RAN: Desolación, legado y vejez

Escrito el 22 abril, 2021 @ECinematografo

Había una vez un insigne director de cine que enfrentó el ocaso de su carrera. Desorientado por el fracaso de varios de sus esfuerzos creativos, Akira Kurosawa encontró consuelo en dos historias: una parábola sobre Mōri Motonari, un señor feudal japonés, y El Rey Lear, una obra de teatro escrita por William Shakespeare. Siendo los protagonistas de estas obras unos monarcas ingenuos que pensaron que sus hazañas serían respetadas por sus allegados, el cineasta sintió afinidad por sus experiencias y los utilizó como inspiración para crear Ran (1985).

Situada en el Japón Medieval, Ran sigue a Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai), un terrateniente que se prepara para dividir su reino entre sus tres hijos, esperando ser cuidado por ellos durante sus últimos años. La decisión de Hidetora es aclamada por sus hijos mayores, pero señalada como absurda por parte de Saburo (Daisuke Ryu), su hijo menor. Saburo señala que, así como el territorio de su padre fue construido con astucia y crueldad, ¿acaso sus herederos tampoco estarán interesados en destruir el reino solo para que lo gobierne uno?

La vejez de Hidetora es condenada por Kurosawa y su equipo de escritores, construyendo una película que registra las desventuras de un hombre destinado a enfrentar la banalidad de su legado. A diferencia del caso de Mōri Motonari, quien cedió su reino a hijos leales, Kurosawa hace que Hidetora complazca a sus hijos más aduladores, destierre a aquél que lo enfrentó con la verdad, y no asegure ningún tipo de poder para sí mismo.

Siguiendo el orden de los eventos del texto de Shakespeare, Hidetora es expulsado de las casas de sus hijos, quienes abiertamente rechazan su criterio y lo coercionan para entregar el poco poder simbólico que le quedaba. Hidetora y su séquito terminan viviendo en la intemperie, esperando morir después de que los hijos del rey ordenan que ningún campesino ayude al antiguo monarca. Este último acontecimiento resulta ser crudo cuando recordamos que la película abre con el anciano soberano siendo un cazador ágil que reniega de la carne de su presa por “estar vieja”.

Aun cuando la historia de El Rey Lear es la tragedia de un hombre cuyo único pecado fue juzgar mal las ambiciones de su familia, la adaptación de Kurosawa presenta a un hombre que olvidó que fue capaz de una crueldad infinita cuando tuvo poder, e ignora las consecuencias de sus acciones en el corazón de quienes lo rodean: todos sus castillos son robados de sus adversarios, todas las mujeres en su séquito son rehenes, y sus hijos buscan heredar una colonia repleta de personas que resienten a la familia Ichimonji.

En Ran, algunas víctimas y adversarios de Hidetora son mujeres, seres que cumplen su función en la historia como símbolos de un sufrimiento invisibilizado por las narrativas del poder dominante. Sué (Yoshiko Miyazaki) es la esposa del segundo hijo de Hidetora y una superviviente de guerra que enfrenta su trauma con ayuda del budismo. Cuando Hidetora le pregunta por qué no siente odio hacia él, un hombre que devastó a su familia, Sué prefiere refugiarse en sus creencias antes que responder con violencia. En cambio, Kaede (Mieko Harada), otra nuera de Hidetora, hace explícitas las razones de su rencor. Ella, un botín de guerra entregada en matrimonio al hijo del hombre que destruyó su vida, hace todo lo posible para aprovechar el vacío de poder que dejó Hidetora y sabotear la masculinidad débil de sus hijos.

Sué y Kaede son inversiones inteligentes de El Rey Lear y regalan cierta urgencia al apocalipsis que vive el reino. Por un lado, queremos que Sué sobreviva y, por el otro, no sabemos si apoyar a Kaede o abrumarnos por cómo su deseo de venganza permite la renovación del ciclo de violencia.

Ran es un término que significa caos y confusión. Aún con el reino de Hidetora Ichimonji en llamas, la maestría del director de la cinta es indescriptible. Famoso por estar directamente involucrado en todos los aspectos técnicos de sus películas, Kurosawa lidera a artistas consumados. El equipo de vestuario (ganador del Óscar) codifica personajes y ejércitos enteros gracias a un uso definitivo del color. El extrovertido maquillaje transforma el porte de un poderoso señor feudal en un hombre desorientado, deprimido y patético. Finalmente, la dirección de fotografía permite que la cámara se aleje lo suficiente de actores estáticos que sorprenden cuando deciden tomar acción, mientras nubes intensas son testigos de la violencia desatada en estas tierras.

Una escena en particular es inolvidable. Alrededor de la mitad de la cinta, Hidetora piensa que puede descansar en un castillo abandonado; sin embargo, es atacado por la alianza de dos ejércitos. Lo único que le quedaba de su orgullo eran los hombres a su servicio y todos mueren ante la traición de sus hijos. El mayor logro de esta escena es la devastadora atmósfera provocada por cientos de cadáveres apilándose, mientras que un montaje tan calmado como grotesco potencia el caos. La imagen más memorable es un Hidetora que no ha sido atravesado por las flechas de sus hijos, pero que parece muerto en vida. Mientras todo un castillo se incendia, un pálido señor emerge de las ruinas, atravesando las líneas enemigas para dirigirse hacia la nada. Esto establece el ritmo narrativo del resto de la cinta: a donde sea que migre el deteriorado rey, siempre encuentra las cenizas de todo lo que destruyó en vida.

Ran es un acontecimiento y el triunfo de un hombre que no presenció el deterioro de su legado, a diferencia de sus inspiraciones. La meticulosa preparación de Kurosawa rinde frutos, pese a haber perdido a personas que amaba y respetaba durante la filmación (incluyendo su esposa y varios colaboradores).

Finalmente, la película es un testamento de que las buenas adaptaciones no son copias del material original, sino un testamento de cómo impactan al artista. Ran es la reflexión de un creador y adulto mayor que temía a los peligros de su legado y que se sentía abrumado por la posibilidad de que las ambiciones de los hombres resultaran en un caos inmenso y un futuro incierto.

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