Palomita de maíz

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Club cero: la comida como mecanismo de control

Escrito el 14 junio, 2024 @andreamarserr

Dirección: Jessica Hausner.

Guion: Jessica Hausner, Géraldine Bajard.

Elenco: Mia Wasikowska, Sidse Babett Knudsen, Amir El-Masry, Elsa Zylberstein, Mathieu Demy, Ksenia Devriendt, Luke Barker, Florence Baker, Samuel D Anderson, Gwen Currant, Amanda Lawrence, Sam Hoare, Camilla Rutherford, Keeley Forsyth, Lukas Turtur, Isabel Lamers, Andrei Hozoc, Laoisha O’Callaghan, Sade McNichols-Thomas, Szandra Asztalos, Rebecca Crankshaw.

Países: Austria, Dinamarca, Francia, Alemania, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos, Catar, Bosnia y Herzegovina. 

Duración: 110 minutos.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt18235146/ 

Club Zero. Dir. Jessica Hausner. Zima Entertainment. 2023.

En una academia privada para jóvenes talentosos, un grupo de estudiantes se inscribe a la clase de nutrición de la maestra Novak (Mia Wasikowska). Allí, los más vulnerables, por circunstancias familiares, económicas o de salud, caen presa de las ideas de “alimentación consciente” de su profesora.

La alimentación consciente suena a una de esas soluciones mágicas a un sinfín de situaciones complejas: ¿quieres bajar de peso? Aliméntate de forma consciente. ¿Quieres generar un impacto en la industria del consumo alimenticio? Aliméntate de forma consciente. ¿Quieres tener más energía o dejar de padecer diabetes? Aliméntate. De forma. Consciente.

La alimentación consciente existe con la idea de estar presentes, sin distracciones y escuchando al cuerpo a la hora de comer. Si bien así inicia la instrucción de la maestra Novak, la alimentación consciente rápidamente se convierte en un trastorno alimenticio que rebasa hasta a los padres de los jóvenes involucrados. Entonces, Novak se convierte en una figura de autoridad que abusa del vínculo que tiene con sus alumnos en una especie de dinámica de culto.

Considerando que la alimentación es un eje fundamental de la sociedad, su uso como mecanismo de control no es de sorprender. En la iglesia católica, por ejemplo, el sacramento de la eucaristía consiste en consumir —simbólicamente— el cuerpo y la sangre de Cristo, pero solo pueden hacerlo aquellos que se encuentran libres de pecado.

Quizá es eso lo que Hausner quiere retratar en este largometraje: la idea de que las personas que fungen un papel de guía en la sociedad, como los líderes religiosos o, en este caso, los profesores, pueden aprovecharse de las personas inestables a las que buscan nutrir (jeje). En Club cero, el mecanismo de control es la comida y la falta de alimentación es equiparada con la fe: si tienes eso y fuerza de voluntad, puede que ni siquiera necesites comer, pero solo si eres capaz de controlar tus impulsos.

Desafortunadamente, la película parece enfocarse más en incomodar al espectador superficialmente, que en lo que quiere decir. Como persona a la cual es fácil provocar ganas de vomitar, no recuerdo la última vez que una película me hizo sentir tal desagrado como una escena en donde una chica se come su propio vómito.

Para ese punto es claro que, entre los colores (destaca la presencia de un amarillo/verde fosforescente), la música (percusiones y un instrumento de cuerdas similar a  un shamisén, y que es lo que más me gustó de la película), y el diseño de audio (énfasis en el sonido insoportable de personas masticando), Jessica Hausner busca una reacción de incomodidad en la audiencia. Mi pregunta es, ¿para qué? Es allí, en su claridad de propósito, donde Club cero flaquea.

La incomodidad al momento de ver un largometraje no es en sí mismo algo indeseable; al contrario, muchas de mis experiencias favoritas en la butaca (o en mi sillón) han estado marcadas por  una profunda sensación de incomodidad. Sin embargo, invariablemente esas historias aportan algo más que sólo la mera sensación. Este no es el caso aquí. Además, si bien se considera una comedia de humor negro, los chistes no resultan en más que un par de carcajadas jocosas.

Asimismo, la película se siente monótona entre lo reiterativo de los diálogos y el movimiento de la cámara. Ésta se limita a hacer acercamientos y alejamientos, así como desplazamientos de un lado a otro sobre su propio eje, de manera que inicialmente resulta interesante por la aparente intencionalidad con la que lo hace para guiar la mirada del espectador, pero que para la mitad de la cinta deja de llamar la atención.

Por su parte, el elenco realiza un buen trabajo, particularmente los padres preocupados por sus hijos y los jóvenes que interpretan a las víctimas de Wasikowska. No es que ella haga un mal trabajo, pues transmite lo inquietante de su personaje con un semblante tanto accesible como siniestro, pero al igual que los otros aspectos mencionados, su actuación  se vuelve monótona.

Club cero toca temas densos como los trastornos alimenticios, las relaciones de poder, la ausencia de los padres y la susceptibilidad de las personas vulnerables de caer en dinámicas poco saludables. Sin embargo, no se posiciona ni transmite nada que amerite casi dos horas de retratar con un intento fallido de humor a jóvenes sometidos a un lavado de cerebro. Pronto deja de ser entretenida.

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