Qué debemos saber sobre los nuevos estándares de representación e inclusión de la Academia

Escrito el 11 septiembre, 2020 @la_loulu

El martes pasado, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS o Academia), organización encargada de la entrega de los Premios Óscar, presentó sus anunciadas medidas para garantizar la representación e inclusión de minorías como parte de su Iniciativa de Apertura 2025. Los estándares de representación e inclusión para la elegibilidad en la categoría de Mejor película están diseñados para impulsar la integración delante y detrás de cámaras, y así reflejar de mejor manera a las audiencias.

Naturalmente, esta medida ha tomado por sorpresa a algunos, y es un hecho que la Academia necesitará complementarla con una guía más amplia y precisa. Esto es lo que comprendemos hasta ahora.

Para empezar, se debe indicar que no estamos precisamente ante una novedad normativa o un trabajo disruptivo en cuanto a reglamentos de premiaciones cinematográficas se refiere. Es importante recordar que el Instituto de Cine Británico (BFI) fue la principal fuente de información para la Academia. Los estándares de diversidad del BFI ya se han aplicado en ciertas categorías de premios tanto de BAFTA como de BIFA.

Consecuentemente, los cuatro estándares que ha presentado la Academia no son novedad y, de hecho, se podrían aplicar fácilmente en la próxima temporada de premios. No obstante, la actitud de la Academia para la adaptación al cambio ha sido comprensiva, pues ésta ha indicado que los cambios surtirán efecto hasta la edición 96 (2024), únicamente exigiendo un formulario confidencial para los años 2022 y 2023.

Pasemos ahora a repasar los cuatro estándares considerados:

  • ESTÁNDAR A: REPRESENTACION EN PANTALLA, TEMAS Y NARRATIVAS
  • ESTÁNDAR B: LIDERAZGO CREATIVO Y EQUIPO DEL PROYECTO
  • ESTÁNDAR C: ACCESO A LA INDUSTRIA Y OPORTUNIDADES
  • ESTÁNDAR D: DESARROLLO DE LA AUDIENCIA

Los estándares buscan que cuatro grupos poco representados en Hollywood (mujeres, minorías étnicas y raciales, personas con discapacidad e integrantes de la comunidad LGBTQ+) alcancen un número mayor y más adecuado en materia de oportunidades de representación, laborales y de aprendizaje. Cada estándar tiene criterios independientes que podrían o no cumplirse en pleno. El punto principal es que, en lo general, solo dos estándares se cumplan para que las películas sean elegibles en la categoría principal de los premios.

Los estándares A y B se refieren a la representación delante y detrás de cámaras. Los criterios en el estándar A se enfocan tanto en los protagonistas como en las historias que se presentan en pantalla. Por su parte, el estándar B se refiere a la conformación de los equipos de producción y dirección. Ambos estándares solo necesitan que se tome en cuenta uno de sus criterios para considerarse cumplidos.

Los estándares C y D podrán generar un impacto fuera del núcleo mismo de una película, apuntando a la conformación misma de la industria. De hecho, lo que se considera dentro del estándar C (acceso a la industria y oportunidades) es un tema clave en relación con el cambio de estructuras de poder en la industria.

Al ofrecer oportunidades remuneradas de prácticas y pasantías profesionales (criterio C1), así como de entrenamiento para integrantes del personal de la producción (criterio C2), se están proporcionando mayores oportunidades a grupos subrepresentados para participar en futuros procesos de contratación. Por lo general, estos son inaccesibles por la falta de experiencia y networking, consecuencia natural de la falta de oportunidades a minorías. Para que el estándar C se considere cumplido, ambos criterios son obligatorios.

El estándar D va más allá, incluso alejándose del espíritu de la normativa británica en lo que se refiere al desarrollo de las audiencias. Mientras que el BFI dirige este estándar a las distribuidoras y festivales de cine, la Academia – por su naturaleza de ente privado – tiene probablemente más limitaciones, por lo que dirige su campo de acción a las productoras, distribuidoras y empresas de mercadotecnia. Conforme a lo que indica el criterio, estas deben contar con “múltiples” ejecutivos de grupos subrepresentados en sus equipos de mercadotecnia, publicidad y distribución.

