El alma quiere volar: poética femenina de lo latinoamericano
Dirección: Diana Montenegro.
Guion: Diana Montenegro.
Elenco: Laura Castro Artuz, María Fernanda Puyo, Lilia Córdoba, Luis Eduardo Merino, Patricia Simone, Sissy Garcés, Gladys López Donado, Héctor Mejía, Juan Diego Buitrago.
Países: Colombia, Brasil.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt13804322/

El cine colombiano vive un momento de gloria. Películas como Amparo (Dir. Simón Mesa Soto), Un varón (Dir. Fabián Hernández), Anhell 69 (Dir. Theo Montoya), La jauría (Dir. Andrés Ramírez Pullido) y Los reyes del mundo (Dir. Laura Mora) se han presentado con éxito en algunos de los festivales más prestigiosos del mundo. Las dos últimas se exhiben actualmente en salas de cine de Colombia, y ahora compartirán cartelera con el primer largometraje de Diana Montenegro, quien confirma la explosión de talentos creativos del país andino.
El alma quiere volar narra la historia de Camila (Laura Castro Artuz), una niña que debe pasar las vacaciones en casa de su abuela Gladys (Lilia Córdoba), la matriarca de la familia, quien vive acompañada de sus hijas Clemencia (Sissy Garcés) y Nancy (Patricia Simone), tías de Camila.
La cinta filmada en Cali arranca con una escena perturbadora. Camila se acerca lentamente a una habitación, de donde se escuchan los gritos de cólera de un hombre y el llanto de una mujer. Al abrir la puerta, la niña observa a su papá azotando a su madre con un cinturón. Si hay algo que Camila desea en la vida es que sus padres se separen. “Haz que mi padre encuentre otra mujer y mi mamá encuentre otro hombre”, reza la niña.
Esta familia es una de tradiciones católicas fuertes. “Con los santos no se juega”, le advierte doña Gladys a su nieta. Los ritos católicos de estas mujeres se mezclan con prácticas ancestrales diversas, como la “limpia con huevo” para purificar el cuerpo y curar el “mal de ojo”, o los intentos por comunicarse con los muertos.
Se trata de un aspecto interesante de la cinta, ya que las prácticas de brujería no implican, en la mayoría de los casos, que no se crea en un dios cristiano. De hecho, en muchas ocasiones, la religión y la brujería se unen de formas extrañas para representar un todo que cubre la fe y la esperanza de aquella persona devota a ambas prácticas. Se trata de un sincretismo simbólico en el que se unen religión y brujería y que refleja la mezcla cultural del continente americano.
De este modo, Camila viaja a través de pequeños misterios y rumores que podrían esconder la razón por la que las mujeres de su familia no son felices. “En nuestra familia es diferente y tenemos una maldición. Las maldiciones vienen de la oscuridad, son como una marca que no se borra”, le explica la tía Clemencia.

Montenegro no trata a sus personajes con lástima o condescendencia. Por el contrario, con valentía y honestidad, retrata a mujeres melancólicas y añorantes, llenas de ilusiones rotas, que se aferran a cualquier destello de felicidad.
Asimismo, la cinta rehúye de toda expresión preciosista. Más bien, busca mostrar lo imperfecto de sus personajes femeninos, desnudas ante el lente de la cámara, literal y metafóricamente; la belleza amarga de lo ambiguo y contradictorio; mujeres malditas que son frágiles y crueles al mismo tiempo.
El lenguaje visual de la película es notable. El alma quiere volar, a diferencia de obras emblemáticas en la cinematografía colombiana, no se caracteriza por una estética de desencanto en espacios de extrema pobreza. Casi todas las escenas transcurren al interior del caserón de doña Gladys. La fotografía, a cargo de Andrés Morales, captura estos espacios con candor y envuelve al espectador en una experiencia familiar y cercana. La cámara se desplaza lentamente en sentido horizontal ofreciendo un valor descriptivo.
Igualmente, momentos como la celebración del cumpleaños de la abuela, con serenatas y boleros, así como una escena de Nancy llorando por su amado mientras suena “Por qué será” de Rudy La Scala, conforman una poética femenina de lo latinoamericano.
También resulta notable la mezcla de estilos narrativos y los cambios tonales. Por momentos, la película se acerca al género del horror. La música original de David Hilowitz crea una sensación de espanto. Hay varios instantes inquietantes con personajes que actúan al borde de la locura. Otras instancias, como el viaje de amigas y vecinas al campo, son liberadoras. Así, se resaltan principios de vecindad y sororidad.
Reminiscente de los universos narrativos de Gabriel García Márquez e Isabel Allende, El alma quiere volar es un relato fascinante de brujas, fantasmas y maldiciones. De igual forma, implica la introducción de una voz potente en el cine colombiano.

Kenny Díaz nació un 28 de enero de 1996 en Carolina, Puerto Rico, en donde vive. Creció viendo telenovelas con su mamá y amando el pop romántico contemporáneo. Su amor por el cine vendría más tarde junto con el seguimiento a las premiaciones como los Globos de Oro y los Premios Óscar. Ama el cine de Terrence Davies y las historias centradas en personajes femeninos fuertes y complejos. Obtuvo su bachillerato en Historia de América en 2019 de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Actualmente cursa una Maestría en Estudios Culturales en la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Gurabo. Entre sus intereses de investigación están los movimientos sociales y prácticas de resistencia, la construcción de culturas de paz y el problema de la violencia en América Latina desde la producción cultural, con énfasis en el cine y la literatura. Aspira a ser guionista de cine en unos años, así como docente e investigador.
