Dìdi: el arte de ser un cretino
Dirección: Sean Wang.
Guion: Sean Wang.
Elenco: Izaac Wang, Joan Chen, Shirley Chen, Chang Li Hua, Mahaela Park, Raul Dial, Aaron Chang, Chiron Cillia Denk, Sunil Mukherjee Maurillo, Montay Boseman, Alysha Syed.
País: Estados Unidos.
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Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt30319503/

Dicen que mientras más creces, más entiendes a tus padres. Tal vez la mayor muestra de madurez es mirar al pasado, a tu yo adolescente y avergonzarte simpáticamente por la ridícula percepción que tenías del mundo. No por nada el psicólogo estadounidense Stanley Hall llamó a la adolescencia un periodo de «tormenta y estrés» que, en términos coloquiales, se traduce a que hay mucha sensibilidad y poco autocontrol.
En la adolescencia, los sucesos en apariencia mínimos se sienten como el fin del mundo, y principalmente, la presión por ser «diferentes» resulta sofocante. Por lo tanto, es común que en la lucha por una identidad marcada surjan crisis existenciales que se traducen a lo que mejor saben hacer los adolescentes: odiar a sus padres y creer que nadie los entiende.
En 2024, llegó Dìdi al salón de la fama de los coming-of-age. El debut del director taiwanés-estadounidense Sean Wang es una joya que capta cómo es crecer a merced de nuestra propias emociones erráticas y cómo la insidiosa presión por ser «únicos» resulta contraproducente para la salud mental.
La historia sigue a Chris Wang (Izaac Wang), un adolescente que vive en los suburbios californianos durante el verano de 2008. En aquella época, la moda skater y los primeros videos de YouTube, dos de las pasiones de Chris, son los temas recurrentes entre los círculos juveniles. Chris, quien representa una versión ficcionalizada del propio director, afronta diferentes tipos de crisis de identidad, siendo la más obvia la cultura, dado que si bien vive en un vecindario culturalmente diverso, no hay muchos niños asiáticos. Así, se siente relegado a borrar cualquier rastro de su cultura para «americanizarse» y pasar desapercibido.
En su casa le dicen «dìdi» (expresión en mandarín que significa hermano menor), particularmente su cariñosa madre Chungsing (Joan Chen), pero para Chris lo único importante se encuentra fuera de los confines de su hogar. Su identidad se moldea por lo que está allá afuera, en los diferentes grupos de adolescentes unidos por afinidades en común a los cuáles Chris quiere pertenecer a toda costa, ya que sus mejores amigos Fahad (Raul Dial) y Soup (Aaron Chang) le parecen demasiado infantiles.
Lo fascinante de Dídi como película no es tanto su estructura, la cual es típica de las comedias dramáticas adolescentes, sino su apelación a la melancolía existencial de estar en ese umbral de la vida en el que hay deseos de independencia, pero no la madurez emocional para lograrlos. Tal y como los clásicos de John Hughes hasta Lady Bird (Greta Gerwig, 2017) y Eighth Grade (Bo Burnham, 2018), la cinta de Wang escapa de la autocomplacencia. A través del personaje de Chris, fantásticamente construido por Izaac Wang, Dídi desmonta un par de mitos: primero, que la meritocracia no existe; y segundo, que hay que ser «bueno» en todo lo que nos propongamos.
Chris es un muchacho extremadamente promedio en todos los aspectos imaginables: no es demasiado listo, no es el chico más atractivo, no tiene una habilidad artística oculta, no es brillante para tratar a las chicas, tampoco es hábil en los deportes ni en la habilidades que dice tener para presumir y hacerse amigos falsos. Es precisamente esa faceta “promedio” lo que permite una conexión empática entre el personaje y la audiencia por más insoportable y egocéntrico que pueda ser.
La interpretación de Joan Chen en el rol de Chungsing es arrebatadora y compasiva porque es un reflejo de la persistencia del amor maternal, aun cuando los hijos hacen todo para no merecerlo. Hay una historia oculta en este personaje que la actriz desvela con gestos sutiles que se roban cada segundo que está en pantalla. Wang, por su parte, ofrece una actuación matizada marcada por la ira constante, la cual fácilmente puede ser vista como una manifestación de la depresión.
Dìdi es un triunfo porque es hilarante al satirizar la vergüenza ajena que dan los adolescentes al intentar encajar en un mundo de locura, además de que es un manifiesto emotivo sobre lo que es ser un joven con ambiciones que se da cuenta de que el mundo no es tan risueño como las fantasías adolescentes lo hacen ver y cómo en el frustrante proceso de forjar una identidad podemos alienar a las personas que verdaderamente nos aman. La película permite que cada quién eche un vistazo a su propia juventud y, en lugar de cuestionar lo que se podría haber hecho diferente, busca abrazar los altibajos de la adolescencia como algo importante, pero nunca definitivo.

Psicólogo desde 2018, cinéfilo de toda la vida. Me apasiona el cine independiente, los documentales y la animación. Entre mis cineastas favoritos se encuentran Michael Haneke, Abbas Kiarostami, Richard Linklater, Ken Loach, Kelly Reichardt y Céline Sciamma por su sinceridad y humanismo al entender los complejos matices del ser humano. Quizá fue la película Boyhood (Linklater, 2014) la que me hizo dar cuenta de la capacidad de belleza que tiene el cine como un medio para transformarnos a partir de historias que conecten a nivel emocional, reflejen o no nuestras experiencias de vida. Desde entonces, muchas películas han cambiado mi perspectiva no solo del séptimo arte sino de la vida en general.