A varios días de publicados los estándares, ya hay voces que señalan esta decisión como limitativa y restrictiva. Pero, en realidad no es el caso. Es sencillo pasar una rápida revisión a las películas nominadas en los últimos años y ver como todas no se verían en problemas, pudiendo cumplir al menos con dos estándares.

Por ejemplo, revisemos dos casos recientes: los dramas bélicos 1917 y Dunkirk, con una historia concentrada en hombres caucásicos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, respectivamente. En ambos casos, hay mujeres en cargos de producción (en el caso de 1917, Krysty Wilson-Cairns como escritora y Nina Gold como directora de casting; en el caso de Dunkirk, Emma Thomas como productora y Luisa Abel como líder del equipo de maquillaje), cumpliendo el estándar B.

Los estándares C y D, aunque más complicados de analizar a distancia, no resultarían difíciles de cumplir, pues los grandes estudios vienen implementando políticas de equidad y diversidad desde hace años. Por un lado, Warner Media (detrás de Dunkirk) cuenta desde 2018 con una política de diversidad en la producción. Por el otro, Universal Pictures (distribuidora de 1917) cuenta desde 2017 con el programa de “Inclusión y desarrollo de talento global”.

Sin dudas, el estándar que más ha llamado la atención, y ha sido el cebo de las voces alarmistas, es el estándar A, por ser el más visible para la audiencia y el más fácil de identificar y fiscalizar. Es importante aclarar que, si bien se refiere a la “representación en pantalla”, esto no es un instrumento de censura o corrección política, como algunos ya lo están denominando.

Para poner un caso polémico sobre la mesa, se podría considerar la casi interpretación de Scarlett Johansson de un personaje transexual. No obstante, poco tiempo después renunció, precisamente señalando la falta de oportunidades al colectivo LGTBQ+ como la razón de su cambio de parecer.

Teóricamente, la película no hubiera tenido problemas en cumplir el estándar A – representación en pantalla –, puesto que, si bien la protagonista no pertenecía al colectivo, su personaje sí. Lo ideal, por supuesto, sería que se consideraran todos los criterios de cada uno de los estándares y no solo los mínimos para apenas cumplir con lo establecido.

Ahora bien, también es importante destacar que, en sí, únicamente los estándares A y B tendrían repercusiones en los procesos creativos y de producción de las películas. No obstante, incluso ahora es sencillo cumplir con algunos de estos criterios, en especial al considerar que muchos de los departamentos (maquillaje y peinado, vestuario, casting) de producción son liderados por mujeres o con una alta representación femenina. La cuestión sería ir más allá y prestar atención a los problemas específicos de subrepresentación en cuanto a grupos raciales o integrantes de la comunidad LGBTQ+, por ejemplo.

Por su parte, los estándares C y D no involucran en ningún sentido la esfera creativa de las películas. Consecuentemente, ningún cambio será excesivamente radical al punto de ser restrictivo o dar pie a una censura artística.

A pesar de estos cambios, es imposible evitar las comparaciones con la iniciativa británica, la cual ha sido más específica. Por ejemplo, se previene contra los casos en los que se podrían generar personajes estereotipados o de poca relevancia simplemente para cumplir con alguno de los criterios. De igual manera, señala en su Guía de Estándares de Diversidad otras precisiones que la Academia haría bien en imitar, incluyendo la protección de la privacidad del personal.

Queda claro que éste es un primer paso por parte de AMPAS, pero es uno significativo, ya que la encamina en la dirección correcta. La mayoría de las normas aparecen como respuesta a realidades sociales; su utilidad radica en cómo ayudarán a mejorar dichas realidades y encaminar a los individuos e instituciones a un bien común.

Asimismo, es bueno recordar que, como cualquier normativa o reglamento, se trata de regular entes inertes. Hasta que las personas encargadas vigilen y provean las herramientas para su cumplimiento, cobrarán vida. Todo reglamento es perfectible y mediante su correcta interpretación se alcanza su finalidad, no por su simple existencia.

Estos estándares no pueden convertirse en una especie de lista de compras, en donde los estudios coloquen viñetas de aprobado o desaprobado, sino en una guía necesaria para avanzar hacia un cambio efectivo y tangible. El objetivo final es dirigirse a un lugar en donde todos puedan usar su voz, contar sus historias y verse representados.

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