Bloody Oranges (Cannes 2021): una comedia negra que abusa de la provocación

Escrito el 15 julio, 2021 @alessandra_kr

Sección: Proyecciones de medianoche.

Dirección: Jean-Christophe Meurisse.

Guion: Jean-Christophe Meurisse con la colaboración de Amélie Philippe & Yohann Gloaguen.

Elenco: Alexandre Steiger, Christophe Paou, Lilith Grasmug, Lorella Cravotta, Olivier Saladin, Fred Blin, Denis Podalydès, Blanche Gardin, Vincent Dedienne, Florence Janas, Céline Fuhrer, Anthony Paliotti, Patrice Laffont.

País: Francia.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt13274576/

Mi dosis de shock en esta edición de Cannes ya se cubrió. Y no, no fue con Titane de Julia Ducournau, a la cual no tuve acceso, sino Bloody Oranges, el más reciente esfuerzo de Jean-Christophe Meurisse que tuvo su debut idóneo en la sección de “proyecciones de medianoche” del Festival. La película presenta una mirada cómica, pero desagradablemente cruda de la sociedad francesa a través de la satirización de temas actuales – que bien pueden identificarse en muchas otras sociedades – en dónde cuatro realidades se encuentran de una u otra forma.

Bloody Oranges inicia con una discusión acalorada entre los integrantes de un jurado de baile. En su discusión por escoger al top tres de parejas que pasarán a la siguiente ronda se entreven diferentes puntos de vista, prioridades y hasta perspectivas sobre lo que se considera una enfermedad. Un cuestionamiento sobre la manera en que debería calificarse a una bailarina discapacitada se vuelve incómoda al explorar lo que es políticamente correcto y los verdaderos sentimientos de los integrantes del jurado. Ésta es una de las escenas en dónde el diálogo incendiario y con estilo de improvisación brilla a través de la interpretación de los actores. Se pierde la línea divisoria entre la aportación del actor y el respeto al libreto.

Esto solo funciona como la introducción ambigua a nuestros protagonistas, cada uno con su propia realidad aparentemente independiente de los demás, pero que poco a poco se van entrelazando. En este sentido, Bloody Oranges sería un producto à la Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel) sin el tono oscuro, pero sí la tragedia. Este filme es una comedia negra e irónica que produce malestar. Después de un acondicionamiento a las circunstancias de la historia es que las risas aparecen.

La primera historia gira en torno a Laurence (Lorella Cravotta) y Olivier (Olivier Saladin), una pareja anciana que está inundada en deudas. Como solución, esperan ganar la competencia de baile y así pagar lo que deben al banco con el premio del primer lugar.

La segunda historia junta a dos personajes principales. Por un lado, Stéphane Lemarchand (Christophe Paou) es el ministro de finanzas sospechoso de cometer fraude a la vez que planea introducir medidas fiscales agresivas. Por el otro, Alexandre (Alexandre Steiger) es un abogado que trabaja para la consultoría en la que se recarga Stéphane cuando se entera de que una periodista está haciendo preguntas sobre su dinero. Sus historias se entrelazan en más de una ocasión, primero en calidad de cliente-abogado, y luego de manera aleatoria e indirecta.

La última protagonista es Louise (Lilith Grasmug), una jovencita de 16 años que está lista para perder su virginidad con el chico que le gusta, pero con el que nunca ha hablado.

La cinta, dividida en dos secciones, presenta dos lados de cada personaje. En el día, su lado más amigable, mientras que en la noche habrá un cambio drástico a partir de las circunstancias que se les presentan. Drásticamente divisoria en su mensaje y ejecución, lo que no se puede negar es la calidad de las actuaciones. La mayoría de los integrantes del elenco tienen un fondo de teatro cómico, y aquí pueden esparcir sus habilidades al presentar discusiones acaloradas, situaciones más dramáticas que producen risas incómodas y un sentido de ironía en todo momento.

Cada historia puede encontrar su contraparte con los sucesos de otro personaje. Por ejemplo, la pareja anciana que está batallando con el dinero contrasta con la del ministro de finanzas corrupto que está preparado para introducir medidas que afectarán directamente a estos personajes. Louise se encuentra con su enamorado, solo para después toparse accidentalmente con un depravado sexual (Frédéric Blin).

Al respecto, Jean-Christophe Meurisse no se limita en mostrar actitudes tóxicas y reprobables en el día a día de la gente, reflejando la mezquindad humana y, francamente, haciendo que la audiencia no sienta empatía por casi nadie, solo Louise. Las interacciones con otras personas están marcadas por la animosidad, violencia y desdén.

Por si esto fuera poco, en la noche, la balanza del poder se ajusta y las situaciones cambian en un abrir y cerrar de ojos. Así es como se introducen dos escenas impactantes y desagradables (una de estas es la cosa más descontrolada y sadista que he visto en mucho), y aparentemente inspiradas en hechos reales sobre los que Meurisse se enteró en las noticias.

Con esta transformación, Bloody Oranges demuestra que siempre habrá alguien más intenso y peligroso que otro. A través de una cadena de acciones, las lealtades cambian y se adaptan a las nuevas realidades. En un segundo alguien es un héroe, o por lo menos una figura aceptable, para poco después convertirse en el villano de alguien más.

La radicalización y exageración de las decisiones tomadas por cada personaje es impactante. En este sentido, Bloody Oranges llama la atención por la falta de idealización de sus personajes a la vez que ofrece un comentario político sobre la violencia, el capitalismo y la corrección política. Definitivamente esta película no es para todos, pero para aquellos que aguanten llegar hasta el final, se encontrarán reflexionando sobre su mensaje y ejecución.

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