Benedetta: la intersección entre deseo, poder y divinidad

Escrito el 17 enero, 2022 @bmo985

Disponible en: cines (a partir del 20 de enero).

Dirección: Paul Verhoeven.

Guion: David Birke y Paul Verhoeven, basado en el libro de Judith C. Brown, Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy.

País: Francia.

Elenco: Virginie Efira, Daphné Patakia, Charlotte Rampling, Lambert Wilson.

Palomómetro:

Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt6823148/

Benedetta
Benedetta. Dir. Paul Verhoeven. 2021. Tulip Pictures.

Una niña piadosa en la Toscana del siglo XVII crece para convertirse en la controversial madre superiora de un convento femenino en la pequeña ciudad de Pescia, tras manifestársele numerosas visiones de Jesús en la nueva película del incansable director neerlandés Paul Verhoeven, quien demuestra su versatilidad en este relato de erotismo, feminidad, poder y divinidad.

Es bien sabido que Verhoeven tiene gustos peculiares, no solo por la riqueza simbólica de sus cintas, sin importar su aparente superficialidad (Robocop y Starship Troopers vienen a la mente), sino porque constantemente ha demostrado ser el poseedor de un sentido del humor perverso, así como un erotismo irredento. En Benedetta, estrenada en el pasado Festival de Cannes, estos intereses convergen nuevamente para dar forma a este relato político, erótico y místico sobre una monja.

Benedetta (Virginie Efira) ingresa al convento de Pescia a corta edad, y si bien da pie a la especulación sobre su santidad (se enfrenta con un grupo de bandidos y los hace retroceder), es hasta su madurez cuando las constantes visiones de la divinidad, así como la aparición de los estigmas (similares a las lesiones sufridas por Jesús en la crucifixión y que usualmente señalaban la existencia del contacto divino) la catapultan a la fama, primero colocándola como madre superiora de su convento y después como protectora de la ciudad toscana. Paralelamente, la cinta sigue su relación lésbica con Bartolomea (Daphné Patakia), otra monja del claustro.

Verhoeven trata su historia con cierta ambigüedad, pues por un lado, muestra sus fantásticas visiones divinas, que a menudo provocan la risa del público por su inusual imaginación (Jesús protegiendo a Benedetta de serpientes venenosas, partiéndolas a la mitad con su báculo de pastor), y por el otro, mediante los personajes de la abadesa Felicita (Charlotte Rampling), el nuncio Alfonso (Lambert Wilson) y la hermana Christina (Louise Chevillote), nos preguntamos si se trata en realidad de un elaborado ardid por parte de la protagonista. Este estira y afloja entre la santidad y la blasfemia, el pecado y la salvación, la manipulación y la inocencia, la desnudez y la pudicia de los atuendos conventuales marca el filme de Verhoeven.

Esta ambigüedad responde a que este filme es una adaptación de un libro de historia y no de ficción. Judith C. Brown, estudiosa de la modernidad italiana, publicó en 1984 su libro sobre Benedetta Carlini, nacida en 1590, radicada en el convento de Pescia y procesada por sus relaciones carnales con una monja del mismo convento. Es claro por qué un libro de historia interesó tanto a Verhoeven no solo por el morbo de contar el caso más antiguo de lesbianismo documentado en Europa, sino por las posibilidades políticas que halló en la historia de una monja que, mediante sus visiones, ambición y empuje, se convirtió en el ícono de su ciudad y en la abadesa de su grupo religioso, trascendiendo las limitaciones impuestas a su género, todo mientras tenía un romance homosexual con una monja. Benedetta es subversión pura y bajo la cámara del veterano director, somos testigos de su ascenso y caída.

Benedetta
Benedetta. Dir. Paul Verhoeven. 2021. Tulip Pictures.

Otro aspecto que destaca de la cinta es el interés de Verhoeven por el cuerpo, no solo por las curvas de sus protagonistas, sino la sensualidad entendida como la totalidad del cuerpo humano. Flatulencias, caricias, abrazos, heridas sangrantes, todo tiene cabida en la puesta en escena de Benedetta. A pesar de su claro artificio – los labios de las monjas son de un rojo perfecto –, al director le interesa la existencia humana sin adorno.

Consideremos, por ejemplo, que cuando Bartolomea y Benedetta demuestran por primera vez su química – pecaminosa para una, juguetona y curiosa para la otra –, se encuentran defecando juntas. Posteriormente, la insistencia de una inocente Bartolomea por conocer – en el sentido bíblico – a la otra, provoca una escena que derrocha sensualidad: los cuerpos a una contraluz suavizada por la cortina que separa sus camas, la anticipación del tacto, los suspiros de placer. Benedetta puede leerse también como una celebración del cuerpo, el placer y el sufrimiento (es una cinta barroca no solo por su temporalidad, sino por su temática).

Claro que el tema principal es la mujer como actor político y como persona propia. El filme es sumamente interesante por su exploración de las formas en que una mujer podía adquirir cierto poder sin formar parte de la realeza, en una época en que esto no era posible. Asimismo, su enfoque en los deseos, las visiones y vida interior de su protagonista (contradictoria, dudosa, una santa y una maldita) lo convierten en un paradigma de cómo debe realizarse la adaptación de un personaje histórico: sin anacronismos y sin ese ánimo posmoderno de transplantar ideologías del siglo XXI al pasado. El compromiso de Verhoeven y su coguionista David Birke (Elle, 2016) con la representación fidedigna de sus personajes como entidades de su tiempo y lugar es loable (este humilde escritor, alguna vez estudiante de historia, no tiene más que agradecerles).

La fotografía de Jeanne Lapoirie y la música de Anne Dudley destacan, aquella por sus tenues contraluces, y esta por las suaves melodías que nos transportan a la Toscana de la temprana modernidad, pero quien merece las palmas es la dupla formada por Virginie Efira y Daphné Patakia. Aquella oscila entre la disociación piadosa de las fantasías vívidas a plena luz del día y la ambición desmedida, mientras que la última es poseedora de una salvaje inocencia.

Si bien su tercer acto deja mucho qué desear, Benedetta cumple su cometido al negarse a darnos la respuesta que tanto queremos, así como por su apego a la verosimilitud histórica (que no a la verdad).

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