Beetlejuice Beetlejuice: nunca es demasiado tarde
Dirección: Tim Burton.
Guion: Alfred Gough, Miles Millar y Seth Grahame-Smith, basado en personajes de Michael McDowell y Larry Wilson.
País: Estados Unidos.
Elenco: Michael Keaton, Winona Ryder, Catherine O’Hara, Jenna Ortega, Justin Theroux, Monica Bellucci y Willem Dafoe.
Palomómetro:![]()
Más información de la película: https://www.imdb.com/title/tt2049403/
“Estas no son mis reglas. Ahora que lo pienso, no tengo ninguna regla.”
Beetlejuice en Beetlejuice (1988)

Vivimos en un mundo de constante corrección e incorrección. Un ida y vuelta que no lleva a ningún sitio, sino todo lo contrario, agota a todos los individuos. Está el temor de que, en un desborde, terminemos siendo condenados por faltar a lo humanamente acertado. ¿Quién dicta estas leyes de la moral? ¿Qué sucede si abandonamos las mismas? Muchas interrogantes y pocas, más bien, casi nulas, respuestas. La Beetlejuice de Tim Burton obliga a los espectadores a despojarse de esas premisas terrenales para dar paso a una más oscura: ¿qué submundo se esconde una vez que uno se aparta de lo terrenal?
En Beetlejuice (1988), la historia se centra en Barbara (Geena Davis) y Adam Maitland (Alec Baldwin), un matrimonio que aprovecha sus vacaciones para decorar su nueva casa rural. Lo que prometía ser un placentero viaje de pareja termina en una tragedia que, de la manera más absurda, acaba con sus vidas. Mientras intentan ajustarse al hecho de que ya no están más en el cuadro de los vivos, los tortolitos se enteran de que su hogar ha sido vendido a la nefasta familia Deetz, cuya hija adolescente, Lydia (Winona Ryder), tiene el poder de comunicarse con los muertos. Sin nada más que perder, los Maitlands se contactan con un bio-exorcista conocido como Beetlejuice (Michael Keaton) para que espante a los nuevos dueños y hacer que, en cierta forma, les devuelvan su casa.
El filme original no parece dejar cabos sueltos, pero sí quizás un poco de sed respecto al ilustre personaje que da nombre a la marquesina. El Beetlejuice de Keaton, tal como el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins en The Silence of the Lambs (Jonathan Demme, 1991), aparece unos escasos minutos en pantalla, apenas 17 para ser exactos. Aplausos aparte para la destreza de un intérprete como Keaton, quien en aquel entonces se calzó la valiente labor de dar vida (o no tan vida, mejor dicho) a una suerte de figura clownesca que oscila entre un villano y un atípico protagonista. En Beetlejuice Beetlejuice (2024), el guion continúa tentando a los devotos del personaje, haciendo ver que la fascinación por el personaje tiene que aprender del conformismo. En efecto, Beetlejuice como tal no tiene un tiempo excesivo en pantalla, pero, así como “el diablo más sabe por viejo que por diablo”, el Sr. Juice dice más de la historia permaneciendo fuera de pantalla que dentro de esta.
Para esta nueva versión, Lydia se ha convertido en una adulta nefasta, quien utiliza su pseudo don supernatural para conducir un show llamado Ghost House bajo las órdenes de su vehemente novio, Rory (Justin Theroux). Aunque la subtrama del show a lo Andrea Caracortada de Kika (Pedro Almodóvar, 1993) parece curiosa, la misma dura unos escasos minutos, cuando Lydia, en medio de una alucinación con Beetlejuice recibe la noticia de que su padre Charles ha fallecido en un accidente. La ahora más que nunca familia disfuncional le da la noticia a la hija de Lydia, Astrid (Jenna Ortega), quien está en una especie de internado y que, como buena adolescente, evita su madre a toda costa. La rebeldía propia de su edad y un proceso de autodescubrimiento son el hilo conductor para el gran regreso del ahora freelancer, Beetlejuice.
La situación vuelve a darse casi como un espejo, el innecesario coqueteo entre vivos y muertos que lleva a que los primeros, por error, adelanten su momento de encuentro con los segundos. Sin embargo, a diferencia de la primera película, aquí se da pie al talón de Aquiles de Beetlejuice, su ex esposa, Doleres (Monica Bellucci), una bruja de los tiempos de la peste negra quien, muerta y mutilada, vuelve a las andadas para cobrarle unos cuantos sustos a su ex maridito.
Mientras que la película original creó una suerte de devotos, la secuela ha de conectar la generación del 88 con la del 2024. No es una película de tono familiar ni mucho menos, no es que Burton quiera dar un mensaje de unidad usando como móvil un personaje macabro, pero se permite usar una criatura tan despiadada como hilo conductor con un único fin: el de entretener. Juice sigue siendo un nefasto que, gracias a su peculiar ingenio, hace reír casi tanto como espantar. Difícil está superar a la original, aunque seguramente tampoco haya sido la intención. Entre el humor y la ironía, el guion esconde pequeños mensajes que muestran que, en las situaciones más adversas, se requiere de una gran capacidad de unidad.
Burton hizo esperar a sus fieles casi 36 años para volver a dar vida al nefasto Beetlejuice. ¿Valió la pena rezar tantos años? Como todo milagro, tiene su parte buena y su extraña salvedad. En cierta forma, desde que el filme original finaliza queda la conciencia del espectador de que el personaje, en efecto, puede dar mucho más. Sin embargo, los tiempos han cambiado, los estándares de comedia y absurdo ya no son los mismos que a finales de la década de los 80. ¿Son las nuevas generaciones tan permeables como para prestarse a tan descabellada ironía? Haciendo los debidos (o más bien, necesarios) ajustes, la respuesta es afirmativa porque siempre es bueno ver a un villano que haga reír.

Made in Uruguay, a Valentina el corazón le pertenece a sus raíces eslavas como las que retratan Pawlikowski en Cold War y Kusturica en When Father Was Away on Business. Firme defensora del Óscar de Faye Dunaway por Network, fanática del Almodóvar de Tacones Lejanos y fundamentalista de Vanessa Kirby. Cuenta los días para que The Academy salde su cuenta pendiente con Bradley Cooper. Ah, y para entretenerse, un cartón dice que es internacionalista.
