil decirlo, pues los momentos en los que Edgardo actúa con madurez son aquellos que son los más difíciles de cuadrar con lo que sabemos sobre su vida (es decir, con lo que hemos visto hasta el momento).

Este retrato humano hace que El secuestro del Papa no sea una película histórica más, pues tiene bastante personalidad para considerarla así. Además, el octogenario Bellochio utiliza un estilo ágil, moviéndose con prisa a través de los años, siguiendo de cerca a todos los hilos del caso Mortara.

Es el misterio del actuar humano lo que captura Bellochio, su sumisión voluntaria a aquello que ocupa su corazón y lo lleva a preferir un curso de acción por encima de otro, aunque no pueda explicarlo más que con un gesto de hombros encogidos. A final de cuentas, tanto a Edgardo como a nosotros nos toca vivir la vida que podemos y no la que deseamos. Por más que queramos no podemos habitar más que este momento y tomar las decisiones que tenemos disponibles y es una cuestión azarosa lo que puedan determinar los engranajes de la historia.

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