Palomita de maíz

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El baile de los 41: una mirada conmovedora a un episodio de la historia homosexual en México

Escrito el 20 mayo, 2021 @bmo985

Disponible en: Netflix.

Dirección: David Pablos.

Guion: Monika Revilla.

País: México.

Elenco: Alfonso Herrera, Emiliano Zurita y Mabel Cadena.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt11525022/

¿Cómo vivir en las sombras? ¿Cómo negar la esencia misma de lo que somos? ¿Cuán pesado es el manto público bajo el cual escondemos nuestros deseos y amores? El baile de los 41, la nueva película de David Pablos, busca contestar estas y otras preguntas.

El filme cuenta la historia detrás del hecho histórico en el que la policía porfiriana hizo una redada en un baile de hombres homosexuales, arrestando a la mayoría de sus asistentes. Entre los rumores que han acompañado esta historia se encuentra el supuesto arresto del yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre y Mier, un comerciante acaudalado casado con su hija mayor, Amada Díaz, y su huida con el visto bueno de las autoridades para evitar ser el detenido 42.

El baile de los 41 mira este suceso histórico a través de los ojos de Ignacio de la Torre, deteniéndose en su fallido matrimonio con la hija de Díaz (interpretada por Mabel Cadena) y culminando con el fatídico baile. La cinta entonces no solo es una reconstrucción histórica de lo que Carlos Monsiváis llamaría el evento que inventó la homosexualidad en México, sino que a la vez es una exploración cuasi psicológica del más notable miembro de los 41, aquel que escapó del arresto, pero cuya memoria quedó ligada por siempre a aquella redada.

David Pablos nos introduce a la Ciudad de México de principios del siglo XIX a través de una fiesta suntuosa en la que la joven pareja celebra su compromiso. La cámara viaja a través de las lujosas habitaciones en donde la élite porfiriana se deleita con banquetes.

Ignacio de la Torre (Alfonso Herrera), un hombre joven y atractivo con impecable bigote, recibe las felicitaciones de los presentes. Le aseguran que su futuro está en buenas manos, pues parece que recibirá las llaves del reino al convertirse en el yerno del dictador mexicano Porfirio Díaz. De la Torre es un hombre parco y orgulloso de sí mismo. En público, interpreta a la perfección su rol de hombre acaudalado, dandy elocuente y respetable, diputado honorable y esposo dedicado.

Sin embargo, pronto se presenta su vida oculta en un club masculino, que, de no ser por lo que los presentes tienen en común – en sus palabras: “ser maricones” –, parecería un refugio común de las masculinidades occidentales, en donde los juegos, pláticas indecentes y flujo de licores permiten a los hombres departir con los de su clase, lejos de las miradas femeninas guardianas de las buenas costumbres.

Me sorprende el parecido de este espacio con el Club de los Miércoles retratado en la segunda temporada del drama inglés The Crown. Allí se muestra cómo es que el príncipe Felipe se refugiaba de los deberes de la vida real en un entorno tóxicamente masculino, donde ponerle los cuernos a la esposa con las meseras era no solo un requisito, sino una ocurrencia semanal. En El baile de los 41 estos espacios ocultos se convierten en un refugio con la salvedad de que estos hombres, debido a su pertenencia a la élite política, social y económica, solo pueden ser ellos mismos en los confines de este club. Pueden amar, reír, jugar, expresar su ser interior, soñar y desear. Mientras que aquellos se juntaban para festejar, estos lo hacían para vivir.

Pablos retrata el mundo dual con un trabajo de cámara excepcional. La luz natural baña las habitaciones de la mansión que de la Torre comparte con Amada, mientras que los espacios del club se definen por la oscuridad y la tenue luz de las velas. La luz no significa la libertad para Ignacio, sino la represión, el rencor de su esposa y los constantes enfrentamientos con ella, mientras que las sombras y el cobijo de la noche dan pie al deseo carnal, amor, hermandad y diversión. A su vez, las velas se convierten en símbolos del deseo. Las vemos en el baile titular, en el club y en los distintos momentos del romance que consume a Ignacio.

Más que detenerse en el baile que da título al filme, el director David Pablos elige desarrollar la tragedia de Ignacio, a quien vemos infeliz en su matrimonio con Amada y en su carrera de servicio público, y cuyo único escape es el amor que comparte con Evaristo (Emiliano Zurita), un joven político. Se trata de un acierto mayúsculo, pues el guion de Monika Revilla indaga en el costo de vivir oculto en una sociedad que no concebía la homosexualidad como nada más que una perversión que debía ser erradicada (curiosamente, la homosexualidad en México no estaba penada, pero estos casos eran acusados de ofensas a la moral y a las buenas costumbres).

La cámara de Pablos adquiere matices mágicos en ciertos momentos, pues parece flotar entre las habitaciones, colocándonos en medio de la escena. Un plano inolvidable es cuando encuadra a los dos amantes en un tierno abrazo, cabiendo en la pantalla el amor, ternura y calor humano de dos personas enamoradas. Otro momento especial mira a Ignacio mientras se maquilla para el baile (al que las fuentes históricas consignan que hubo hombres arrestados vestidos de mujeres). En ese momento, Herrera ofrece una actuación preciosista de un hombre que ama y se ama, adornándose para su amante sin saber que será la última vez en que podrá ser él mismo. A pesar de que se disfraza de mujer, no se disfraza con la máscara que usa en público. Hay verdad y belleza en este momento que cautivará hasta a los escépticos que solo reconocen a Herrera por su papel en Rebelde (Pedro Torres, 2004-06).

El Ignacio de la Torre que Herrera personifica es un hombre que se esfuerza por mantener en público una apariencia varonil, inexpugnable y parca en expresiones. Por momentos parece que el asunto es que Herrera se ha convertido en un palo, por lo tieso que aparece en escena, pero esta es una manera de comunicar las formas en que su personaje vive su día a día. Su comportamiento en el club de los 41 es distinto: se siente a sus anchas, en libertad y con los suyos. La actuación de Herrera es el vehículo a través del cual conocemos los dos mundos que habita de la Torre.

Hay que destacar también la actuación de Mabel Cadena, quien forma la parte más desdichada de este triángulo amoroso. Cadena tiene una presencia descomunal frente a la cámara, poseedora de una mirada potente que por un momento provoca lástima y al otro conjura una tormenta de furia y venganza hacia su marido. A pesar de tratarse de un papel menor respecto al de Ignacio y Evaristo, Cadena hace un trabajo tan bueno que por momentos quisiéramos que la historia se enfocara en su fragilidad y rabia apenas contenida, su infelicidad como la hija del dictador mexicano y cuya madre – una mujer indígena – fue condenado a vivir fuera del ojo público.

El baile de los 41 es una película que sorprende con la belleza de su fotografía de contrastes y, sobre todo, con las actuaciones de Alfonso Herrera y Mabel Cadena. Si bien se le puede recriminar la torpeza de sus diálogos, en general deja un buen sabor de boca al presentar un episodio de la historia LGBTTI+ en México con una perspectiva humanizada y humanizadora.

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